Quina o el árbol de la calentura

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Cuentan que la quinina fue uno de los medicamentos esenciales del cuerpo de sanidad durante las guerras de independencia en Cuba para el tratamiento de la malaria, así como de otras epidemias que asolaron los campos de la Isla. Incluso, dicen los historiadores que tal fármaco era muy efectivo para combatir la fiebre provocada por diversas causas.

Pues sepa que este antipirético por excelencia se extrae de la corteza de la quina, Chinchona officinalis por su nombre científico, una especie de árbol originario de América del Sur, que se encuentra en la selva lluviosa del occidente de la Amazonia y el oriente de la cordillera de los Andes.

Legado ancestral

Se dice que la fiebre, antigua adversaria de la humanidad, encuentra su contrincante en las propiedades antipiréticas de las plantas medicinales peruanas. Así las cosas, desde el Tahuantinsuyo –el gran imperio Inca– hasta la actualidad, la medicina tradicional (MT) ha perdurado como un factor importante de la atención primaria de salud.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), más del 80% de la población mundial recurre rutinariamente a la MT, por lo que las plantas medicinales siguen constituyendo un recurso esencial para satisfacer diversas necesidades de salud.

Las estadísticas revelan que un amplio porcentaje de la población emplea tratamientos tradicionales basados en extractos de plantas o sus principios activos. Las dolencias más comunes abordadas con estas prácticas son las fiebres, procesos inflamatorios, contusiones y problemas digestivos, entre otros.

De acuerdo al sitio web infobae.com, en el contexto peruano, tanto los pueblos andinos como los amazónicos heredaron y mantienen el conocimiento de las propiedades curativas de diversas plantas. La costa, la sierra y la selva, en su diversidad geográfica, albergan una amplia variedad de especies vegetales con propiedades medicinales. Este repertorio es un tesoro para la MT tradicional, y cada región contribuye con su propia gama de especies beneficiosas.

En las tierras de América del Sur, específicamente en Perú, Colombia, Ecuador y Venezuela, se alza majestuosa la quina, también conocida como la “Cáscara Sagrada”. Se destaca por una altura que puede llegar hasta los 10 metros, su corteza rugosa, hojas angostas, flores verdes y diminutas semillas encierran cualidades que la convierten en una planta “sagrada”, utilizada ancestralmente para prevenir y combatir diversos malestares.

La Chinchona officinalis pertenece a la familia de las Rubiáceas, y es originaria de estas tierras suramericanas. Su nombre resuena en crónicas históricas, donde el padre Cobo menciona el uso de la corteza del árbol de la quina, también llamado “árbol de las calenturas”, cascarilla o corteza peruana, para combatir la fiebre.

En el antiguo Imperio Inca, la salud estaba en manos de una variada casta de médicos, quienes no solo curaban a los enfermos con hierbas y productos naturales, sino que también oficiaban ceremonias de sanación. Entre ellos, destacaban los ‘ichuris’, médicos-curanderos que compartían sus habilidades con la población. Para los habitantes comunes, los ‘Comascas’ eran los encargados de velar por su bienestar, mientras que la nobleza inca confiaba en los servicios de los ‘Amaucas’.

El escritor peruano Ricardo Palma narra que el indio Pedro de Leyva, padeciendo un cuadro de fiebres, se acercó a beber agua de un remanso donde crecían raíces de quina, así se alivió. Fue entonces que la esposa del virrey del Perú, la condesa de Chinchón, enfermó y presentó los mismos síntomas. El marido, para comprobar que esta mágica infusión funcionaba, mandó a que un poblador la probara antes que su mujer.

Al ver que no tuvo efectos mortales, decidió dársela a su esposa para que mejorara. Fue así que al cabo de un tiempo, tras la continua toma del agua de quina, la condesa de Chinchón se curó y dejó de presentar estas fiebres recurrentes.

Por eso ella mandó a preparar grandes cantidades de corteza molida para repartir gratuitamente entre los pobladores. Así, el remedio se conoció con el nombre “Los polvos de la condesa de Chinchón”.

Además de las propiedades medicinales para combatir la malaria hace muchos años, la quina posee un valor ambiental y forestal dado que contribuye a la mitigación de gases de efectos invernaderos, también regulan el ciclo hidrológico y climático, lo que permite la preservación de cabeceras de cuenca y de recuperar los ecosistemas de montaña.

El árbol de quina fue sobreexplotado quedando casi extinto, es por ello que el Instituto Nacional Innovación Agraria (INIA), como parte del Plan Bicentenario del Perú rumbo a su bicentenario en 1921 fue trabajando la producción genética de 20 mil plantones adicionales con la finalidad de preservar la especie.

Como es lógico deducir, el  nombre científico de la quina viene del pueblo de Chinchón en la Comunidad de Madrid. Entonces,  la planta fue nombrada así en honor de la mujer de Luis Jerónimo Fernández de Cabrera y Bobadilla, conde de Chinchón y virrey del Perú en ese momento.

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Armando Sáez Chávez

Periodista de la Editora 5 de Septiembre, Cienfuegos, Licenciado en Español y Literatura y Máster en Ciencias de la Educación

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