El atardecer interminable

Pocos han explicado tan bien tanto la dolorosa condición como el drástico remedio de quienes optan por el no más para defenderse de sí mismos cual el crítico literario español Rafael Narbona: “Durante largas noches de insomnio, las ideas crepitan como un bosque en llamas. La depresión es un atardecer interminable. Sientes que las horas no existen, que deambulas por un vacío perfecto”.

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Cada día es asesinado un niño en Gaza

¿Qué infierno, qué cosas atroces podría vivir un niño para autolesionarse sistemáticamente? ¿Cuánto habría soportado antes de que sus tiernas ideas se tornasen insoportables en su cabeza? ¿Qué podría haber visto o escuchado para insistir en apagar su voz y cerrar sus ojos?

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Como a la mitad de un folletín

“La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó ni un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué avisos de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita”. Así comienza Jorge Luis Borges El Aleph (1949).

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