Santiago de Cuba en el gran Caribe Cultural
Tiempo de lectura aprox: 1 minutos, 42 segundos
Este miércoles ha concluido en Santiago de Cuba la edición 44 del Festival del Caribe, la más importante cita artística de esa urbe. Por una semana, la ciudad devino epicentro cultural de la región, una especie de imán de múltiples tradiciones.
Obviamente, no existe una declaratoria oficial que consagre a Santiago de Cuba como capital cultural del Caribe. Esa es, en todo caso, una fórmula publicitaria, quizás útil, pero imprecisa. El Caribe no tiene una capital única porque su esencia es policéntrica y profundamente multicultural. Es un espacio que trasciende sus límites geográficos, un entramado simbólico, articulado por historias comunes de resistencia, mestizaje y confluencias. El Caribe es ámbito de diálogos permanentes y, por supuesto, ninguna ciudad tiene el privilegio exclusivo de representarlo en esa maravillosa totalidad.
Sin embargo, Santiago de Cuba es, sin dudas, uno de los grandes epicentros culturales de la región. Lo es por la densidad de sus tradiciones, por ser un espacio de acogida y de encuentro entre diversas migraciones que trajeron consigo disímiles cosmovisiones. Lo es por el arraigo popular de sus prácticas culturales, y por la continuidad de esas expresiones como patrimonio vivo. En ese contexto, el Festival del Caribe, también conocido como la Fiesta del Fuego, se erige como una de las plataformas más relevantes para socializar, visibilizar y defender ese caudal.
El Festival no es una vitrina exótica ni un espectáculo diseñado el turismo. Desde su gestación, impulsada por un núcleo de intelectuales con el liderazgo del inolvidable Joel James, ha sido un espacio para la participación real de las comunidades, que son las verdaderas depositarias de las tradiciones. La vitalidad del Festival radica precisamente en ese carácter participativo, en la posibilidad de propiciar encuentros genuinos entre portadores y creadores, en un ambiente donde el intercambio es tan importante como la exhibición.
Uno de los grandes méritos del Festival del Caribe es la pluralidad de su programa. Confluyen la música, la danza, el teatro, la literatura, las artes visuales, la religión popular y las tradiciones orales, sin jerarquías artificiales, sin imposiciones. Cada edición es muestrario de la riqueza y diversidad de las expresiones del Caribe, que además se entrelazan con dinámicas contemporáneas, con nuevas formas de representación, sin perder la raíz que las sostiene. El Festival muestra un Caribe diverso, irreverente, dinámico.
Pero más allá de la fiesta, este es también un espacio de reflexión. Comprender al Caribe, sus dinámicas y sus contradicciones, exige conceptualización y pensamiento crítico. Por eso el Festival siempre ha incorporado coloquios, talleres y espacios teóricos que permiten profundizar en la comprensión de este sistema simbólico palpitante, en constante transformación. La Fiesta del Fuego es una de las ventanas más auténticas para asomarse a esa pluralidad del Caribe, no como un objeto de consumo, sino como un universo vivo, que sigue renovándose en cada encuentro.
Ese ha sido el espíritu de la cita que ha concluido, dedicada a Curazao. La edición del 2026 estará consagrada a Colombia. Mucha tela para cortar.
Visitas: 4