“Patria”, de José Martí, punto culminante del periodismo como misión
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José Martí estuvo fundando órganos de prensa desde su adolescencia hasta el final de su vida adulta. Pensemos, si no, en El diablo cojuelo, La Patria libre, La Revista Venezolana o La Edad de Oro. Paralelamente, colaboró de manera sistemática en los más prestigiosos rotativos de Nuestra América, en una labor de mediación cultural entre el Norte y el Sur, y de prevención respecto a las peligrosas ambiciones del vecino norteño respecto a los pueblos del continente.
El punto más alto de ese periodismo “como misión”, pues así definió y ejerció esa labor, lo fue sin duda, el periódico Patria, concebido para “[…] juntar y amar, y para vivir en la pasión de la verdad […].”
Como es conocido, la preparación patriótica de los cubanos para la guerra necesaria, entonces en fase organizativa, salió mayoritariamente de las páginas de Patria y se inició desde el miso primer número, el 14 de marzo de 1892. Las referencias a los momentos gloriosos de la Guerra Grande, las figuras de sus héroes, la creatividad de los cubanos para sobrevivir en la manigua, su sentido del humor aún en las circunstancias más difíciles, la confianza en las potencialidades de Cuba para alcanzar su independencia y consolidarse en la república futura, campean por sus páginas.
Martí priorizó el vínculo entre la Isla y la emigración, pues aquellos cubanos que se habían establecido en los Estados Unidos y también en otras tierras añoraban cualquier noticia de la tierra de origen y en su gran mayoría eran partidarios de la independencia. Por eso en el periódico aparecían con frecuencia noticias de los visitantes ilustres que llegaban al Norte procedentes de La Habana, y eran portadores de viva voz de noticias de la Isla, y también de afectos y alegrías por el reencuentro. Asimismo, se hablaba frecuentemente de los asentados en otros territorios, como Jamaica, Haití, Costa Rica, etc, que se sumarían con sus apoyos directos o logísticos a asegurar la guerra que se estaba preparando.
De igual manera, no descuidó Martí asunto tan delicado para el futuro político de Cuba como el tema de la anexión a Estados Unidos. A poco de fundarse Patria, en junio de 1892, escribió un artículo al respecto, “El remedio anexionista”. Luego de valorar pormenorizadamente el asunto, concluye con un extenso párrafo, cuya lectura detenida vale también para nuestros tiempos:
No inspira respeto ciertamente, sino coraje, el hábito de servidumbre en algunos hombres tan arraigado que les quita toda confianza en sí, y, aliado a la soberbia, llévales hasta suponer en los demás la impotencia que en sí propios reconocen. Mueve a impaciencia, y no a respeto, la ignorancia dorada que niega a nuestra propia familia de pueblos la virtud que por sus mismas culpas se comprueba; y admira desde el libro impasible la organización y carácter de un país cuya naturaleza verdadera desconoce. Pero el único modo de quitar razón a los cubanos, y a los españoles, que de buena fe creen en nuestra incapacidad para el gobierno propio, —aunque creen en la capacidad tan luego como nos liguemos con un pueblo diverso del nuestro, y que tiene sobre nuestro país miras distintas de las nuestras, miras de factoría y de pontón estratégico—, es demostrarles, con nuestra organización y victoria, que no todos los cubanos se contentan con fiar a Cuba al capricho del azar, o a la política de espera de una república que se declara ya agresiva, y nos comprende, como puesto de defensa necesaria, en su plan de agresión: que los cubanos saben disponer a tiempo el remedio inmediato a un mal inmediato, —la guerra generosa de independencia en un país que está abocado a ella en todos los instantes, y cuya angustia urgente no le da tiempo a esperar que se pongan de acuerdo, en Cuba y en los Estados Unidos los elementos anexionistas cuya energía ha llegado solamente, en medio siglo de trabajo, a enviar a Cuba una expedición infeliz en los días en que la mayoría esclavista de los Estados Unidos necesitaba un Estado más que asegurase el poder político vacilante de los mantenedores de la esclavitud.
