Fidel Castro: la impronta que aún guía el rumbo del Sur
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Su lucha por la paz, su liderazgo en el Movimiento de Países No Alineados, la cooperación Sur-Sur y la batalla de ideas son hoy más vigentes que nunca
Cuando hace casi siete décadas un puñado de barbudos bajó de la Sierra Maestra, pocos imaginaban que aquella Revolución, hecha en una pequeña isla del Caribe, terminaría transformando las relaciones internacionales desde sus cimientos. Fidel Castro no solo liberó a Cuba; proyectó sobre el mundo una visión alternativa del poder, la justicia y la solidaridad. Su impronta en la política exterior no fue un apéndice de su gestión, sino su segunda trinchera.
Quizás el rasgo más constante de esa proyección internacional fue su defensa a ultranza de la paz. Nueve días después del triunfo revolucionario, ya se comprometía a ser “el más firme defensor de la paz”. Pero Fidel no entendía la paz como una tregua entre imperios, sino como la consecuencia natural de eliminar la explotación. Al recibir el Premio Lenin de la Paz en 1962 fue tajante:
“El origen de la guerra es la explotación del hombre por el hombre. El socialismo significa la abolición de esa explotación; por eso el socialismo significa la paz”.
En un mundo que hoy vuelve a amenazar con armas nucleares, sus advertencias resuenan como una alerta no escuchada. Esa convicción pacifista no fue nunca pasiva. Fidel la llevó a la tribuna más alta del mundo. Su discurso del 26 de septiembre de 1960 ante la Asamblea General de la ONU, de casi cinco horas, rompió todos los protocolos. Allí denunció la filosofía del despojo y sentenció: “Desaparezca la filosofía del despojo, y habrá desaparecido la filosofía de la guerra”.
Por primera vez, un líder del Tercer Mundo hablaba con la misma fuerza que las grandes potencias —y les decía la verdad en la cara.
Pero donde Fidel desplegó toda su estatura diplomática fue en el Movimiento de Países No Alineados (MNOAL). A diferencia de quienes veían en ese bloque una simple equidistancia entre Estados Unidos y la Unión Soviética, el Comandante lo convirtió en un ariete antiimperialista. En la Cumbre de Argel de 1973 aseveró: “Para nosotros el mundo se divide en países capitalistas y países socialistas, países imperialistas y países neocolonizados”.
En 1979, cuando Cuba asumió la presidencia del MNOAL y organizó la VI Cumbre en La Habana, Fidel exigió: “¡Hechos, y no solo discursos!”.
Bajo su liderazgo, el movimiento dejó de ser una voz tímida para convertirse en la conciencia de los pueblos oprimidos.
Otro pilar de esa política exterior fue la cooperación Sur-Sur, entendida no como caridad sino como arma contra la dependencia neocolonial. En su informe La crisis económica y social del mundo, presentado en 1983, Fidel definió esta cooperación como un instrumento de lucha contra la subordinación productiva, financiera, tecnológica y cultural. Fue una crítica directa a la condicionalidad de la ayuda norte-sur. En la Cumbre del G77 en La Habana (2000) lanzó su máxima más recordada: “El Sur necesita del Sur”.
Esa idea sigue viva hoy en las brigadas médicas cubanas que salvan vidas en decenas de países, en la Operación Milagro y en la alfabetización llevada a pueblos que nunca habían tenido escuela.
Cuando los años 90 trajeron la caída del campo socialista y la arrogancia del pensamiento único neoliberal, Fidel no se resignó. Convocó entonces a la “batalla de ideas”, un frente tan importante como cualquier guerra convencional. El 14 de febrero de 2003, en La Habana, definió la globalización neoliberal como “la más desvergonzada recolonización del Tercer Mundo” y denunció que el capitalismo desarrollado y el imperialismo moderno “les fueron impuestos al mundo”. No se trataba de un discurso más: era la articulación de una resistencia cultural, política y ética frente al fin de la historia que pregonaban los centros de poder.
Fidel no se limitó a la teoría. La batalla de ideas movilizó en Cuba más de un centenar de programas sociales, desde la universalización de la educación hasta los círculos de estudio en los barrios, fortaleciendo la resistencia ideológica del pueblo frente a las campañas de desinformación y desestabilización desde el exterior. Al mismo tiempo, sus Reflexiones —escritas semanalmente desde su retiro— se convirtieron en un boletín global de análisis anticapitalista, leídas con devoción por militantes y académicos de todo el mundo. En ellas desmontaba las guerras preventivas, el saqueo de recursos y la manipulación mediática con una lucidez asombrosa.

Decir que Fidel fue un líder carismático es quedarse corto. Fue sobre todo un estratega de las ideas, un constructor de puentes entre los pueblos del Sur. Su legado en el MNOAL, la Cooperación Sur-Sur y la batalla ideológica contra el neoliberalismo constituyen una escuela de pensamiento que organismos como el G77+China siguen invocando hoy. Cuando las contradicciones del capitalismo global se profundizan —guerras comerciales, deuda insostenible, nuevas carreras armamentistas— la obra internacionalista del Comandante ofrece pistas claras: la unidad de los desposeídos, la solidaridad como principio y la verdad como trinchera.
Por eso, al conmemorar su centenario, los cubanos no lo recordamos con nostalgia. Lo recordamos con el mismo sentido práctico que él imprimió a cada acción: su política exterior no fue una colección de gestos, sino una arquitectura de esperanza activa. Como él mismo dijo:
“La lucha por la paz significa luchar por salvar a la Humanidad de una destrucción apocalíptica”.
Esa lucha, hoy más que nunca, sigue siendo tarea de todos.
En tiempos de fake news, guerra híbrida y desprecio por la soberanía de los pueblos pequeños, volver a Fidel es volver a la brújula. Su impronta internacional nos enseña que no hay causa justa que no merezca ser defendida, ni imperio tan poderoso que no pueda ser enfrentado con ideas y unidad. Ese es, sin duda, el mejor homenaje que el periodismo cubano puede rendirle: mantener viva su voz, desde la trinchera de la verdad.
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