4+3: la ley de la renovación
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Recientemente se produjo en la Galería de Santa Isabel un nuevo periplo de graduados de la Academia de Artes Plásticas de Cienfuegos (Escuela de las Artes Benny Moré), convocados para la muestra colectiva 4+3, toda vez que siete fueron los optantes de las diferentes especialidades. Durante los días 21, 22 y 23 de abril los concurrentes pudieron disfrutar de las defensas de grado y la inauguración de este despliegue artístico, colmado de garborosos e intensos proyectos que durante un mes estarán a la vista de los públicos sureños.
Grosso modo, 3+4 alcanza una puesta con no pocos atractivos, en la que cinco disciplinas permiten a los estudiantes expresar sus preocupaciones más latentes: el grabado, que este año alcanza la supremacía numérica, la instalación, ilustración, fotografía y el videoarte. Desde un enfoque autorreferencial, si bien los temas son pertinentes a toda la sociedad, los artistas transitan por marcas muy singulares al momento de profundizar en la realidad cubana. El boqueo creativo, la migración y los impactos en la familia, la pérdida de identidad a fuerza de los influjos culturales, la disfuncionalidad en la familia y su cicatrices en la infancia, la enajenación y fobia social son los entibos de estos creadores recién titulados, que colocaron toda su voluntad para optimizar sus capacidades e imaginería.
Leandro Mir Elizondo consuma con la instalación Encrucijada la más atractiva pieza de su corta carrera. La obra sobresale por la complejidad estructural (próxima a los 14 metros de extensión) y la belleza de su puesta; asimismo, por el modo conque transfigura un concepto en figura simbólica. Mir erige el laberinto (de una Creta moderna) en su deseo de manifestarse como víctima de un proceso que ha sido experimentado por casi todos los artistas, esa fase que nos acosa en forma de cerco creativo, lacerando nuestra inspiración y capacidad de obrar.
Por este cordelero alegórico transita Alba María Suárez Sarduy, quien comparte una de las fábulas más emotivas y certeras de la exposición. Desde una perspectiva autobiográfica, la ilustradora concibe un relato plantado en la objetualidad, un libro de carrusel que evoca su tierna relación con el padre, quien emigrara hacia EUA cuando ella era una infante. Alba consigue una obra intimista, que tituló Desarraigo e incorpora en tono de coautor a la figura paterna, toda vez que resulta el escritor de los cuentos que atesora el libro.

Por su parte, Daniela Carreño Seara, tomando como bastimento su experiencia en proyectos de colorido multicultural, ha apostado por el tema de la pérdida de identidad a razón de los estereotipos impuestos por las redes sociales y algunos medios de comunicación tradicionales. En su texto fotográfico, nombrado Estética estándar, la joven hacedora configura la imagen de una chica mestiza con elementos distintivos de la cultura asiática, una clara alusión al carácter imitativo en ciertos grupos etarios. En consideración de Omar García Valenti, miembro del tribunal, su fotografía es casi perfecta en tanto impresión, composición y tratamiento del color; aunque hubiese sido oportuno un seriado, pues el tema infiere una anchura que no tuvo su propuesta.
Ana Claudia González Roque, a su vez, nos comparte una serie de grabados que convoca bajo el título de Ecos, alusivos a la infancia en el entorno de una familia disfuncional, aquejada por las ausencias y nulidades emocionales. La estructuración de esta serie se produce desde la evocación y la metáfora objetual. Los juguetes se convierten en portadores de signos, de figuras conectadas a un pasado traumático, otrora radiante. La técnica xilográfica fue dominada por la creadora, aunque el tribunal subraya que debió perfilar las iluminaciones y limpieza de la composición.
A través de su serie de grabados, llamada Autolisis, Azul Gabriela González Rivera nos desmonta, con cierta autorreferencialidad, los entresijos de la alienación social. Desde una mirada antropológica del concepto psicológico y sociológico, la fabuladora erige su propio triángulo de conductualidades y dialoga a través de un sujeto enajenado, víctima del distanciamiento y la autoexclusión. La atinada composición, estructura compleja (con excelente luminiscencia y uso de los contrastes) y el rigor técnico en la técnica linográfica le han merecido no pocos encomios.

Jonathan Liriano Ortega cierra la muestra de grabados con su serie Miradas, una visualización del tema de la fobia social, crisis de ansiedad que el mismo padeciera, de los más comunes entre los trastornos psiquiátricos. Claramente, el artista utiliza la xilografía para fabular sobre el temor a las situaciones sociales y los entornos embarazosos. Al mismo tiempo, utiliza algunos códigos simbólicos o alegóricos, como las máscaras, para producir capas de significaciones. En mi opinión, Liriano es el estudiante de su año que mejor ha evolucionado en menos tiempo.
En la sede de la agrupación escénica Velas Teatro, la entusiasta Loraine Morejón Hernández, presentó su texto audiovisual 25 rostros de las tinieblas. A todas luces, resultó un gran riesgo para ella, pues tuvo que manosear el lenguaje del videoarte. Con una gran sensibilidad, acudió a tema un polemista: la crisis electro energética, el impacto psicológico de los apagones en la sociedad cubana. El relato transita eficaz y creativamente de una noción neorrealista a un entramado surreal y a ratos neoexpresinista. La fotografía, edición y puesta visual en general lograron sustentar las atmósferas y modos esteticistas; el sonido y el uso de códigos metafóricos, igual, fueron claves para enriquecer los procesos de semiósis. Sin dudas, una de las obras más seductoras por su visualidad y belleza.
4+3 no solo constata el rigor de la academia cienfueguera, de su claustro de profesores, sino también los altos niveles alcanzados por las artes plásticas en la provincia. Inobjetablemente, debemos hablar de un legado, de una tradición. Si desea confirmarlo lléguese por la Galería de Santa Isabel. Vista hace fe.


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