Durante años, y bajo formas de expresión muy diversas, estuvo tratando Martí el tema de la anexión. Dicho posicionamiento político estaba anclado en la supuesta obtención de “libertades” por el camino más fácil, eludiendo la guerra de independencia y sus horrores, y en la admiración desmesurada hacia los Estados Unidos, ya potencia emergente, donde existían elementos ambiciosos que alentaban con promesas a los “sietemesinos” de la Isla.
Tal vez los antecedentes más cercanos a dicho artículo sean su carta al director de The Evening Post, de New York, que ha pasado a la historia como “Vindicación de Cuba”, y el conjunto de crónicas para La Nación de Buenos Aires y El Partido Liberal de México en la década del ochenta, en las que trató problemas relativos a las relaciones entre el gigante norteño y el país azteca, así como la Conferencia Panamericana.
Dentro de su misión periodística fue objetivo medular alertar por todos los medios posibles sobre los peligros que significaban la admiración excesiva, el menosprecio de lo propio y la imitación de lo que acontecía en el norte. Luego de varios años de prevención asidua y moderada, en páginas de periódicos ajenos, cuyas líneas editoriales y público lector más de una vez habían censurado sus opiniones, al fin tenía un medio propio para exponer sus criterios.
“La verdad sobre los Estados Unidos” fue según declaración del autor, el artículo inaugural de una sección en Patria que se llamaría “Apuntes sobre los Estados Unidos”. Apareció por primera vez en el número 105, del 31 de marzo de 1894. En ella se publicaron traducciones de noticias procedentes de la prensa estadounidense, sobre todo de diarios prestigiosos, como The Sun y The New York Herald, en las que se hablaba de hechos violentos en diversos estados de la Unión. Ellas refieren a un secuestro y un motín en medio de elecciones para instancias territoriales de gobierno; muertos en una pelea entre dos facciones de republicanos, que concluyó a tiros, en un distrito electoral; disturbios callejeros; el asalto al ayuntamiento en la ciudad de Denver, Colorado, por el ejército, entre otras nuevas sorprendentes. Sobresale en este número el linchamiento de un joven negro, acusado de asesinato, que esperaba el juicio en una cárcel de Pennsylvania. Se publica además el grabado de ese hecho, más espantoso aún porque la horca, según dice al pie, la preparó un niño.
Ahondar en el artículo que encabeza la sección lleva a hacer algunas precisiones respecto a aquel país, dirigidas a los que se lo imaginaban como una suerte de Tierra prometida, útiles también para los que hoy incurren en el mismo error:
Es de supina ignorancia y de ligereza infantil y punible, hablar de los Estados Unidos, y de las conquistas reales o aparentes de una comarca suya o grupo de ellas, como de una nación total e igual, de libertad unánime y de conquistas definitivas: semejantes Estados Unidos son una ilusión, o una superchería.
Claro está que no se vive igual en las grandes ciudades, amparadas por el desarrollo tecnológico, que en las zonas apartadas y desfavorecidas, dibujadas con tintes expresionistas como esa “[…] tienda de holgazanes, sentados en el coro de barriles, de los pueblos coléricos, paupérrimos, descascarados, agrios, grises, del Sur.”
A mi modo de ver, y para decirlo con conceptos de hoy, hay en este artículo una intención descolonizadora, que pretende desmontar esquemas mentales de dominio que ya se estaban imponiendo, y sobre los cuales había que emprender una lucha sistemática. Asume como su deber de periodista honrado advertir y divulgar que “[…] no han podido fundirse, en tres siglos de vida en común, o uno de ocupación política, los elementos de origen y tendencia diversos con que se crearon los Estados Unidos […]”, sino que además, “[…]la comunidad forzosa exacerba y acentúa sus diferencias primarias, y convierte la federación innatural en un estado áspero, de violenta conquista”.
También expresa las verdaderas causas de la Guerra civil estadounidense, de la que se tenía una visión romántica en la época:
“En una sola guerra, en la de Secesión, que fue más para disputarse entre Norte y Sur el predominio de la república que para abolir la esclavitud, perdieron los Estados Unidos, […] más hombres que los que en tiempo igual, y con igual número de habitantes, han perdido juntas todas las repúblicas de América […]”.
Como puede apreciarse, la misión de Patria superaba con creces la preparación patriótica para la Guerra necesaria, y abrió un camino de emancipación cuya impronta universal alcanza a nuestros días.
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