Vitaminas

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Y retomo la idea: no exagero cuando señalo a los vegetales como lujo./Foto: Juan Carlos Dorado (Centro de Documentación).

Todo empezó con el aguijonazo en el estómago cuando en la plaza del mercado (martes 6 de noviembre, 11:00 a.m.), ante la duda del precio de la remolacha, la respuesta de ¡20,00 pesos! no se hizo esperar, con la naturalidad de quien toma un vaso de agua.

De pronto la remembranza —a esa hora una se pone hasta nostálgica y los precios, literalmente, provocan deseos de llorar— devino máquina del tiempo que no se detuvo hasta aquellos duros días de los ’90, cuando más de un organopónico permanecía surtido, bien surtido, de todo tipo de verduras.

Precisamente la iniciativa de la agricultura urbana nació de la preocupación de nutrir al pueblo en tiempos de una crisis como aquella, a causa de la cual la alimentación se resintió en grasas y proteínas, pero los vegetales sí dieron la batalla.

Con tres o cuatro pesos —cubanos no convertibles, aclaro— se hacía zafra de verduras en la jaba, y esa noche tal vez la carne no estuviese tan presente en el plato como la deliciosa ensalada mixta multicolor. No obstante, desde Salud Pública recuerdo se tomaron precauciones, tal vez porque los nutrientes no residen solo en una hoja de vegetal, y cobraron auge las multivitaminas.

En un torrente de ideas recordé todo aquello, mientras daba la espalda a las atrayentes verduras rojiverdes inalcanzables no solo para mi bolsillo, sino para el de otros miles de ciudadanos que no pueden darse ese lujo. Sí, porque los vegetales hoy son casi un lujo.

Me pregunté en ese instante: ¿qué ocurrió con la política de precios topados?, pero al ver las tablillas de los vendedores de La Plaza, rotuladas con un plumón verde-anémico y números ilegibles al lado de los productos, supuse que de ese modo la estaban evadiendo. Pero eso, eso es tema para otro comentario.

Y retomo la idea: no exagero cuando señalo a los vegetales como lujo, si tenemos en cuenta que son oferta exclusiva de carretillas, carretones, vagón de mezcla devenido tarima y otras modalidades de lucro a las que se ha intentado poner coto, pero las muchas veces deprimida oferta de los mercados agropecuarios impide que desaparezcan.

Por cierto, estos últimos han quedado lastimosamente para los plátanos, los boniatos, alguna que otra yuca en temporada, y tal vez “alguito” más abastecidos en la feria del sábado.

Ni siquiera la calabaza, cultivo semisilvestre proveniente de un bejuco, ya es patrimonio de los mercados estatales, sino de aquellos que en busca de más y más ingresos la fragmentan en múltiples porciones y la expenden entre 5,00 y 10,00 pesos.

Y de los cítricos, ni hablar. El limón ya no lo consumimos en su estado natural, sino a través de esos pomos de jugo que ojalá no contengan otros agregados. La naranja también pasó a la lista de las exclusividades de la carretilla, y solo la llamada grapefruit representa ocasionalmente a la vitamina C en la comercialización estatal de alimentos.

No sería objetiva mi opinión si desconociera que hoy —como no ocurría en los años 90— existe un sector del turismo multiplicado con creces y demandante de verduras (aunque muchas se importan) y negocios por cuenta propia basados, la mayoría, en la modalidad de restaurante, paladar, cafetería.

Tampoco lo fuese si desconociera la devaluación de nuestra moneda, tal vez la razón más común de que ya la verdura no cueste un peso. Pero los vegetales, instalados en la escala de los 10,00 o 20,00 CUP, no creo sean víctimas de la devaluación, sino de la especulación.

Lo que no acabo de identificar es el momento justo cuando los organopónicos se trastocaron en su mayoría —porque existen excepciones—, en espacios de reventa de productos agropecuarios, o de expendio por las nubes de vegetales, y hasta de carne de cerdo.

Creo fue ahí cuando perdieron la esencia, la de nutrir a los cubanos en tiempos de crisis, la de garantizar a todos y todas las vitaminas, ese imprescindible componente para mantenernos inmunes, robustecidos, enérgicos, saludables.

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