22 de abril de 1819: Cienfuegos recibió la luz (+Galería)

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 La bahía amaneció vestida de plata y azul, como si las aguas del Caribe hubiesen guardado siglos de silencio para recibir, en un solo espejo, el nacimiento de una ciudad

Era 22 de abril de 1819 y el sol, aún perezoso tras las lomas de la Sierra del Escambray, comenzaba a dorar las aguas tranquilas de la ensenada de Jagua. Sobre la península de Majagua, donde hoy el Prado despliega su abanico de columnas y sombras, un puñado de hombres y mujeres miraba el horizonte con la mezcla exacta de vértigo y esperanza.

Don Luis Lorenzo De Clouet, teniente coronel de los Reales Ejércitos, nacido en Burdeos bajo otro cielo y otra lluvia, llevaba consigo no solo las insignias de su rango, sino el peso de un sueño: fundar una villa en estas tierras que los siboneyes llamaban Jagua, palabra de mar y caracol, de manglar profundo y aire salado. A su alrededor, 46 colonos franceses —algunos llegados desde Nueva Orleans, otros desde Burdeos— y un puñado de criollos españoles formaban un círculo humano que parecía diminuto frente a la inmensidad de la bahía. Pero las grandes ciudades, se sabe, comienzan siempre como un susurro.

La historia había ensayado otro escenario apenas tres días antes. El campamento inicial, a orillas del río Aricoa (Saladito), fue apenas un ensayo, una tienta de tierra. Hasta que Don Agustín de Santa Cruz y de Castilla, noble cubano de mirada larga, visitó a los colonos y les ofreció un regalo: las tierras de su esposa, Doña Antonia Guerrero, justo en la lengua de tierra que se adentra en la bahía como una mano abierta. De Clouet, que entendía de vientos favorables, aceptó. Y allí, frente al manso oleaje, se decidió que la ciudad echaría anclas para siempre.

La ceremonia fundacional fue un ritual de dos alas. Cuentan las crónicas y la memoria de los abuelos que De Clouet pidió una pareja de palomas. Al macho lo sacrificó con sus propias manos, y ordenó que con su carne se hiciera un sopón —la primera comida compartida en el nuevo territorio—, un gesto de muerte que era también un pacto de arraigo: aquí se quedan los huesos, aquí se cocina el futuro. A la hembra, blanca como la espuma de Jagua, la soltó al viento. La paloma voló sin prisa, describió un círculo sobre las cabezas de los fundadores y se perdió hacia el interior, llevándose consigo el encargo de multiplicarse, de poblar de vida la tierra recién estrenada. Un rito de fertilidad y sacrificio, de muerte que da paso a la vida. Así nacen las ciudades: entre la ofrenda y la esperanza.

El nombre que recibió aquel primer asentamiento fue Fernandina de Jagua: Fernandina por Fernando VII, el rey ausente que nunca pisaría estas calles; Jagua por los hijos del barro y la concha que habitaron estas costas mucho antes de que la Corona española dibujara mapas. Una década más tarde, en 1829, la villa cambiaría su nombre por el del Capitán General que había hecho posible el sueño: Don José Cienfuegos Jovellanos. El apellido del funcionario se volvió geografía, y la ciudad aprendió a llamarse a sí misma con la cadencia que hoy le conocemos.

Pero el tiempo, que todo lo afina, convirtió a Cienfuegos en algo más que un nombre. En 1880, cuando ya el ferrocarril y el azúcar le habían dado músculo económico, fue elevada a la categoría de ciudad. Y sus habitantes, que nunca olvidaron el origen francés de sus fundadores, bordaron una bandera de tres franjas verticales —azul, blanco, rojo— que es un guiño a la marsellesa, y escribieron un himno que todavía se canta en las escuelas con la misma fe con que De Clouet soltó aquella paloma.

Hoy, 207 años después, caminar por Cienfuegos es pisar una ciudad que la UNESCO, en 2005, declaró Patrimonio Cultural de la Humanidad. Es el reconocimiento a un centro histórico que respira armonía. El Paseo del Prado, el más largo de Cuba, es un río de losetas y sombras bajo sus arcos de medio punto, que invitan al paseo lento, a la conversación detenida.

