La geografía moral de la Patria
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Si viajamos por la carretera, se sucederán, unos tras otros, los espacios vivos de la historia. Cintio Vitier describe el «sentido moral» que asume la naturaleza, cuando esta acoge los hechos más importantes de la historia patria, y produce «la geografía de las marchas y las batallas, de las victorias y las derrotas».
Al viajar por el espacio, lo hacemos también por el tiempo, y los aniversarios se cruzan en nuestras pequeñas vidas.
Antes de llegar a Guáimaro, donde se reunieron los primeros constituyentes de la Patria, Céspedes, Agramonte, Cisneros, un 10 de abril de 1869, y unos días después, una mujer sin voto, Ana Betancourt, hizo valer su palabra, nos detenemos ante una señal, frente a un oscuro y feo obelisco, el lugar donde se firmó el oprobioso Pacto del Zanjón (1878). Principio y final de una etapa de luchas por la independencia y la justicia social, protestado por Maceo en Baraguá un mes después en nombre de todos los cubanos, acto que es, en palabras de Martí, «de lo más glorioso de nuestra historia».
Sobre ese hecho Fidel sentenció:
Cuando en condiciones súper difíciles hubo un Zanjón, hubo un Baraguá. ¡Y lo que quedó de nuestra historia, y por la cual llegamos un día a ser nación independiente, a pesar de ejércitos españoles primero y ejércitos yanquis después, no fue por el Zanjón, fue por Baraguá!
Un 24 de febrero, como hoy, se producían levantamientos simultáneos en múltiples localidades del país, y no solo en Baire, como se creyó durante algunos años, reiniciándose la guerra necesaria por la independencia. Poco después, el 11 de abril, llegaban Martí y Gómez por Playita de Cajobabo.
No puedo dejar de evocar los actos organizados hace ahora más de 30 años por los centenarios de aquellos desembarcos: el de Antonio y José Maceo junto a Flor Crombet y 20 patriotas más por Duaba; el de Martí y Gómez por Playita.
Estuve allí, en el acto que presidió el Comandante Almeida, en ese espacio breve e intenso, como la historia de Cuba. La emoción como salitre se incrustaba en la piel; el Himno Nacional y las palabras de recordación de Balaguer resonaban en aquella playa de encrespado oleaje y grandes rocas, que termina a pocos metros de la orilla, en un imponente farallón. Hay lugares sagrados que todo cubano debe visitar.
Hubo aquel día otro homenaje más íntimo en el que no participé; al caer la noche llegó Fidel y sostuvo la bandera de Cuba, sus botas de guerrillero al borde del agua y puesta la mirada en ese mar encrespado que trajo al más grande hombre de Cuba y de América. Una conversación de hijo a padre, un encuentro fulminante en espacio y tiempo.
Sí, la historia de Cuba es breve e intensa. No exhibe la paciencia de las culturas antiguas, ni el cierre hermético de los procesos que se amasan a fuego lento. Lo que es, fue conquistado a filo de machete. Hija de esclavistas y de esclavos, de colonizadores y colonizados, de extranjeros llegados o traídos, de aventureros y soñadores, la cubanía fue una construcción hereje, una rebeldía inesperada. Caliban, la nombró Retamar, apropiándose del símbolo creado por Shakespeare, porque en la lengua que nos enseñara Próspero –el colonizador que «civiliza» a Caliban, el colonizado– este maldijo al padre opresor. Cultura forjada en la resistencia, cada golpe, cada beso, cada sueño, fueron asimilados y adaptados a sus circunstancias.
Ese estar siempre en cocción, como apuntara Ortiz, es su fuerza y su debilidad: no se congela, es cierto, pero su inacabada fragua nos expone.
Si los pueblos milenarios solo entregan una fina capa de apariencias a las culturas que intentan colonizarlos, porque más abajo yace un núcleo impenetrable; el cubano, pueblo nuevo al decir de Darcy Ribeiro, abre su piel a lo extraño, que es fagocitado apenas entra. El mestizaje no es solo cuestión de piel, sino de alma.
