Nuestra América en el ojo del águila: La anexión a Estados Unidos en la mirada de José Martí
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Los devotos del anexionismo son una especie antigua en la Historia de Cuba. Desde los albores del siglo XIX la admiración desmedida hacia los Estados Unidos encandiló a muchos cubanos, que pretendían encontrar remedio fácil a sus males mirando hacia el Norte. La ingenuidad de los pioneros de esa posición era entendible, pero igualmente estaba marcada por el egoísmo de quienes pretendían acercarse al coloso vecino buscando libertades democráticas y bienestar económico para la sacarocracia criolla, a la vez que conservaban la posesión de sus esclavos.
Alguien como José Antonio Saco, por ejemplo, que siempre mantuvo una postura reformista, fue de los primeros en proclamar lo inadmisible del anexionismo, que significaría, de materializarse, la pérdida de la nacionalidad y la cultura cubanas. “Saco, que no creía en parches andaluces ni postizos rubios para las cosas del país […]”[1], fue el mismo que escribió un texto contra la anexión que habría que repasar hoy.
Para Martí, heredero intelectual de las generaciones precedentes, admirador del propio Saco, pero sobre todo de Varela y Luz y Caballero, y formado en el colegio de Rafael María de Mendive, el pensamiento anti anexionista fue incorporado de forma natural, y desde su más temprana juventud supo discernir respecto a nuestras diferencias abismales con el vecino del norte, demasiado afecto a la prosperidad material en detrimento del espíritu y los sentimientos,[2] y precisamente por eso debíamos ser creativos y nunca imitarlo.
Martí jamás aceptó el anexionismo como una opción cómoda frente a la guerra inevitable. Mucho pudiera leerse al respecto en su vasta obra, donde rechazó y alertó sobre la emergencia de esos proyectos indignos, así como la denuncia de los pretextos esgrimidos por el gobierno norteamericano para intervenir en Nuestra América al menor indicio de conflictos internos y hacerse dueños de la situación, los territorios y los recursos.
Dentro de su punto de mira en los textos que escribió para La Nación de Buenos Aires y El Partido Liberal de México en la década del ochenta, valoró frecuentemente las tentativas de anexión de otros territorios, como México, Canadá y Hawaii. Vale la pena citar in extenso un artículo suyo de 1887 sobre estos asuntos, pues le preocupaba y alarmaba la fuerza que esas ideas iban adquiriendo dentro de los Estados Unidos y la complicidad de sus partidarios en los territorios objeto de deseo:
Era de noche, como conviene a estas cosas, cuando en los salones de un buen hotel de New York, se reunieron en junta solemne los directores de la “Liga de Anexión Americana” […]cuyo objeto inmediato es “aprovecharse de cualquier lucha civil en México, Honduras o Cuba, para obrar con celeridad y congregar su ejército”; pero no había ningún hondureño, ningún cubano, ningún mexicano. “La ocasión puede llegar pronto”, decía el Presidente; “lo cierto es que puede llegar de un momento a otro”. “¿Honduras también?” preguntó un neófito. “¡Oh, sí; vea el mapa de Byrne. Honduras tiene muchas minas”. “¡Que no nos tomen en poco”, decía un orador, “que lo que va detrás de nosotros, nosotros lo sabemos; con menos empezó Walker hace treinta años!; sólo que tendremos cuidado con no acabar como él”.[3]
El cierre con la referencia a William Walker no es casual. Es un motivo recurrente en la prosa martiana como personificación del espíritu aventurero y la falta de escrúpulos más absoluta, y remite a las tentativas de conquista de este ser deleznable, con la anuencia del gobierno yanqui. Su intentona por hacerse con el territorio de Nicaragua, con la complicidad de los nacionales, (1855) y extender su dominio por Centroamérica culminaron con la derrota de sus fuerzas por los ejércitos unidos de la zona el primero de mayo de 1860, y su posterior fusilamiento en Honduras.[4]
Entre los muchos momentos en que Martí lo menciona como personificación del anexionismo, cabe destacar el prólogo a sus Versos sencillos, salida poética de su padecer durante la Conferencia Panamericana: “¿Cuál de nosotros ha olvidado aquel escudo, el escudo en que el águila de Monterrey y Chapultepec, el águila de López y de Walker, apretaba en sus garras los pabellones todos de la América?”[5]
Lo avecinaba allí con otros antecedentes del mismo linaje espurio: la Guerra Estados Unidos–México (1846-1848), que despojó a este último de una gran parte de su territorio, y con Narciso López y su pretensión fracasada de anexar a Cuba a los Estados Unidos. Ninguno de sus dos desembarcos en la Isla, respaldado por norteamericanos anexionistas, tuvo apoyo popular y fue apresado y ejecutado en La Habana en 1851.