Monumento erigido a Justo Ceferino Antonio Méndez Aguirre, a lo alto, y de frente la mujer sentada que representa la República. Imagen que ofrece una vista del Paseo del Prado cienfueguero. / Foto: Barbara Cortellan Conesa / 5 de Septiembre
Monumento erigido a Justo Ceferino Antonio Méndez Aguirre, a lo alto, y de frente la mujer sentada que representa la República. Imagen que ofrece una vista del Paseo del Prado cienfueguero. / Foto: Barbara Cortellan Conesa / 5 de Septiembre

El Parque José Martí, corazón geométrico de la urbe, guarda en su centro la roseta que marca el punto exacto donde De Clouet clavó el primer mástil. El Teatro Tomás Terry, con su lámpara de cristal de Murano y su telón pintado por un discípulo de Jean-Baptiste Camille Corot, es un joyero de acústica prodigiosa. Y el Palacio Ferrer, desde su torre mirador, sigue contando las horas con un reloj que llegó desde Nueva York en barco, como tantos sueños.

Puesta de sol en la Bahía cienfueguera. / Foto: Barbara Cortellan Conesa / 5 de Septiembre
Puesta de sol en la Bahía de Cienfuegos. / Foto: Barbara Cortellan Conesa / 5 de Septiembre

Pero la Perla del Sur —como la bautizó el poeta y cronista español José María de Cossío— no es solo sus edificios. Es la manera en que la luz se derrama sobre la bahía cada atardecer, tiñendo de cobre las aguas que vieron llegar a aquellos 46 colonos. Es el rumor del viento entre los almendros del malecón. Es la voz de sus pescadores, que todavía hablan de la “manigua” y del “tiempo de España” como si fuera ayer. Es, sobre todo, una ciudad que se sabe celebrada por su propia gente.

Por estos días, del 21 al 26 de abril, la Jornada de la Cultura Cienfueguera convierte las calles en un solo escenario. El desfile desde el Prado hasta el parque, con carrozas y comparsas, es una marea de colores y tambores. Las galas en el Teatro Tomás Terry reúnen a artistas de toda la isla. En los barrios, los conciertos suben al aire como humo de café recién colado. Y en algún rincón, algún actor con levita y casaca encarnará a De Clouet, y soltará una paloma blanca que volverá a dibujar el círculo de la memoria.

Este año, la conmemoración tiene una nota especial: se dedica al centenario del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, cuya mirada también supo detenerse en esta bahía. Y se rinde homenaje a quienes han tejido la identidad de la ciudad, como el historiador Orlando García Martínez —cronista de sus piedras y sus almas— y el centenario Conjunto de Sones Los Naranjos, que lleva más de cien años haciendo bailar a los cienfuegueros.

Porque Cienfuegos, al final, es eso: una ciudad que aprendió a fundarse dos veces. La primera, aquel 22 de abril de 1819. La segunda, cada día que sus habitantes eligen caminar por el Prado, sentarse en el parque, mirar la bahía y decir, con esa seguridad que dan los siglos: aquí vivimos, aquí soñamos, aquí seguimos siendo.

Y cuando la tarde caiga sobre la Perla del Sur, y las luces del Prado se enciendan una a una como un rosario de bienvenidas, los cienfuegueros levantarán sus copas (o sus tazas de café) y brindarán por aquel De Clouet que, con una paloma en las manos y una bahía por delante, se atrevió a creer que este pedazo de costa merecía una ciudad. El resto lo hizo el tiempo. Y la gente. Y esa llave invisible que abre los corazones de quienes tienen la dicha de nacer —o de llegar— a esta orilla del Caribe.

 

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Barbara M. Cortellan Conesa

Ingeniera Química por la Universidad de Camagüey. Diplomada en Periodismo. Máster en Ciencias de la Comunicación. Periodista-Editora del diario 5 de Septiembre. Miembro de la Unión de Periodistas de Cuba.

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