Ciudad en rojo: diapositiva del horror | 5 de Septiembre.
sáb. Ago 24th, 2019

Ciudad en rojo: diapositiva del horror

Imagen tomada de Internet

En Santiago de Cuba “todas las formas  de crueldad, ensañamiento y barbarie fueron sobrepasadas”, escribe Fidel Castro en La Historia me Absolverá, al referirse a los crímenes perpetrados por los asesinos de la tiranía de Fulgencio Batista contra los opositores y el pueblo inocente.

Esa “borrachera de sangre” no se produjo solo en los días posteriores al Moncada, sino durante todo el régimen, por obra y mano de indigentes de alma y cerebro, uniformados todos, salvo los chivatos (cuya connotación más siniestra, verdadera, repudiable se conoció entonces como nunca en la historia de Cuba) a la orden de este o aquel capitanote de mano roja, teledirigida desde las alturas de Palacio, Columbia u otro infierno parecido.

Nunca he olvidado las palabras de Fidel, cuando caracterizó, en el mencionado alegato, a esa hez victimaria del dictador: “En todo grupo humano hay hombres de bajos instintos, criminales natos, bestias portadoras de todos los atavismos ancestrales revestidas de forma humana, monstruos refrenados por la disciplina y el hábito social, pero que si se les da a beber sangre en un río no cesarán hasta que los haya secado” (…).

A sus manos se debe, amén de la muerte de parte de “lo mejor de Cuba: lo más valiente, lo más honrado, lo más idealista”, el luto de muchas familias.

A los que no ultimaban, les arrancaban ojos, uñas, dientes o testículos. José Soler Puig lo describe en una novela maravillosa, poderosísima, aunque a veces cuestionada en ciertos aspectos formales por críticos literarios ultraselectivos y a la que el mismo autor, pese a quererla por sobre todas sus obras, le reconocía varios defectos, cuya lectura me marcó, desde la infancia, para toda la vida.

En Bertillón 166, como nadie lo ha hecho hasta el día de hoy, al menos entre cuanto leyera quien escribe, el narrador santiaguero transfundió al papel la sangre, el dolor, la angustia, las vicisitudes diarias de la juventud revolucionaria de este país en medio de ese período signado por las tropelías gubernamentales, el horror militar y el salvajismo político, espacio de muerte de miles de ellos: no pocos en la labor del clandestinaje en la, también por esto, heroica Santiago.

Novela no solo de atmósferas, como suele referírsele, sino además de locuaces cuerpos dialogísticos, en sus páginas hállanse pasajes imperecederos  a la manera de aquel en el cual Sofía, la madre de Raquel, va a buscar a su esposo, Juan, a los cuarteles Moncada y de los tristemente célebres Tigres de Masferrer, luego de pensar que se encontraba en alguno de esos lugares tras su ausencia del hogar. Cuando, en ambos sitios, le responden displicentemente que allí no está, ella se encuentra con una “vieja pequeña y menuda”, con quien sostiene este cruce de palabras:

Lo suyo no es nada.

– ¿No?

– Nada. Un marido y ha empezado a buscar desde hoy. Yo llevo ciento veintiún días buscando a Bebo. Bebo tiene cuarenta y dos años, vende pan y es mi hijo, ¿sabe? Un hijo de cuarenta y dos años y ciento veintiún días —parecía gozarse en hacer sentir a la otra su superioridad en días y en la ventaja de que fuera un hijo, y no un marido, lo que buscaba—. Todos los días, durante ciento veintiún días he estado yendo al Moncada, a la estación de policía de Trocha, a la del Gobierno Provincial, al cuartel de esos condenados de Masferrer… ¿Usted no ha ido a buscar a su marido al cuartel de bomberos?

Sofía se detuvo y la miró esperanzada. La otra se detuvo también.

– ¿Al cuartel de bomberos? -dijo Sofía.

– Sí. Yo voy todos los días al cuartel de bomberos.

– Pero…

– Todo puede pasar. Bebo ha de aparecer algún día en cualquier parte.

Sofía echó a caminar de nuevo. La desconocida la imitó, sin dejar de hablar.

– Hay gente que ha desaparecido hasta por once meses. Once meses son trescientos y pico de días. Y un día, ¡pum, pum! Ahí está el desaparecido en la sala, sentado en un balance y leyendo el Diario de Cuba. Estaba en la Sierra o en una estación de policía. O en el Moncada. ¿Usted sabe que ellos nunca dicen que tienen detenido al que uno busca? Dicen No, aunque lo tengan en la bodega. Son unos perros. (…)

En Ciudad en rojo, trasunto cinematográfico de Rebeca Chávez de la novela de Soler Puig, la recreación de la escena desdibuja su esencia. La viejita menuda renace en pantalla trastocada en una negra bien auspiciosa de carnes que suelta lo de los 121 días del hijo cual si anunciara que llegó picadillo a la carnicería de la esquina.

La negra inmensa (puesta sin dudas en busca de una “santiagueridad” que no hacía falta, pues rebosa en otros apartados) surca la calle meneándose como la hipopótamo de Madagascar y uno masculla: ¡Cuánta falta de convicción hay aquí!

