Fernandina

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Cada amanecer del 22 de abril, cientos de pobladores de la actual de Cienfuegos, son convocados alrededor de la “Rosa Náutica” que en el Parque José Martí, recuerda el punto exacto de la fundación./ Foto: Centro de Documentación

Nuestro fundador era hosco, gruñón, adulador; y no podría decirse que tuviera lo que se llama madera de gobernante. En cambio, debe reconocerse que lo acompañaban buenas intenciones y una noble ambición que hoy, al cabo de 198 años, hemos de bendecirle.

Un día se cansó de vivir en la húmeda Louisiana, tomó un vapor en Nueva Orleans y llegó a la Isla. Desde que puso un pie en La Habana comienza nuestra historia.

Ya en Cuba poco tiempo medió para que su insistencia diera una hija preciada: la fundación de la Colonia Fernandina de Jagua. Claro que lo pertinaz del teniente coronel Luis D´Clouet no hizo todo en el parto. A los intereses españoles les convenía escuchar por entonces los inocentes balbuceos de la recién nacida.

Don Luis, para asegurar bien el negocio, se autodefinía a los cuatro vientos, “contrario por herencia a la Revolución Francesa, buen español, realista y borbonista”.

Quien, junto a 36 colonos franceses contratados en Burdeos y algunos españoles y criollos, fundara esta ciudad el 22 de abril de 1819 propugnaría desde los inicios mismos “el fomento de la población blanca” y la creación de “una fuerza de paz capaz de defenderla por sí misma, consolidando su noble y generosa dependencia del paternal gobierno de la metrópoli”.

El mal carácter del precursor lo puso en dificultades con algunos compatriotas quienes, al poco tiempo de instalarse en la localidad, comienzan a manifestar su enojo por la suerte de engañifa de la cual creían haber sido objetos -muchas promesas en Francia y pocos billetes aquí-; y además, a causa de las insuficiencias en el pago de las raciones diarias que durante seis meses debían recibir, razón que los supeditaba al precio descarado de las tiendas y bodegones habilitados por D´Clouet.

Huyen entonces varios colonos franceses, otros permanecen en la ciudad, trabajo, procrean (en 1824 ya cuentan con tres colegios donde estudian sus hijos), expanden sus costumbres y gustos dentro de la población.

Quince años después de la fundación de Cienfuegos, crean el viceconsulado de Francia en la plaza, afianzan su voz en el eco aglutinador de nuestra historia.

Si bien alguna voz ha afirmado que los galos no fueron determinantes en el desarrollo de Fernandina de Jagua, ningún historiador deja de reconocer que aportaron rasgos significativos al acervo cultural de los cienfuegueros, entre los cuales la desaparecida Violeta Rovira -amén de los definitorios de los definitorios de la impronta artístico-cultural- destaca lo siguiente: “Preocupación por todo lo que significara progreso, espíritu de empresa, gusto por la organización y el urbanismo, por la buena apariencia y la buena mesa…”

De modo que, a la gran sopa de genes congos, carabalíes, mestizos y españoles que somos, debemos añadirle una pizca de sazón francesa y quizá nos percatemos mejor de esta identidad propia que hemos conformado, entre brinco y brinco de la historia.

La ciudad pronto se convertiría en centro comercial de productos agrícolas y uno de los puertos fundamentales de la costa meridional cubana.

Diez años después del surgimiento, le otorgan el título de Villa de Cienfuegos, en agradecimiento al Capitán General así apellidado, protector del hecho cardinal de la fundación.

En 2005, la UNESCO entrega a su Centro Histórico la condición de Patrimonio Cultural de la Humanidad, en consideración al cuidado, uso social y valores arquitectónicos y urbanísticos de esta zona nuclear de la urbe, dotada del sello ecléctico de sus edificaciones y del exquisito entorno mantenido gracias a años de arduo trabajo de rescate y preservación por diversos actores y de manera especial por la que hoy es la Oficina del Conservador de Cienfuegos.

A los 198 años de comenzar a ser cuanto somos, resulta muy útil imbuir a las nuevas generaciones de esa vocación de cuido a la ciudad mostrada por la institución arriba mencionada, y por tantas personas que, como los franceses, profesan similar gusto por la organización y el urbanismo.

El respeto para con nuestra herencia monumental y arquitectónica es esencial para seguir reconociéndonos en el tiempo.

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