Guáimaro: cuando los cubanos convirtieron en Constitución la razón de su espada
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Imaginen ustedes el polvo de abril levantándose en aquel poblado camagüeyano. Las noticias del frente no eran alentadoras: hacía solo seis meses que habíamos encendido la mecha en La Demajagua, y ya Bayamo había caído de nuevo en manos españolas. La iniciativa militar se había ralentizado. Y lo más grave: no existía un solo gobierno que hablara en nombre de la naciente República.
Había tres. Tres gobiernos, dos banderas, una sola urgencia: la unidad o la muerte.
Ese era el paisaje el 10 de abril de 1869. Faltaban muchos, sobraban diferencias; y, sin embargo, ocurrió lo imposible. Los mambises no solo acordaron un mando único: alumbraron la primera Constitución de la República de Cuba en Armas. Esa ley de leyes, de apenas 29 artículos, fue mucho más que un papel firmado bajo el fragor de la metralla. Fue el acta fundacional de la nación cubana, soberana, con división de poderes, separación del mando militar del civil y, sobre todo, con un principio revolucionario que aún nos estremece: la abolición de la esclavitud.
¿Imperfecta? Como toda obra humana. Pero fue nuestra. Los cubanos no esperaron permiso de ninguna metrópoli para darse leyes. Con esa Carta Magna, Cuba se inscribió, por su propio empeño, en el concierto de las naciones republicanas del mundo, en pleno siglo XIX, enfrentando al imperio español.
Así nació, de aquella Asamblea Constituyente, el primer gobierno legítimo de la Patria, con Carlos Manuel de Céspedes en la presidencia y Manuel de Quesada como General en Jefe. Así nació también la tradición constitucional que, más de siglo y medio después, sigue siendo el alma de nuestra República.
Esas también fueron parte de las esencias que inspiraron a nuestro Héroe Nacional, José Martí, a fundar, en la misma fecha de abril pero de 1892, el Partido Revolucionario Cubano –que como dijera el Apóstol en Patria, es el pueblo–, con la misión de organizar la guerra que hiciera posibles la independencia y el establecimiento de una república soberana, «con todos y para el bien de todos». Sobre esas bases se levantaron los cimientos del primer Partido Comunista de Cuba, y de su sucesor, como la organización de vanguardia de la Revolución.
Hoy, cuando desde el Norte pretenden vendernos la idea de que un país sin soberanía puede ser libre, conviene recordar a Guáimaro. Allí, nuestros padres fundadores no discutieron sobre si era conveniente tener un Estado propio. Dieron por sentado que la independencia no se mendiga, se construye con leyes y con fusiles. Y esa certeza, esa fe en la legalidad de la lucha, recorre como un río subterráneo varias de nuestras constituciones posteriores, desde la de 1940 hasta la que el pueblo refrendó en 2019.
Por eso, cuando vean a los mercenarios del algoritmo y a los portavoces del anexionismo vender la rancia idea de rendirse, recuerden el polvo de Guáimaro. Allí, en la llanura camagüeyana, un puñado de hombres con machetes y sueños nos legaron la herramienta más poderosa que puede tener un pueblo que se libera: la razón de su espada, convertida en Constitución. Y esa herencia no se negocia, no se subasta, no se entrega. Se defiende, siempre.
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