Y es justamente el principal elemento del cual adolece, vista en escorzo, la transposición fílmica, opera prima en la ficción de esta prestigiosa documentalista. No sé, me había fraguado ¿dickensianas? grandes esperanzas con esta película; añoraba que saliera de las entrañas de la Chávez algo grande que aportara vitaminas a ciertas descafeinadas zonas temáticas de una pantalla nacional a veces más monocorde de lo querido.

Pero no; lamentablemente, no. Por más que lo pretenda, no logro asir para el recuerdo los fotogramas de esta pieza, eso sí muy legítima en su acabado formal, cuidada hasta el martirio en la correctísima dirección de arte y diseño de producción (tanto que creo sobran varios extras que entran a cuadro solo para martillar en aquello de “dar” la época, “dada” harto bien, dígase claro). Mas, privada en su ADN narrativo de esa fuerza visceral, de esa capacidad de conmoción, de ese puñetazo genético requerido por una película como esta que no es un thriller, cual erróneamente se ha dicho, sino un drama de trasfondo histórico hecho a partir de una argamasa argumental estructurada en base de fragmentos de vida y dolor y que por ende necesitaba responder al imperativo ético de observar este caleidoscopio —no por coralino menos vívido, humano, tangible— y de ilustrar en el Séptimo Arte esta época, habida cuenta de su dimensión y trascendencia, no solo mediante rigor en la reconstrucción de los hechos, como lo hay y además acompañado de verosimilitud, sino a través de hondura en la representación de los sentimientos de sus protagonistas.

Tienen de contorno cuanto les falta de carne estos personajes, más allá de todo lo coral que pueda ser la trama y que avengamos con el criterio de que Santiago es el gran protagonista de la historia.

Independientemente de dicha certitud, no se logra aquí un equilibrio narrativo que permita interesarnos por el todo y las partes, y se estructura el  relato cual una mera sucesión de situaciones, que pide a gritos mayor detenimiento en este o más cual personaje en pos de registrar en el espectador cierto grado de empatía comunicacional.

De hecho, quien parecía serlo, es asesinado por dos soldados, en secuencia cuya irrupción dramatúrgica, por otro lado, luce abrupta a causa de la mezcla común de desaciertos en la edición y el timing.

Más enjundia, cercanía y la fuerza natural de los diálogos de Puig requería el guión de Xenia Rivery al componer esta galería de personajes recortada sobre un escenario atroz, en situaciones límites, en momentos al borde donde afloran las principales virtudes y los mayores defectos de la especie, poco de ello apreciado aquí.

Los diálogos de Puig, tan veraces en su novela, por momentos huelen postizos replicados en el celuloide, pese a cuanto hace la cinta por renegar en lo posible el aferrarse sin arbitrio propio a la letra del antecedente literario, esfuerzo también apreciable a la hora de eludir declamaciones e innecesarios enfatismos.

El relato es ayudado a crecer, ya avanzado el metraje, por algunas secuencias impactantes, rodadas con oficio y donde se alcanzan esa tensión respirable de cabo a rabo en la obra de Soler Puig y solo advertible de forma esporádica en el largometraje. El ejemplo mejor: la set-piece de la celada del chivato al buen sastre de pasado revolucionario que no quería meterse en nada. Su desarrollo es perfecto: en armonía, composición fotográfica, edición, eficacia dramática, suspenso.

La Chávez dirige sus pasos en Ciudad en rojo hacia un territorio donde lo más notorio reciente ha sido Clandestinos, aunque la meta de Fernando Pérez era más sencilla que esta, justos hemos de ser. La realizadora respeta el sentido, el punto épico de la novela ganadora del primer Premio Casa de las Américas, traducida a 42 idiomas, cuyos planes de adaptación fílmica siempre fueron palabras mayores, postergados debido a una u otra razón por figuras emblemáticas del cine nacional. Un reto complejísimo que demandaba valor, osadía y tenacidad. Las mismas virtudes que la debutante ha derrochado en este su aporte a nuestra memoria histórica, alejado del efectismo, la fórmula y los golpes bajos de los productos de su género fabricados por mucho cine mundial, al que debe reconocérsele puntos notables.

Entre estos aciertos destacan el esmero, la exquisita concepción estética en la recreación del Santiago de fines de los ’50; su acertado tratamiento visual; las interpretaciones de Eman Xor Oña, Mario Guerra, Herón Vega y Rafael Ernesto Hernández (en igual orden cualitativo); la fotografía de Ángel Alderete —documental cuando lo precisa la trama; funcional, pragmática, certera siempre— y la música de X Alfonso. Pese a que esos créditos de cierre con imágenes del cantante desentonan totalmente y a efectos del filme ni fu ni fa; parece que la Chávez quiso hacer algo con rasgos de parentesco con los epílogos de Lars von Trier en su famosa “trilogía americana”, mas no se ve bien, de veras.

Esas intenciones no cuajadas puntean el mapa de un filme que tampoco se granjeará, en virtud de las bazas arriba consignadas, un puesto en la geografía de los mejores recuerdos fílmicos de la pantalla nacional. Pero si bien quizá no encuentre visa en las comarcas de la posteridad, tampoco es una obra desdeñable; se trata de otra más de esas creaciones de valor artístico intermedio que se producen —lógico, necesario saludable que así sea— en las pantallas de todas las latitudes. En la garantía de rodarlas, de filmar, se encuentra la posibilidad, por decantación y experiencia, de dar con el Cine.

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