Cine y mafia: Honrarás a tu clan (II Parte)

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Uno de los nuestros (Martin Scorsese, 1990).

En contraposición a diferentes construcciones genéricas como el drama, la comedia o la aventura, y análogamente a otras como el mencionado western, una de las características del muy codificado gansteril estriba en la limitación de su universo temático-espacial de sus relatos. Más lo primero, por supuesto.

Las películas sobre el hampa de forma general responden a invariable canon argumental centrado en el encandilamiento, ascensión y caída de figuras del mundo del crimen, los negocios sucios y el chantaje; asidas a un patrón de reglas estricto de honra al clan o familia, disciplina, valor a prueba de escrúpulos… Y, fatal, desmedida ambición. Ribeteadas con los hilos dorados de la ficción, pero teniendo su sustento en la realidad (“La mafia es la metáfora perfecta del capitalismo norteamericano”, asegura Francis Ford Coppola, autor de la trilogía El Padrino, entre las cumbres contemporáneas del gangsteril y de cuya primera parte se cumplió el aniversario 45 en 2017), muchas de estas obras recorren el singular lapso histórico de la Prohibición con las consabidas luchas sangrientas por la expansión de territorios/negocios; cúmulo menor expande el diámetro de su visor hasta fechas mucho más recientes.

Los cuerpos de diálogos de varias cintas insertan lúcidos parlamentos que de alguna manera dan idea de la explicación del gangsterismo en un país que tiene en el propio oxígeno social su abono, y por otra parte aluden a la crueldad de un sistema que hace causa común con los poderosos pero pisa a los desposeídos. Por ejemplo, en Gotti (Robert Harmon, 1996), el personaje central homónimo, al salir impune del primer juicio legal en su contra y comprobar el respaldo popular, afirma: “¿Saben por qué me apoyan? Porque he vencido a un sistema que los aplasta día a día”. A todas luces, empero, tan solo representan ingredientes puntuales de crédito, mas no entraña escrutamientos a fondo del fenómeno, ni que se intente demasiado reeditar la vocación de documento social de los clásicos de Dassin o Huston, o mostrarse siquiera el vínculo entre mafia y política evidenciado por Coppola en El Padrino. Solo pocas abordan con notable capacidad de observación en sus tramas la relación entre la familia criminal/poder o alargan su mirada hacia la alta política o la Iglesia; mayor porción se decanta por atisbarla entre clan/comunidad. No en balde pueblan estos filmes, casi cual lugar común omnipresente, suertes de “Zorros” o pseudos “Robin Hood” italianos o irlandeses a quienes parte del pueblo, ciertos grupos étnicos e instituciones defienden en retribución a favores, protección u otros intereses.

Más allá de la abyección humana o los escenarios horrendos radiografiados por sus obras -y en parte justo a causa de ello-, el género continúa fascinando. A los siete años vi a James Cagney disparando su ametralladora desde un auto en movimiento, para jamás olvidar esa imagen. Lo verbaliza bien el crítico español Carlos Boyero en su ensayo ¿Qué sería del cine sin la mafia? (Babelia, 9 de julio de 2011): “Nadie que ame el cine puede olvidar los innumerables regalos que hemos recibido en todas las épocas gracias al protagonismo de ese tema inagotable. Dos de los directores clave en los últimos cuarenta años del cine norteamericano, como son Coppola y Scorsese, pasarán a la historia por razones variadas y poderosas, pero fundamentalmente por haber creado el primero la saga de El Padrino y el segundo Uno de los nuestros (1990) y Casino (1995). Los enfoques de ambos para retratar a los supuestos hombres de honor no tienen parentesco, pero les unen las toneladas de arte con las que están construidas sus historias. El tratamiento que hace Coppola del poder, la traición, la venganza, la desintegración de la familia, la lealtad, la corrupción como inevitable motor del negocio, podría haber recibido la firma de Shakespeare. La profundidad, el sentido trágico, la complejidad emocional, los lacerantes dilemas morales que chorrea esta saga (todo en la segunda parte mantiene el estado de gracia) hipnotizan, aterran y conmueven. El sueño de Vito Corleone y de su hijo Michael es la integración en el sistema, abandonar la metralleta y la clandestinidad para dirigir los hilos de la sociedad mediante la política, la ley, las grandes y legitimadas corporaciones, la oportunidad de seguir robando legalmente, de legitimarse en la sociedad. Sin embargo, los gangsteres de Scorsese están felices de su condición, cualquier institución que no sea la suya les provoca estupor o risa, ignoran el sentido de culpa, la solución a cualquier problema es una bala, un navajazo o una paliza, practican con sentimiento de clase el macarreo, la ostentación, la violencia, la chulería, el chantaje, la intimidación. Si en nombre de la supervivencia actúan como chotas, como testigos protegidos del Estado pasarán el resto de sus días añorando su antigua forma de vida. ¿Qué sería de nosotros, los convencidos de que Arcadia está en los cines, los que no mataríamos ni a una mosca, si no existieran los malditos gangsteres, ese material fascinante y siempre renovable?”

(Continuará…)

 (Texto publicado originalmente en la revista El Caimán Barbudo)

 

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