El planeta nos grita
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Los fenómenos ambientales más el deterioro y exterminio de ecosistemas representan un patrimonio irrecuperable
Los fenómenos ambientales más el deterioro y exterminio de ecosistemas representan un patrimonio irrecuperable.
No prestamos atención a los chillidos agónicos del planeta que desde hace años nos envía todo tipo de SOS, pero por cada rincón están las señales que ignoramos o creemos menores, lejanas, porque en pleno ejercicio de ignorancia pensamos que en nada nos afecta que se encuentre en peligro de extinción el pingüino de Magallanes o que en 2004 una serie de tsunamis afectara de manera directa países del Océano Índico.
El mundo es un sistema, debemos entenderlo como tal, y cualquier suceso, aunque distante, puede romper el equilibrio y dejar consecuencias irreversibles.
Incendios de gran magnitud que acaban con bosques y pueblos; terremotos que cambian para siempre el paisaje de ciudades enteras y con ello poblaciones jamás logran levantarse de nuevo; volcanes que llevaban siglos dormidos de repente no dejan de echar fuego y arrasar con su alrededor y contaminar el ambiente en cientos de kilómetros tanto por tierra, mar y aire hasta llegar a la capa de ozono; huracanes como nunca; lluvias descomunales o sequías que dejan el suelo agrietado de manera impresionante; así como más plagas y menos flora y fauna tanto por esas causas naturales que no podemos dominar como por nuestra propia mano porque el ser humano es el principal factor de destrucción del planeta.
Que el mundo grita porque se acaba, no es un tema nuevo, pero tampoco será manido, no pasará de moda y no debemos cansarnos ni de alertar ni de actuar desde nuestro espacio de poder, aunque lo creamos pequeño porque es real, la crisis ambiental y la crisis humana son dos manifestaciones de un mismo problema que tiene que ver directamente con nuestra incapacidad de pensar en el bien común, pero esta vez elevado al máximo nivel, sin pensar en mañana ni en nuestros nietos.
Probablemente las generaciones X, Y o Z, y por supuesto la Baby boomers, no viviremos el fin de los tiempos, pero ya sentimos sus efectos. Desde hace décadas la Tierra se queja de manera inequívoca de que esto —la vida— no marcha bien, pero somos una especie resiliente y aprendemos a convivir con las alarmas como quien deja sonar una sirena hasta convertirla en parte del panorama acústico y luego ni le estorba.
Cada siniestro forestal de dimensiones históricas, cada inundación que borra del mapa comunidades y altera paisajes para siempre, cada ola de calor que cada verano rompe récords, cada especie que desaparece en silencio y luego ni extrañamos, parecen tragedias aisladas y no lo son, sino capítulos de una misma historia.
Pensamos que el blanqueamiento de los arrecifes de coral, la pérdida de la Amazonía o el deshielo de Groenlandia son problemas remotos que solo afectan a locales porque se encuentran a cientos de kilómetros de nuestra ubicación y olvidamos que el planeta funciona como un sistema interconectado donde todo repercute sobre todo. Aunque suene cacofónico lo importante a destacar es que trastocar una pieza del equilibrio termina por afectar al conjunto.
Este es un asunto grave que la comunidad científica lleva muchos años advirtiendo. El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) sostiene que el calentamiento global provocado por la actividad humana ya transformó el clima y esto es tan obvio por las percepciones a priori que podemos experimentar como demostrable en la estadística que resulta de investigaciones históricas.
Un ejemplo muy simple es que la temperatura media del planeta supera actualmente en más de 1,2 °C los niveles preindustriales, y de acuerdo con la Organización Meteorológica Mundial, 2025 fue uno de los años más cálidos jamás registrados, suficiente para intensificar sequías, lluvias extremas, incendios, huracanes y olas de calor. Son fenómenos que ocurren ante nuestros ojos, aunque los titulares sean otros.
No obstante del conveniente silencio mediático, las cifras resultan difíciles de ignorar. Según varias plataformas que trabajan temas de biodiversidad alrededor de un millón de especies animales y vegetales enfrentan riesgo de extinción, lamentablemente la lista aumenta cada año. Para ilustrarlo, el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) advierte que las poblaciones de vertebrados silvestres disminuyó de forma dramática en apenas medio siglo.
Las alertas no son suficientes, y mientras la naturaleza envía señales de emergencia, la humanidad parece empeñada en fabricar su propia catástrofe porque invertimos innumerables recursos en guerras, armamento y destrucción de todo tipo mientras escatimamos esfuerzos para proteger los bosques, los océanos o las fuentes de agua que sostienen nuestra existencia.
Con una pasión ciega impulsada por la avaricia, casi siempre disfrazada de Aconflicto político, tenemos el valor, el tiempo y los recursos para devastar ciudades enteras, pero somos incapaces de lograr un consenso para reducir las emisiones que amenazan el futuro de todos porque eso sería comprometer el poder político y económico.
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