Toby, el que murió por amor

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Ilustración: Arí

Toby estaba triste ante el desdén de Lucía. Cada vez que escapaba a la acera, resultaba difícil hacerle entrar a la casa de nuevo. Se lanzaba a correr a toda velocidad y no resultaba posible controlarlo. Disfrutaba de estas travesuras y aprovechaba para realizarlas, a la primera oportunidad. Nunca bajaba a la calle y por eso, de cierta manera, nos hacíamos los de la vista gorda. Una vez terminadas sus ansias de libertad, al final de dos o tres carreras, regresaba dócil al portal y entraba a la casa sin grandes complicaciones.

Un día en que hubo realizado su acostumbrada salida, se encontró con Chiqui, una perrita del vecindario que se mostró zalamera, era posible que estuviera en celo. El perro se paró junto a Chiqui y ambos comenzaron a olisquearse, ella cruzó la calle hasta su casa que quedaba en la otra acera y Toby, ciego del entusiasmo, la persiguió sin notar la presencia de un carro, encontrándose de pronto debajo de las ruedas. Logró salir, pero había recibido un fuerte golpe, que lo mantenía quejándose con un prolongado aullido. Al llegar al césped, se echó sobre el mismo. Me acerqué con intención de ayudarle y al parecer lo toqué por el lugar dañado. Se viró con un gruñido, que era más un quejido que otra cosa y me descargó una mordida en el brazo. Le solté y en ese momento comenzó a sangrar por la boca, para caer delante de mí en un violento espasmo.

Lo fui a tomar en mis manos de nuevo, cuando sentí detrás de mí la voz de mi padre que me dijo de forma imperante: -Déjalo, no lo toques ahora, que está agonizando. No le hice caso y lo tomé en mis brazos y su cabeza cayó hacía atrás. En ese momento grité en medio del llanto: – ¡Está muerto! ¡Está muerto! La sangre del perro se confundía con mi sangre y rodaba por mi brazo, goteando sobre el suelo. Mi padre, con mucha delicadeza, respetando mi llanto,  expresó: -Ya no hay remedio, vamos para verte la herida; y quitándome a
Toby de las manos, lo depositó con cuidado en el suelo. Algunos de mis amigos se acercaron y contemplaban al perro muerto, con gran asombro. Era su compañero de muchos juegos y parte de la pandilla.

Mi padre me llevó hasta la casa y procedió a lavar mi herida, comprobó que solo me había clavado uno de los colmillos y que la misma no presentaba mal aspecto. La  limpió con algodones, aplicó yodo, no me di cuenta del ardor y colocó dos curitas en forma de cruz. Fue a recoger el cadáver de Toby que estaba rodeado de curiosos. Entró con él a la casa, fue hasta el fondo del patio, lo colocó sobre el piso y abrió un hueco hondo para enterrarlo. Aún no había parado de llorar, cuando mi madre se acercó, puso la mano sobre mis hombros y me apretó contra sí. Ella también le quería, al igual que mi padre.

Por bastante tiempo lamenté haberle causado más dolor a Toby en medio de su agonía, nunca seremos capaces de entender a los animales. He pensado en numerosas ocasiones, cuánto dolor le causaría al can haberme tratado de esa manera, es algo que he meditado mucho a lo largo de mi vida cada vez que recuerdo sus últimos momentos. A veces uno quisiera tener la posibilidad de montar en la máquina del tiempo, en un intento por hacer cambiar lo inevitable. Pero el destino es inexorable y nunca podremos enmendar los errores cometidos.

2 Comentarios

  1. Otra bella historia que leo de Ud. periodista, me hizo recordar a Suca, Negrita y Mochito; yo he llorado por mis perros y mis gatos que han muerto. Y como Meril, hago una propuesta para la nueva constitución, que diría así, si me lo permiten:
    – Adicionar en el TÍTULO IV: DERECHOS, DEBERES Y GARANTÍAS, CAPÍTULO I: DISPOSICIONES GENERALES, un artículo que diga:
    El Estado Cubano protege a todos los animales y garantiza su trato ético y humano. La ley regula las obligaciones que de dicho principio se derivan; la violación del mismo está proscrita y es sancionada por la ley.
    Gracias

  2. Bella historia que me ha hecho tragar un inmenso nudo en la garganta. Por desgracia, accidentes como este, resultan a diario por la negligencia de los dueños de las mascotas y otros, por arrojarlos a la calle después que crecen. Pero también tenemos la desgracia de que en la inmensa mayoría de los municipios no contamos con clínicas veterinarias para poder curar, desparasitar o esterilizar a nuestras mascotas. La vía más cómoda de muchos, es abandonarlos y que sean otros los que se ocupen de ellos. Por eso quisiera que todos nos pronunciemos en la nueva constitución, para que se apruebe una ley de protección para los animales.