Anita, La Estrella

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La noche del 19 de mayo de 1895 mientras el cadáver de Martí viajaba a lomos de una acémila española con rumbo incierto, patriotas de esta ciudad fundaban el Club Revolucionario Cubano de Cienfuegos. Como si la Luz de la Revolución apagada en Dos Ríos renaciera en la modestia de aquella lumbre perlasureña.

Símil aparte, en el parto de la agrupación auxiliadora de la brega independentista en ciernes estaba presente La Estrella, nacida como Ana Fernández Velasco el 8 de marzo de 1848 en el hogar de linaje formado por Don Marcelino Vicente y Doña Margarita, en la villa de Santa Clara.

Cuando a la una de la tarde del domingo 22 de enero de 1922 sus discípulas le cerraron los ojos a la Maestra Anita, Cienfuegos puso un crespón sobre la geografía puntiaguda de La Majagua en señal de duelo por la hija adoptiva, ilustre y predilecta, aunque los títulos carecieron de pergaminos oficiales.

La inteligencia natural de Anita pronto encontró cauce en el colegio La Unión, una especie de réplica villaclareña del que Rafael María de Mendive regenteaba en La Habana. Y en aquel huerto de sabiduría criolla cosechó la joven sus dotes espirituales en terrenos tan diversos como los idiomas, la filosofía y las matemáticas. Por esa época también su poesía, aparecida bajo el seudónimo de La Estrella y adornada con las galas de la lengua de Castilla, comenzó a brillar en el pequeño parnaso de la Cuba central.

Último trimestre de 1868. El ingenio La Demajagua, Yara y Bayamo anotaban sus nombres en la toponimia de la gesta cespediana y el eco de la campana libertadora de negros, el brillo unísono de los sables desenvainados y del filo del machete en su estreno como arma de guerra, más las notas del himno escrito por Perucho sobre el pico de su montura se conjugaban en ola expansiva que avanzaba sobre rieles de coraje hacia el Camagüey las Cinco Villas.

En Villaclara el hogar de los Fernández – Velasco fue el nido de la conspiración fraguada por la Junta Revolucionaria local, labores que condujeron al levantamiento regional del 9 de febrero de 1869. En esas circunstancias la veinteañera Anita trabó amistad con dos de los futuros líderes mambises del antiguo Cubanacán de los aborígenes: su compatriota Miguel Jerónimo Gutiérrez y el polaco Carlos Roloff.

A poco tiempo del inicio de la guerra la situación de la familia resultó insostenible en Santa Clara. Hecho que se agravó con el aprisionamiento de La Estrella, quien sufrió seis meses de cárcel junto a Carolina Rodríguez y Sánchez-Muro (La Patriota).

Tras salir de las rejas españolas, Carolina marcha a Nueva York, de donde sólo regresará para morir en su ciudad natal, finalizada la Guerra del 95. En cambio, Anita y los suyos enrumbaron al sur y al puerto más cercano. El 11 de febrero de 1871 plantaron tienda para siempre en Cienfuegos. Desaparecidas las comodidades que conoció desde la cuna, la joven laborante apeló a sus habilidades en el manejo de la aguja para ayudar al sustento del hogar trasplantado.

La vocación magisterial de la muchacha pilonga despertó el interés de muchos vecinos de la antigua Fernandina de Jagua que comenzaron a encargarle la educación de sus hijas. Luego de algún contratiempo inicial, el 11 de enero de 1875 Anita sacó el título de maestra y desde entonces dedicó su vida al sacerdocio de la enseñanza, que tuvo por templo el Colegio Santa Teresa de Jesús, fundado por ella y abierto de manera ininterrumpida hasta 1887.

Durante los años previos al estallido emancipador del 24 de febrero de 1895 cruzó correspondencia con Martí, Máximo Gómez y La Patriota. Y cuando la guerra sacudió otra vez a la Isla, sus auxilios llegaron con puntualidad al campo insurgente. A su paso dejaba un rosario de anécdotas, a cada cual más reveladora de un espíritu desprendido, capaz de regalar los zapatos que llevaba puestos, una joya de mucho valor sentimental o el único traje presentable, con tal de llevar alivio a los necesitados. Cuentan que hasta los tristemente célebres guerrilleros vinieron a comer de su mano en los meses anteriores a la firma de la paz sin independencia en París. Por la misma época creó el Asilo Huérfanos de la Patria, hogar y escuela para los hijos de las víctimas de la reciente campaña bélica.

A una afección cardíaca crónica se le sumó una grave dolencia de garganta que le provocó la muerte poco antes de cumplir 74 años. La Alcaldía de Cienfuegos decretó duelo local y dispuso el orden del sepelio desde la casa mortuoria en San Fernando 286, entre Cid y O’ Donell hasta el cementerio de Reina. Los jardines cienfuegueros aportaron hasta el último pétalo al luctuoso homenaje de la cubana con alias de astro. A quien los cronistas trataron en la notas necrológicas de mujer-ángel y ángel de la bondad.

Luego de oir un responso frente a la catedral, el cortejo fúnebre detuvo la marcha por segunda ocasión en la explana del Paseo de Arango, donde el coronel de la Independencia Carlos T. Trujillo al despedir el duelo en representación de la familia, en Centro de Veteranos y la Cruz Roja pidió al clero la canonización de Anita “por ser una santa, una verdadera santa en la tierra”.

Sus discípulas Teresa Rabasa, Teresa Gambia, Terina Castillo, Josefa Trujillo, América Rupiá, Amparo Fernández, Carmina Bohar, Nena Buchaca, Clemcnia Mena, María Femenías y Felicia Zaragoza condujeron hasta el panteón familiar de los Fernández – Velasco el féretro, que bajó al sepulcro a los acordes del Himno bayamés y envuelto en una bandera cubana de seda, regalo de José Ramón Femeninas.

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Francisco G. Navarro

Periodista de Cienfuegos. Corresponsal de la agencia Prensa Latina.

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