Carlos Manuel de Céspedes: el Padre de la Patria

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La campana del Ingenio Demajagua, tocada el 10 de Octubre de 1868, presente en el acto político y ceremonia militar de inhumación de los restos de Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria y Mariana Grajales, Madre de todos los cubanos, el 10 de octubre de 2017, en ocasión de conmemorarse el aniversario 149 del inicio de nuestras Guerras por la Independencia. /Foto: Miguel Rubiera Jústiz (ACN)

Herederos de enormes sacrificios, los cubanos amamos a quienes construyeron la Patria y a los que continuaron la lucha por ella en todas las épocas. Recordamos hoy a Carlos Manuel de Céspedes, quien ganó, ¡a qué costo!, el título de Padre de la Patria.

El 27 de mayo de 1870, víctima de una delación, fue capturado en el lugar donde disfrutaba de su luna de miel y se reponía de heridas, Amado Oscar de Céspedes y Céspedes, joven teniente del Ejército Libertador, por más señas hijo del Presidente de la República de Cuba en Armas, llevado de urgencia a Puerto Príncipe (hoy Camagüey), y puesto a disposición del Gobernador y Capitán General de la Isla Antonio Caballero y Fernández de Rodas, quien personalmente dirigía las operaciones en aquella región.

Ante la negativa a colaborar, un presuroso Consejo de Guerra hispano lo condenó a la pena de muerte. Ofreciéronle la conmutación de la sentencia si revelaba secretos de guerra y el lugar donde estaba su padre, pero Amado Oscar, de apenas 23 años, se mantuvo firme y ripostó: “El apellido de mi familia no se mancilla así”. Dos días después, el 29, fue ejecutado. Por cierto, se conoce que antes de recibir los plomos asesinos dio vivas a Cuba Libre.

Amado Oscar de Céspedes y Céspedes. Tenía 23 años cuando fue fusilado en Puerto Príncipe tras sumarísimo Consejo de Guerra.
Amado Oscar de Céspedes y Céspedes. Tenía 23 años cuando fue fusilado en Puerto Príncipe tras sumarísimo Consejo de Guerra.

Utilizando una indigna estratagema con la cual enlodaba aún más su apellido y su honor militar, ya fusilado el joven mambí, el 1 de junio Antonio Caballero dirigió a Carlos Manuel de Céspedes una carta redactada en los siguientes términos: “En mi poder, prisionero, su hijo Oscar. En sus manos de usted (sic) está su salvación: dígame en qué punto de la costa quiere embarcarse con su tropa para darle absolutas garantías de salida. Responda con el portador”.

Pudiera asombrar a alguno la artera patraña del militar hispano, pero es que en todos los tiempos el engaño y el chantaje, la trampa, la indignidad, la mentira, han sido armas inmundas a las que recurren los poderosos del mundo.

El Presidente cubano apenas podía creer que la vileza y deshonor de un alto oficial español pudiera llegar a tanto. Lleno de abrumadores presagios, en altiva y dolorosa respuesta escribió el 2 de junio de 1870 desde el campamento de Cuyaguajal: “Es en mi poder la carta de vuestra Excelencia, donde me informa de la fatal desgracia en que mi hijo Oscar ha sido hecho prisionero por fuerzas de su mando y, a su vez, la conminación de que hace vuestra Excelencia para salvar a mi hijo, de que abandone el país ofreciéndome lugar de salida.

Duro se me hace pensar que un militar digno y pundonoroso como vuestra Excelencia, pueda permitir semejante venganza si no acato su voluntad; pero si así lo hiciere, Oscar no es mi único hijo, lo son todos los cubanos que mueren por nuestras libertades patrias”.

Desde entonces los cubanos llamamos a Céspedes el Padre de la Patria y vivimos orgullosos del estoicismo de los fundadores, y los que les siguieron en la Historia.

Por eso amamos también a los que desarrollan la Revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes, y luchamos por hacerla fuerte económica e ideológicamente, para poder seguir siempre escribiendo páginas de cubanía como la que recordamos hoy.

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