De ese propio prólogo procede la confesión de Martí respecto a aquel “invierno de angustias”, acrecentadas por “[…]el temor legítimo de que pudiéramos los cubanos, con manos parricidas, ayudar el plan insensato de apartar a Cuba, para bien único de un nuevo amo disimulado, de la patria que la reclama y en ella se completa, de la patria hispanoamericana[…]”[6]
Esos temores no eran infundados. Las ideas anexionistas y sus partidarios habían ganado cada vez más fuerza. Es conocida la campaña mediática, en el sentido actual de la frase, contra los cubanos, considerados como seres inferiores, por los periódicos norteamericanos The Manufacturer, Filadelfia, y The Evening Post, de Nueva York. A ella respondió Martí enérgicamente el 25 de marzo de 1889 con su texto “Vindicación de Cuba”, en carta dirigida al director del rotativo neoyorquino.[7]
Difundidas y conocidas son también las crónicas sobre la Conferencia Panamericana, de finales de ese propio año e inicios del siguiente, donde Martí reseña los debates, las ideas que circulaban, los planes confesos u ocultos, los peligros reales que entrañaba aquel cónclave. No son historia pasada: su lectura hoy es extremadamente útil para entender los orígenes del expansionismo yanqui por Nuestra América y el mundo, su aplicación contemporánea de la Doctrina Monroe y su sistema de tratados leoninos para sujetar a los países del área. [8]
Otra zona no menos interesante de sus análisis sobre este congreso es su epistolario privado. En carta a Gonzalo de Quesada, fechada en Nueva York el 29 de octubre de 1889, escribe:
Hay marea alta en todas estas cosas de anexión, y se ha llegado a enviar a La Discusión de La Habana, desde Washington, una correspondencia sobre una visita a Blaine, en favor de la anexión, en que la dan por prometida por Blaine, y al calce están mis iniciales: ¡y en Cuba creen los náufragos, que se asen de todo, que es mía la carta, a pesar de que es una especie de anti-vindicación, y que yo estoy en tratos con Blaine […] hasta ofertas de agencias he recibido de personas de respeto, como primer resultado de esta superchería.[9]
Se trataba de una noticia falsa, algo muy de moda hoy, para desacreditar al líder indiscutible del independentismo cubano, y proponer la anexión como opción contraria a la guerra que se estaba preparando. Al mismo tiempo, se intentaba fortalecer la imagen de los Estados Unidos como “salvador” de la Isla, mientras ese país intentaba infructuosamente, una vez más, comprar a España la joya de su corona.
De esa propia carta es esta lacerante afirmación, que salvando las distancias epocales, es una alerta para el presente y una guía para nuestro quehacer diario: “Para que la Isla sea norteamericana no necesitamos hacer ningún esfuerzo, porque, si no aprovechamos el poco tiempo que nos queda para impedir que lo sea, por su propia descomposición vendrá a serlo. Eso espera este país, y a eso debemos oponemos nosotros.”[10]
Es un mandato sagrado para todos los que nos sentimos orgullosos de ser cubanos, buscar e implementar soluciones a los graves problemas que aquejan hoy a nuestro país, a sabiendas de que no es sencillo pero sí urgente. Si en aquel momento el paso perentorio era conquistar la independencia respecto a España para fundar luego una república “con todos y para el bien de todos”, en la cual los únicos excluidos eran los anexionistas, hoy vale recordar también, con Martí, que la independencia hay que completarla día a día.[11] Ese completamiento abarca desde la búsqueda del bienestar material para un pueblo que padece desde hace más de seis décadas un bloqueo genocida y sus muchas leyes complementarias, la búsqueda de soluciones prácticas a nuestras propias deficiencias internas, hasta el fortalecimiento de las estrategias de comunicación contra la guerra cognitiva que se nos hace a diario, con el consiguiente intento de desmontaje de nuestros símbolos, héroes e historia. De nosotros, de nuestra inteligencia y capacidad de trabajar, de buscar vías alternativas sin hacer concesiones en materia de principios para avanzar y resistir, dependen hoy el futuro de Cuba como nación y el destino ulterior de la Revolución cubana, y para decirlo a la manera de Martí, el equilibrio del mundo.
[1] José Martí, Obras completas, editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, tomo 5, p.152. (En lo adelante, OC).
[2] Véase José Martí, Cuaderno de apuntes nro. 1, OC, t. 21, p. 15-16.
[3] JM: OC.t. 7, p. 51.
[4] Véase Marlene Vázquez Pérez: “El espectro de William Walker y las discordias en Centroamérica. Constantes en la escritura martiana”, Anuario del Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2014, no. 37, pp. 118-130.
[5] José Martí, Obras Completas, edición crítica, Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2010, t. 14, p. 297.
[6] Ibídem.
[7] Véase, entre otros, de Marlene Vázquez Pérez “José Martí, Vindicación de Cuba, de América, de la Humanidad.” En Cubadebate, 11 de junio de 2024.
[8] Todas ellas pueden consultarse en OC, tomo 6.
[9] JM: Carta a Gonzalo de Quesada, 29 de octubre de 1889, OC, t. 1, p. 248-249.
[10] Ibídem, p. 249.
[11] “La manera de celebrar la independencia no es, a mi juicio, engañarse sobre su significación, sino completarla.” José Martí, OC, t. 7, p. 110.
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