El señor sultán de la estaca y el jonrón

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La pelota, más que un pasatiempo nacional deportivo, constituye hoy un pilar de nuestra historia patria. Contemplada como una práctica sociocultural deportiva desde el siglo XIX, ha llenado a esta pequeña isla del Caribe de triunfos y glorias. Una de esas glorias es para orgullo de todos los cienfuegueros y cubanos Pedro José (Cheíto) Rodríguez Jiménez. Sus Inmemorables batazos kilométricos le hicieron acreedor de dos seudónimos en el mundo beisbolero. Ambos sobrenombres, bautizados por dos grandes de la narración deportiva cubana de todos los tiempos. Bobby Salamanca lo bendijo como: “El Sultán de la Estaca” y Eddy Martin le llamó “El Señor Jonrón”. Así pasó Pedro José Rodríguez a los anales de la historia del beisbol nacional. Con humildad, paciencia, ecuanimidad, respeto, disciplina y decencia enrumbó su camino para brindar con desinterés su sapiencia a las nuevas generaciones. No podía esperarse menos, de quien visitó en más de mil ocasiones el home. El mismo que en la temporada 1977-1978 disparara en total 71 cuadrangulares.

Cheíto fue Campeón Mundial junto a sus compañeros de equipo en Colombia, 1976; Italia, 1978; Japón, 1980 y Cuba, 1984. En su pecho brilló la medalla Panamericana en las ediciones VII, VIII y IX, así como la Centroamericana en los XIII juegos. Luego alcanzó plata en el Centroamericano de La Habana 1982. Sus vuelacercas no creyeron en lanzadores de altura como Oscar Romero o Rogelio García. Al retirarse, ostentaba el liderazgo de flys de sacrificio, pelotazos recibidos, frecuencias de carreras impulsadas por veces al bate, segundo en jonrones, cuarto en impulsadas, quinto en frecuencia de jonrones por veces al bate, quinto en extrabases conectados, sexto en slugging y sexto en bases recorridas.

Cómo borrar de la historia aquel emblemático equipo compuesto por el trabuco de Olivera, Cheíto y Muñoz. Aquella triada hacía entrar en pánico al más diestro en la lomita. Ellos revivieron en la afición sureña y cubana, criollas rimas dedicadas al beisbol nacidas de la ocurrencia popular. Los versos rimados alegóricos al juego de pelota se convirtieron en una tradición de nuestra idiosincrasia cultural gestada en el siglo XIX. Los aficionados gritaban: Cheíto, Muñoz y Olivera sacan de quicio a cualquiera.

Cheíto será nuestro eterno cuarto bate, nuestra infranqueable muralla de tercera base. Su cuadrangular más largo fue su actitud ante la vida. Él demostró con creces como ningún otro, qué es ser cubano. Así lo recordará la historia, como un hombre de carne y hueso, con virtudes y defectos, con aciertos y desaciertos, pero poseedor de una cubanidad a toda prueba.

No es un adiós, ni un hasta luego, sigues aquí en cada jugador de los Elefantes, en cada niño que toma un bate o un guante en sus manos, en cada aficionado que contará a su descendencia tus hazañas. Te inscribiste por méritos propios y sin proponértelo en el libro de los eternos, de los necesarios e imprescindibles, de los buenos por convicción. Serán muchos los evocadoscuando de pelota se hable, pero cuando se mencione a Cheíto o Pedro José Rodríguez, todos te dirán con cortesía: “Pase usted, Señor Jonrón”.

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