La sobreprotección, ¿un amor que atrapa a nuestros hijos?
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Sobreproteger es cuidar en exceso, es limitar las posibilidades de desarrollo individual, es minimizar las capacidad del otro.
“Mi hijo tiene mamitis” o “él mío no se me despega, eso es mamitis” son algunas de las expresiones que a diario escuchamos de las madres sobre los hijos cuando confluyen en espacios comunes. Algunas hasta se enorgullecen de ello.
La frase criolla de “tener mamitis” hace referencia a la necesidad que los menores tienen de sus madres y no lo cuestiono, porque la presencia de los padres es fundamental para el futuro desarrollo del infante, ahora bien, lo que sí me llama la atención aquí, es la falta de comprensión de ese adulto sobre la necesidad de independencia del infante.
La “mamitis” —en ciertas edades— ya no debe ser vista como buena, porque entonces se covierte en una suerte de barrera para esa persona que, llegado el momento de interactuar fuera de su círculo familiar: amigos o congéneres, se paralizará o no será capaz de despegarse de los suyos ni siquiera para compartir juegos con los de su edad.
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Los padres no comprendemos el daño que le causamos a los hijos privándolos de esa necesaria interacción con la vida. Algunos (adultos) prefieren que permanezcan siempre cerca o en casa por temor a que se caigan o raspen, o simplemente jueguen y corran junto a los demás. Quienes hoy peinamos canas no fuimos criados de esa manera, pero ya a esta altura de la vida parece que perdimos la memoria. Todas constituyen experiencias que luego serán entedidas como aprendizajes.
He de reconocer igualmente cómo las tecnologías han cambiado las relaciones interpersonales. Si antes se aglomeraban para formar parte de los equipos del barrio, ahora comparten igualmente el quicio de la entrada a la casa, pero ahora mismo alrededor de una tableta o un dispositivo electrónico. Pasaron de los juegos en la calle a las competiciones online.
A esta altura, el lector debe haber advertido la preocupación de esta comentarista por los niños, sus padres y las dinámicas actuales de educación parental.
No todos, pero algunos podrían encajar entonces en la clasificación de “tener hijitis” acuñada por mi buena amiga Alina. Y ojo, no hablo del acompañamiento natural y necesario de parte de los padres a los hijos durante toda la vida. Mi amiga —con una larga data como docente— utiliza el vocablo para denominar a aquellos progenitores sobreprotectores en exceso, al punto de no dejar respirar a sus hijos. En ocasiones, ellos no nos necesitan tanto y no sabemos como lidiar con esa realidad.
Los espacios educativos son ideales para que a través de la interacción con los otros, descubran el mundo desde la diversidad del conocimiento compartido por los docentes. El pequeño o la pequeña tendrá más autonomía, explorará sus habilidades y afrontará esos espacios desde la individualidad. Por supuesto, a los docentes nos corresponde velar porque una vez allí, estos constituyan lugares seguros.
Una primera infancia sin sobreprotección es una adultez feliz. Proveer ciertas libertades, con los límites preestablecidos o colegiados en familia, fomenta que después este pequeño afronte la vida con confianza.
En lugar de limitar su crecimiento imponiéndoles nuestra presencia constantemente y limitando su autonomía, preparemos a nuestros hijos en la libertad de aprender a decidir por ellos mismos, a convertirse en individuos plenos, capaces de adaptarse a cualquier circunstancia y contexto.
Un primera infancia equilibrada y con posibilidades de interación se traduce en una adultez plena y feliz.
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