Letra de médico y un telegrama muy sospechoso

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Félix Olías, personaje de una novela española de sueños y realidades chocantes como trenes encabritados que leo por estos días de frente frío, achacaba la ignorancia reinante en el mundo en tiempos de la trama de Juegos de la edad tardía a la difusión de máquina de escribir.

“La inventó un tal Remington, un americano sin corazón”, solì decirle a su sobrino Gregorio, el protagonista, a quien se empeñaba en preparar para grandes empresas futuras.

¿Qué diría el viejo Olías, autotitulado gran comerciante en su kiosko de chucherías a la sombra de una acacia, si tuviera que reafirmar en una novela contemporánea que “la filosofía es una rama de la caligrafía”?

Seguro la emprendería contra Bill Gates y sus dioses de la programación inventores de la versión del Word 10 que ahora mismo me pone a elegir entre 232 tipos de letras y 16 puntajes diferentes para el sencillo acto de escribir esta croniquilla. Aunque por norma debo entregarla al editor en Arial 12.

Aquellas cartas de “antes”, como de niño llamábamos a todo lo que nos antecedía 10 años o más, con su caligrafía de rasgos y adornos propios de una orfebrería o una forja ya son historia demasiado antigua.

Porque el filantrópico Gates culminó la obra del viejo innovador Remington. Como si los dos yanquis pioneros del progreso su hubieran bailado el milenario arte de dibujar grafemas.

El tema caligráfico me volvió a rondar allá por 2005, cuando después de 21 años sin marcharme las manos con el polvo de la tiza volví al aula para corroborar que ciertos manuscritos de los estudiantes universitarios de la época resultaban tan ilegibles como los de determinados aspirantes a bachilleres en los ochenta. Hoy me la juego que debe ser peor.

Algunos de aquellos textos más bien parecían jeroglíficos que ni el espíritu del mismísimo Jean-Francoise Champollion (1790-1832), el francés padre de la egiptología, se arriesgaría a transcribir.

Jean-François Champollion. Óleo sobre lienzo, 60 x 73,5 cm, 1831

Y en eso que en Cuba a finales del siglo anterior el Ministerio de Educación adoptó el Programa director de la lengua materna, uno de cuyos objetivos demandaba “escribir con letra clara y con la caligrafía adecuada”.

Lástima que lo que el documento exponía con tanta claridad se quedara en letra muerta. Literalmente.

Letra de médico le han llamado siempre a esa escritura indomable para el entendimiento común. De niño siempre me pregunté cómo se las arreglarían los dependientes de farmacias para descifrar ciertas recetas que son pura maraña escritural. A lo mejor “tocan de oído”, he llegado a pensar.

Si la regla tuviera una sola excepción yo la conocí, el doctor Julio Romero, reputado geriatra ya jubilado del Hospital Provincial, cuya letra parecía de escribano decimonónico.

Aunque lo pueden firmar lo mismo un ingeniero, un pelotero, que un cosmonauta, existen caligrafías llamadas de electrocardiograma. Sin comentarios.

En el ámbito literario nacional se calificaba de pareja y elegante la que distinguía los textos manuscritos del novelista Alejo Carpentier y del poeta Fayad Jamís. Y más allá de las riberas isleñas dicen que la letra de Hemingway resultaba bastante torpe y sus rasgos casi infantiles; mientras el francés Emile Zola escribía de manera diminuta y precisa, y el preciosismo identificaba la la grafía de Pablo Neruda.

La caligrafía enrevesada puede acarrear hasta serias dificultades al escribiente. Tal fue el caso del sabio cubano don Carlos de la Torre, quien una vez quiso adelantar la noticia del descubrimiento de restos de antiquísimos reptiles realizados por él en la provincia de Pinar del Río.

“Encontré en un talud en Viñales un gran número de fósiles. Embarco mañana por tren para La Habana. Espérenme en la terminal”, rezaba el texto manuscrito por el naturalista para ser enviado a la capital.

 

Pero el telegrafista pinareño (sin doble sentido, por favor) se tomó la atribución de corregir supuestos errores del científico y en La Habana recibieron el siguiente telegrama que de inmediato puso en aviso al Ejército: “Encontré un ataúd en Viñales, un gran número de fusiles…”.

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Francisco G. Navarro

Periodista de Cienfuegos. Corresponsal de la agencia Prensa Latina.

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