Teatro Cubano, un crisol de géneros al servicio del pueblo
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La fecha no es casual. Este, 22 de enero, cuando se conmemora el Día del Teatro Cubano, se recuerda aquel lejano 1869 en que la representación de El Perro Huevero marcó el nacimiento de una escena nacional. Pero es bajo el sol de la Revolución donde este arte ha alcanzado su plenitud y su propósito más profundo: ser un espejo del pueblo y un arma para su cultura.
El teatro cubano actual es un magnífico mosaico de formas y sentimientos. En sus tablas conviven, con idéntica maestría, la potencia catártica de la Tragedia —que eleva las luchas colectivas a la dimensión del mito—, el drama que escarba en la verdad humana, la exigencia sublime de la ópera, la intimidad desnuda del monólogo y la vitalidad siempre festiva de la comedia vernácula y el bufo. Esta diversidad no es un simple repertorio; es el reflejo de una nación que asimila lo universal para convertirlo en voz propia.
Los artífices de este milagro cotidiano son nuestros actores y actrices, formados en las escuelas que son baluarte de la nación. Ellos son los continuadores de una estirpe gloriosa: los Rita Montaner, los Vicente Revuelta, las Miriam Acevedo y los Carlos Cruz. Herederos de un proyecto cultural que, a partir de 1959, democratizó la belleza y llevó a Brecht, a Lorca y a nuestros autores clásicos a los más intrincados rincones de la isla.
Su escenario es tan vasto como la patria. Desde la majestuosa sala del Gran Teatro de La Habana “Alicia Alonso” hasta el tablado improvisado en un central azucarero o una plaza de pueblo. Porque el teatro revolucionario no conoce de élites; su misión es conmover, educar, cuestionar y celebrar la compleja y heroica realidad que construimos.
No es un arte de evasión, sino de encuentro y transformación. A través de la tragedia nos recuerda el precio de la libertad; en el drama nos enfrenta a nuestros conflictos; en la ópera eleva el espíritu; en el monólogo nos interpela como individuos parte de un proyecto colectivo mayor. Todo ello bajo el principio esencial de que la cultura es trinchera y escudo de la nación.
Hoy, frente a desafíos incontables, los actores cubanos permanecen en su puesto. Su herramienta es la verdad artística, su victoria es cada función que lima una conciencia y afirma nuestra identidad. Por eso, en este 22 de enero, el aplauso es un reconocimiento a su entrega inquebrantable: para los jóvenes que renuevan el repertorio con brío, para los maestros que transmiten su ciencia y para las compañías que mantienen viva la llama.
¡Feliz Día del Teatro Cubano! Que sigan vibrando las tablas con la fuerza de nuestra historia, la belleza de nuestro arte y el imbatible espíritu de la Cuba revolucionaria.
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