El dolor amargo de leer con los ojos abiertos - 5 de Septiembre.

El dolor amargo de leer con los ojos abiertos

Con detalles conmovedores, el libro narra el asesinato de Frank País el 30 de julio de 1957. Imagen tomada de Internet

Con detalles conmovedores, el libro narra el asesinato de Frank País el 30 de julio de 1957. Imagen tomada de Internet

Los libros de historia pocas veces tienen un diseño llamativo. En ocasiones, como esta, comienzan escasamente atractivos y una se resiste a detenerse porque “cuando se empieza un libro, se termina”, como dice una colega medio “polilla” amiga mía. Sin embargo, ese no fue el motivo por el cual continué la lectura, sino más bien porque me interesaba saber más de este David.

Para colmo, este texto tampoco tiene un título sugerente, sino más bien una de esas frases gastadas que, precisamente por repetidas, pueden causar rechazo cuando se habla de Frank País. Mas “la gente no sospecha qué había en él de grande y prometedor” y en apenas 40 páginas se descubre.

Frank, el más extraordinario de nuestros combatientes, de Pedro Álvarez Tabío (Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, 2008), cuesta solo cuatro pesos y no es, ni será nunca un best seller, pero es de esos libros capaces de dejar en ti un sabor amargo.

No se acerca siquiera a una biografía del jefe de Acción y Sabotaje del Movimiento 26 de Julio, pero describe los 80 días más interesantes de su vida cuando, luego de ser absuelto tras los sucesos del 30 de noviembre de 1956, organiza, dirige y encabeza —desde el escondite— la clandestinidad.

Si bien omite toda la formación religiosa y pasajes de su niñez, que por emocionantes y aleccionadores podrían parecer bíblicos, muestra la madurez de alguien quien apenas ha rebasado los 22 años.

Aunque por instantes puede parecer que el libro huele y sabe a “teque y muela” —y aparece el deseo de leer más del puño y letra de Frank y no sucumbir ante la descripción y valoraciones del autor—, los fragmentos de cartas, informes y otros documentos, conscientemente seleccionados, muestran la situación de aquel movimiento que, a pesar de la omisión en muchos libros de historia, no llegó a ser nunca perfecto ni a estar ausente de contradicciones.

La descripción de cómo debía ser una organización, la depuración de su militancia y esencialmente de sus dirigentes, podrían muy bien extrapolarse a estos tiempos, cuando aún queda mucho por hacer en organizaciones y movimientos políticos y de masas.

El libro, que podía haber hecho mayor énfasis en la trascendencia, importancia y peligrosidad de la clandestinidad, a mi entender incluso más dura que aquella de la Sierra, se salva en los penúltimos epígrafes, donde describe con impresionantes detalles los últimos minutos de Frank: el cambio constante de casas de escondite ante los sorpresivos registros de la tiranía batistiana, la seguridad o no de estos, la falta de comunicación que provocó el arresto, las personas involucradas, la serenidad con que un joven de 22 años asumió que le quedaba poco tiempo de vida, el ensañamiento de los guardias.

Las partes IX y X del libro son leídas como una película. Vienen a la mente Clandestinos, Los papaloteros, Memorias de un abuelo. Filmes y series que trataron los horrores y peligros padecidos por quienes quedaron en la clandestinidad.

Pero no bastaría solo leer esos dos capítulos para sentir este dolor amargo que me hizo escribir inmediatamente en las páginas en blanco del final del libro.

Si bastase solo con eso, no hubiera gastado tanta tinta y lo hubiera dicho claro, desde el principio, como le gustaba hablar a Frank.

Hay que recorrer todo el texto, con sus párrafos monótonos por explicativos, sus fragmentos atrayentes por descriptivos y sus citas reveladoras.

Da lo mismo si es Frank, David o Cristián, este libro —que recoge solo sus últimos 80 días— debiera ser de obligada lectura para quien quiere saber más de este hombre.

En unas horas de lectura se conoce a este tipo guapo en todos los sentidos y con más agallas  que muchos que le doblaban la edad y trascendieron poco en la historia o no lo hicieron.

El dolor amargo, por cierto, lo sentí casi al final, cuando tras el disparo en la nuca, cayó con la cara hacia el suelo, y al ser volteado el cuerpo acribillado a balazos de ensañamiento, parecía que miraba el cielo de Santiago, con los ojos abiertos.

1 thought on “El dolor amargo de leer con los ojos abiertos

  1. Glenda, Frank fue un tipo grandísimo, demasiado grande para su tiempo y la historia…hay un libro
    que me encanta sobre su vida, Con la adarga al brazo…gracias por el texto

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