Jesús Menéndez Larrondo: memoria que aún palpita en las cañas

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En Manzanillo ocurrió el crimen, el 22 de enero de 1948. Aquel día, en la estación de trenes de esa ciudad, truncaron la vida del líder del movimiento obrero cubano, el “general de las cañas”: Jesús Menéndez Larrondo. Fue el capitán Joaquín Casillas Lumpuy quien ejecutó el asesinato. Varios disparos por la espalda, luego de la negativa de Menéndez a detenerse cuando aquel se lo ordenó, dejaron a la clase trabajadora de la Isla huérfana de uno de sus más tenaces defensores.

¿Cuál fue su culpa?: la militancia comunista y la osadía de velar por los intereses de los azucareros y de todos los trabajadores del país, sin temor a las consecuencias. Uno de los episodios más contundentes aconteció cuando fue hasta Wall Street a discutir los problemas del sector y logró imponer el pago del diferencial azucarero. Este consistía en el establecimiento de un acuerdo donde se garantizaba el incremento del precio que Estados Unidos pagaría por el azúcar cubano, en la medida en que la nación norteña aumentaba el de los productos que exportaba a la Isla.

Muchas otras batallas libró, y consiguió reivindicaciones que incrementaron el bienestar de los trabajadores azucareros: la formación de un fondo para la jubilación, el pago de horas extras, el incremento del salario y el establecimiento de una jornada laboral de ocho horas.

Había nacido el 14 de diciembre de 1911 en Encrucijada, actual provincia de Villa Clara. De abuelo y padre mambises, creció en un hogar donde con frecuencia se escuchaban historias de rebeldía, de las cuales sin dudas se nutrió para hacer frente a las injusticias de su tiempo. Dotado de una inteligencia admirable, forjada en el conocimiento que ofrece el abrirse paso temprano en la vida: la precariedad económica de la familia le impidió ir más allá del cuarto grado, Jesús Menéndez fue uno de los principales dirigentes obreros y comunistas de su tiempo.

El antiguo central Constancia fue escenario del inicio de sus funciones sindicales, aunque también encabezó un gremio de tabacaleros, con quienes compartía labores durante el tiempo muerto de la zafra. Luego organizó y estuvo al frente de la Federación de Trabajadores de Santa Clara y, más tarde, constituyó la Federación Nacional Obrera Azucarera, que por iniciativa suya devino Federación Nacional de Trabajadores Azucareros al incluir en su membresía a empleados y técnicos de todas las ramas de la industria.

Tras la fundación de la Central de Trabajadores de Cuba (CTC), encabezada por Lázaro Peña, Menéndez se convirtió en la segunda figura del movimiento sindical cubano. También se desempeñó en calidad de representante comunista a la cámara, tarea que asumió como una manera eficaz de defender los intereses del pueblo y los obreros.

Su denuedo propició considerables mejoras al sector azucarero entre 1930 y 1948. Además del diferencial azucarero, desató campañas por el pro-pago inmediato, la higienización de los bateyes y el llamado retiro azucarero.  Quienes lo conocieron hablaban de su modestia, valentía y arrojo, cualidades que lo dotaron de gran prestigio entre las masas y los dirigentes.

“Venía a reunirse con los dirigentes y luego recorría los centrales. Recuerdo que casi siempre había que recolectarle el dinero para el regreso y que dormía sin comodidad alguna, donde le cogiera la noche, encima de un buró o en el sitio que encontrara… así era de sencillo ese gran hombre”, rememoraría Cándido Ferry, líder sindical en Cienfuegos por aquellos tiempos.

Tal fue su influjo en las masas, su arrojo en la lucha por los derechos de los trabajadores, que no tardó el gobierno servil, aupado por Washington, en ordenar su asesinato. Al ser acribillado por las balas aquel 22 de enero de 1948, Jesús Menéndez dejó caer un sencillo portamonedas del cual salieron tres pesos. Había vivido siempre con muy poco, pero legó un caudal inagotable de ideas a las personas a quienes se consagró.

“Creo que si me corto las venas, corre por mi sangre un río de guarapo amargo”, con esa frase resumiría el “negro inteligente” los años duros de su peregrinar y, al mismo tiempo, configuraría la imagen de una vida ligada irremisiblemente a los cañaverales, entre cuyos surcos pervive su memoria. Tras el horrendo homicidio, su personalidad devino símbolo del luchador proletario y su sangre por siempre irrigó el terreno de las luchas por la justicia social.

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Yudith Madrazo Sosa

Periodista y traductora, amante de las letras y soñadora empedernida.

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