Fidel: salvar la esperanza con el corazón y la inteligencia

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Una lectura necesaria de Fidel a 67 años de su discurso en Nueva York, en el año de su centenario

El 24 de abril de 1959, en el Parque Central de Nueva York, Fidel Castro pronunció un discurso que atravesaría el siglo y se proyectaría como una de las definiciones más lúcidas de su pensamiento. No fue una alocución cualquiera. Frente a una multitud de cubanos, latinoamericanos y estadounidenses, el Comandante en Jefe recién llegado a la capital del imperio explicaba el significado de una Revolución que ya entonces despertaba pasiones y resistencias.

En ese contexto, con la Guerra Fría en su punto más álgido y el gobierno de Estados Unidos mirando con recelo a la Isla, Fidel afirmó:

Sin quererlo nosotros, sin ambicionarlo nosotros, nuestra patria se ha convertido en ejemplo; sin proponérnoslo nosotros, Cuba se ha convertido en la esperanza, y hay que salvar la esperanza con el corazón y con la inteligencia marchando parejas”.

La frase contiene una conciencia profunda del lugar que Cuba había empezado a ocupar en la geopolítica mundial y, sobre todo, en el imaginario de los pueblos oprimidos del continente.

La metáfora de “marchar parejas” suele ser malinterpretada: no alude a que los hombres marchen igualados, sino a que el corazón y la inteligencia —dos facultades que la retórica ha tendido a divorciar— deben caminar unidas, como una pareja bien avenida. Si una se adelanta a la otra, la esperanza se pierde. El corazón sin inteligencia deriva en sentimentalismo estéril; la inteligencia sin corazón se convierte en burocracia deshumanizada. Y Cuba, advertía Fidel, no podía permitirse ninguna de esas mutilaciones.

Hoy, en 2026, declarado por las máximas instancias del país como el Año del Centenario del Comandante en Jefe, aquellas palabras resuenan con una actualidad asombrosa. La Isla enfrenta desafíos que el propio Fidel supo anticipar: el recrudecimiento del bloqueo, la crisis económica global, la emigración masiva de jóvenes y la necesidad imperiosa de repensar estructuras sin traicionar principios. En este contexto, la tentación de refugiarse solo en el corazón —en la consigna, la épica, la memoria— es tan grande como la de entregarse a una inteligencia técnica que ignore el calor humano y la historia compartida. Él nos advirtió contra ambas.

Como periodista revolucionaria, defensora de la verdad, la solidaridad y la justicia social, no puedo eludir el diagnóstico: la pareja ha cojeado en diversos tramos del camino. Hubo momentos en los que el corazón se adelantó con entusiasmo, pero sin la inteligencia suficiente para evaluar errores y corregir rumbos. Y hubo otros en los que la inteligencia técnica propuso ajustes necesarios, pero el corazón, desconfiado y herido por las propias carencias cotidianas, los recibió con desdén. La esperanza, entonces, se resiente.

Pero reconocerlo no es claudicar. Al contrario, es el acto más fiel al legado de Fidel, cuya grandeza consistió precisamente en combinar pasión y cálculo, utopía y pragmatismo, ternura y firmeza. Por eso, salvar la esperanza en este centenario exige el mismo gesto que él proclamó en Nueva York hace 67 años: que el sentimiento de justicia dialogue con la razón práctica; que la lealtad a la historia no tape los errores propios; que la solidaridad internacionalista se acompañe de eficiencia doméstica; que el socialismo del siglo XXI aprenda a defender su alma sin renunciar a su inteligencia.

Marchar parejas, corazón e inteligencia, significa también escuchar a quienes se quedan y a quienes se van, a los jóvenes que sueñan con un futuro en la Isla y a los ancianos que recuerdan el pasado como un faro que no debe apagarse. Significa construir con verdad, sin maquillar las dificultades, porque esa verdad —como Fidel nos enseñó— es la primera trinchera de la Revolución. Y significa honrar su memoria no con estatuas frías ni consignas vacías, sino con políticas que, sostenidas por el cariño popular y la evidencia, logren que Cuba vuelva a ser, en pleno siglo XXI, lo que él soñó: la esperanza hecha camino.

En este 2026, cuando celebramos sus cien años y renovamos nuestro compromiso con sus valores más profundos, la consigna no puede ser otra que la que él mismo nos legó. Salvar la esperanza con el corazón y la inteligencia. Marchando parejas. Porque si la pareja se divorcia, la esperanza se pierde. Y Cuba —la Cuba de Fidel— ha sido, es y será siempre la esperanza.

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Barbara M. Cortellan Conesa

Ingeniera Química por la Universidad de Camagüey. Diplomada en Periodismo. Máster en Ciencias de la Comunicación. Periodista-Editora del diario 5 de Septiembre. Miembro de la Unión de Periodistas de Cuba.

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