Yo, lo confieso, no entendí bien a Cintio Vitier cuando señaló, en 1994, que la causa del éxodo que el doble bloqueo de aquellos años ocasionaba, era la ausencia de la palabra de Martí en el alma de los que se iban.
En Martí se hallaba el tiempo y el espacio de la Patria, en él se personificaba la intensidad de una historia breve como su cuerpo, grande, más bien enorme, como su obra. Cuba no tiene pasado, su historia es presente y futuro. Si no la conoces, es decir, si no te conoces, no tienes raíces para crecer.
Es la historia de una nación engendrada por el colonialismo, a 90 millas del espacio donde, simultáneamente, nacía el imperialismo. Eso vio y entendió Martí, que luchó toda su vida para derrocar la tiranía española, apurado en impedir que los Estados Unidos cayeran sobre nuestras tierras de América.
Un 16 de abril de 1961, otra fecha decisiva, acontecida en una intersección de calles habaneras, la Revolución declaraba su carácter socialista, su definitiva independencia y, tres días después, el 19, derrotaba militarmente al imperialismo por primera vez, en Playa Girón.
La Revolución, que había pasado de ser anticolonialista a ser antimperialista, que había rescatado de la muerte a Martí, a la Patria, en el centenario de su nacimiento, enfrenta hoy, después de 67 años de resistencia heroica y creativa, un intento renovado de asfixia, y las amenazas de guerra de su vecino poderoso, que nunca se conformó con la derrota.
Pero tampoco esta vez dejaremos morir a Fidel, a la Patria, en el centenario de su nacimiento, hoy que ambos, Martí y Fidel, están más vivos que nunca.
El pueblo cubano ama la paz, la independencia; siente orgullo de su pasado, de sus conquistas. Y se agiganta ante los retos, como aquel 24 de febrero.
Para el reinicio de la guerra necesaria, que debía ser breve como un rayo y amorosa, valga la paradoja, porque no era contra el pueblo español, como no sería hoy contra el norteamericano, sino contra sus gobiernos tiránicos que pretendían y pretenden someter a la Patria, Martí contaba con un pueblo al que no le faltarían «las dotes superiores»: «la constancia, la abnegación y la unión».
La llegada de Martí por Playita –«Salto. Dicha grande», escribió en su último Diario, al pisar tierra cubana– dio inicio a un recorrido que pasa por la casita de Salustiano, a quien Fidel conocería después (instante mágico captado por las cámaras que conducía Santiago Álvarez), se detiene en La Mejorana y termina en Dos Ríos, ahora todos a punto de conmemorar su 131 aniversario.
También vivimos aquel centenario de Martí, el de su muerte física, cuando regresa nuevamente ante la invocación de la Patria, para explicarnos que no éramos náufragos de aquel socialismo fallido, sino protagonistas de un socialismo raigal, antimperialista, racional y emotivo, hijo de la poesía. Un socialismo natural, no de falsa erudición.
El salto que parecía sencillo, del bote a la arena de la playa, era en realidad el salto sobre el infinito de la historia, sobre el imposible, era para siempre el salto de la poesía.
Entre tantas fechas talladas en el cuerpo de la Patria, no importa si centenarias o recientes, si grandes o aparentemente pequeñas, entre tantos héroes que nos antecedieron y nos sucederán, mujeres y hombres de grandes virtudes y defectos, que no se detuvieron ante las traiciones y los fracasos, que pelearon cada victoria, aunque no siempre se comprendieran, Cuba recuerda hoy aquel 24 de febrero de 1895, porque marca el reinicio de la gesta independentista, de la guerra que Martí concibió y organizó, y cuyos postulados fueron finalmente cumplidos en 1959. «Te lo prometió Martí y Fidel te lo cumplió», escribió el poeta.
No es una historia idílica, cada quien llegó hasta donde pudo, por sus condicionamientos de clase, o sus capacidades. Pero la Patria no se detuvo. Y entre todos, incluso de aquellos que abandonaron, se fue perfilando el camino, la unidad trabajosamente alcanzada en 1959, en torno al más radical proyecto de nación.
Tratarán de que olvidemos, pero un simple viaje por carretera nos traerá de vuelta el tiempo y el espacio, la geografía moral de lo que fuimos y somos, de lo que seremos.
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