Oprobiosa paz del Zanjón

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Expresó José Martí con respecto al Zanjón: “Nuestra espada no nos la quitó nadie de la mano, sino que la dejamos caer nosotros mismos”.

El  diez de febrero de 1878, después de casi diez años de lucha contra el colonialismo español, a partir del levantamiento armado de Carlos Manuel de Céspedes, se firmó por el Gobierno de Cuba en Armas, ante el Capitán General español Arsenio Martínez Campos, el Pacto del Zanjón, documento que puso fin a la guerra, sin haber obtenido los objetivos que la desató.

Desde los inicios de la Guerra de los Diez Años se hizo evidente la falta de unidad revolucionaria. Las contradicciones generadas entre grupos de la emigración impedían el imprescindible apoyo desde el exterior a los combatientes, por eso una característica fue la escasez de recursos que padecían los grupos combatientes que debían arrebatar las armas al enemigo en condiciones precarias. También fue evidente la sistemática ayuda a España, de múltiples formas, del imperialismo norteamericano, que les negaba a los patriotas aportes siquiera ínfimos. En esa coyuntura, el General español Martínez Campos comenzó a aplicar una política de pacificación que caló en muchos patriotas desencantados por la situación.

Ese trato directo del enemigo con sus contendientes y las condiciones objetivas y subjetivas presentes, que se hallaban presentes durante todo el período, facilitó la firma de ese documento. Era un resultado de la pugna de poderes entre la Cámara de Representantes y el Ejecutivo.

Solamente en la provincia oriental, las tropas de los Maceo se mantenían con éxitos relevantes, pero incluso hasta el mayor general mambí Vicente García, valioso patriota tunero se dejó llevar por la celebración de reuniones con el enemigo. En general, las tropas manifestaban un cansancio y la Cámara de Representantes del Gobierno de Cuba en Armas prefirió, como de costumbre, ir a la zaga de los acontecimientos, sin desempeñar su papel de guía máxima de la república. Todo ello facilitó el desenlace fatal para la continuidad de la Revolución. Y se firmó el Pacto, sin contar con todas las fuerzas.

Por ello el General Antonio pidió su famosa entrevista con el General español Martínez Campos y proclamó su Protesta de Baraguá, que salvó la moral de la Revolución y fue bandera para continuar la contienda posteriormente.

El convenio o pacto del Zanjón, consistió en una serie de puntos que propendían a “normalizar” la situación de la Isla, por ejemplo, concedía a Cuba un estatus y “ventajas” como las de Puerto Rico. Trataba de propiciar el “olvido” de lo pasado entre cubanos y españoles, con lo que se desconocía el carácter de los cubanos, la tradición de nuestro pueblo, se olvidaba la hidalguía de Céspedes, de Agramonte, las virtudes dignas de miles de blancos y negros combatientes que ofrendaron sus vidas a la Revolución.

Pero no se debe culpar a personas en específico, responsabilidades a sectores particulares de lo civil o lo militar, fueron en realidad una cadena de errores, de decisiones políticas erradas, de funcionamiento incorrecto de los aparatos civiles y militares de la Revolución, complicados y deficientes, divididos, angustiados por el poco apoyo exterior y la falta de armamentos que durante todo el período resultaba extenuante y desangrante. Sólo en la zona oriental estaban los jefes mejor preparados y sin saberlo ellos mismos, constituían la más alta y genuina representación  de la intransigencia revolucionaria del pueblo cubano. Por eso fueron los únicos que respondieron con esa fuerza digna, pero que lamentablemente ya resultaba imposible de revertir la situación. Pero alrededor de un mes de la firma del Pacto del Zanjón la rebeldía nacional estallaría en Mangos de Baraguá.

José Martí, que estudió profundamente la contienda de los Diez Años, sus virtudes y defectos, a fin de sacar de ella enseñanzas válidas para preparar la nueva Guerra de Independencia, expresó con respecto al Zanjón: “Nuestra espada no nos la quitó nadie de la mano, sino que la dejamos caer nosotros mismos”. Y los verdaderos patriotas, no se dejaron convencer, los Maceo y sus compañeros más cercanos no transigieron, porque representaban y eran líderes y masa, por eso continuaron empeñados en la lucha hasta donde lo permitieron las circunstancias, pero dejando abierta la puerta para emprender una nueva jornada, que siguió en 1895. Los que llevaron sobre sus hombros todo el peso y las penurias de la guerra, no estaban dispuestos a renunciar y se mantenían dispuestos a continuar hasta lograr todo aquello por lo que habían luchado.

Por eso en los tiempos que corren, Baraguá toma vigencia: continuamos defendiendo nuestros principios y conquistas revolucionarias, con la espada y la idea bien alta en manos y mentes firmes.

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