Historias desde el barrio: María Antonia
Tiempo de lectura aprox: 2 minutos, 53 segundos
Una mujeraza que vive en el reparto de Pastorita, de la que he escrito en varias oportunidades, viene a colación con una historia distinta esta vez, la de la vejez. Se trata de María Antonia Cardoso Sarduy, guajira nacida en la finca Tanteo, término municipal de Rodas en la provincia de Cienfuegos, hace ya 83 años.
Pertenece a una prole de once hermanos, de una familia humilde que vivió del campo y cuenta en primera persona:
En mi casa natal vivíamos unos 20, entre mis abuelos, tíos y hermanos, fuimos muy felices, rodeados de una belleza natural extraordinaria, soy la quinta hija. A los 13 años había alcanzado el cuarto grado, y entonces me fui al pueblo de Rodas, a trabajar como doméstica en casa de los alcaldes, ayudaba en labores de la casa y a la niñera.
No era simplemente un cuarto grado, porque heredé de mi madre el gusto por la lectura, y mis ansias por aprender, leer, y estudiar de manera autodidacta, elevaron mi cultura general. Sentí mucho dejar los estudios, pero era imperioso aportar a la economía familiar.

Recuerdo que en ese tiempo falleció el dueño de la finca, de la cual éramos arrendatarios, un señor muy bueno y considerado con los campesinos que trabajaban para él, y los nuevos propietarios asumieron la herencia con la condición de venderla. Se produjo un suceso de connotaciones negativas, de alta repercusión para el tranquilo territorio de Rodas, y ahí se vio envuelta mi familia.
Toña, como le conocen sus excolegas, amigos y vecinos, se benefició con los aires de Revolución nueva en el 1959 y pudo recomenzar los estudios. Para 1961 se integró a la Campaña de Alfabetización, y a seguidas, a través de cursos de perfeccionamiento, trabajó y estudió hasta llegar a la Universidad, de donde egresó como licenciada en Historia y Ciencias Sociales. Se desempeñó impartiendo lecciones en la Educación para Adultos, resultó metodóloga, fue docente en la Prisión de Ariza, y, por último, hasta el curso escolar pasado (2024-2025), se mantuvo frente a un aula en la Universidad de Cienfuegos, con 80 y tantos años a sus espaldas, oficio del que marchó a casa con el respeto y la ética, intactos.

Desde 1984 vive en un apartamento mínimo —dice que le sobra espacio—, y antes estuvieron albergados. Entonces llegó la vejez, esa dura etapa de la vida que debiera ser dulce y apacible, en la que resulta vital un sistema de apoyo familiar, que no siempre sustenta y cuida. Por circunstancias de la vida y la salud, no tuvo descendencia. Su esposo de siempre, Felipón, otro pedagogo inconmensurable, e igual de querido y apreciado por todos, debutó con una demencia, y poco a poco fue olvidando teoremas, derivadas y resolución de problemas matemáticos —era un didáctico de esa disciplina— y la existencia se le volteó de revés a la Toña.
Vive en un piso nueve, en el edificio que preside la entrada a la ciudad de Cienfuegos desde el occidente, la Torre de 4 Caminos, al que le resulta difícil acceder —en medio de apagones y un elevador defectuoso— con las patologías propias de persona mayor; sin embargo, está rodeada de vecinos hermosos y solidarios que la apañan, y quiere cuidar, allí, en las alturas, del gran amor de su vida.
En matrimonio anterior, Felipe tiene dos hijas, una vive allende los mares y sustenta, la otra quedó de esta orilla insular, en la capital, convertida en cuidadora de la noche a la mañana, quien acogió a su padre. Una distancia de más de 250 kilómetros se interpone entre la pareja de más de 40 años de matrimonio. Me cuenta, con lágrimas en los ojos y una ansiedad que no era típica de esta mujer tranquila y pausada, que quiere traerlo a su apartamento:
Ya tengo cuidadora, transporte, alimentos perecederos, medicinas y el apoyo de otra parte de parientes de sangre y del alma, amigos y vecinos, pero esa idea romántica de la Toña choca contra un muro de dificultades que se interponen: transporte, una pensión de 3 mil y tanto, una hornilla de carbón para preparar los alimentos, accesibilidad a los medicamentos, entre otros, que de mencionarlos, todos, harían este párrafo casi infinito.
El amparo de los ancianos por la familia, y no vamos a hablar de la institucionalidad, resulta hoy uno de los más acuciantes en la sociedad cubana (yo diría que global). El desarraigo y la pérdida de valores han hecho daño en los cimientos del núcleo fundamental de la sociedad. De modo que encontrar esta historia de amor, admira, aunque debería ser la norma. ¡Eso, Toña, así se hace, ¡asombro de mujer!



Visitas: 0

