Extraña forma de vida

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Toda la sabiduría extraída de la vida, de la pena y del éxito, la condensa Pedro Almodóvar en Dolor y gloria (2019), con el toque quedo y la sencillez en la puesta en pantalla de los maestros asiáticos y la capacidad empática de alguien que, mediante astucia y humanidad, puede atraer sobre su relato de un creador homosexual en crisis los favores de muchos espectadores, con independencia absoluta de la identidad sexual de aquellos.

Dolor y gloria no exhibe epifanías emocionales en su arco dramático, y a la larga destila mucho más dolor que gloria. No se libra el artista de sí mismo, que acaso sea el sino individual que le cimentaron los genes, o los curas, o la distancia de esa madre (por más que persiguiera lo contrario y al margen del cordón afectivo que la enlaza con ella aun después de su muerte), definitoria en todos, más fundamentalmente en cierto tipo de creadores como él. O tanto libro devorado tan pronto, o el cine salvador-liberador, pero también proclive a encerrarlo en sí mismo, de la infancia y de siempre…

Solo Pedro lo sabe, o lo intuye; porque Dolor y gloria, su película–espejo, su opus más confesional, auto describe y auto valora sí, pero también apunta a colegir, a conectar con el barrunto; por ende a cuestionar cuánto podría persistir aquí de construcción: al fin y al cabo estamos frente al trasvase fictivo de la pretendida exteriorización de un yo. Y ahí reside también parte del encanto de un argumento–guion–filme nunca entregado o explicado del todo, ni ganado por lo enunciativo o la sobreexposición.

Cuando se aprecia un filme de tamaña exquisitez, uno se pregunta sin remedio cómo es posible que su autor entregue ahora un título que, aunque en la misma frecuencia temática del amor entre hombres, sea tan inferior a aquel. Extraña forma de vida (2023), casi duele escribirlo pero lo contrario sería autoengañarme (los) o seguir la corriente de la alabanza ciega, algo que nunca he practicado, es una película sin alma, huera, prescindible al apreciarse en conjunto la filmografía de Pedro.

Si ya existían Brokeback Mountain y El poder del perro, de Ang Lee y Jane Campion, sí, pero sobre todo si ya existía su Dolor y gloria, no había necesidad alguna de que el gran director español sucumbiese aquí a la concreción de un capricho al servicio de una casa modista (Saint Laurent), del cual sale mal parado ya desde su ridículo arranque del joven cantando el fado de Amália Rodrigues, en voz de Caetano Veloso. Sí, es una seña de identidad de su obra y gustos, pero no para este tipo de cine, aun entendiéndose y todo que le asiste al filme un supuesto afán transgresor. Cuanto ocurre es que no estamos en Hable con ella. Si un vaquero, con esa cara, canta eso en medio del oeste, no pasa de la primera palabra, por muy peculiar que sea el western que filmes.

Broma aparte, lo anterior sería algo insignificante en comparación con cuanto viene a continuación en un mediometraje que falla a nivel de guion y de composición de personajes, contradictoriamente dos de los apartados más destacables del cine de Almodóvar. No hay entidad ni carnadura dramática en estos seres (bien interpretados, eso sí; por Pedro Pascal y Ethan Hawke, más por el primero). Ni su dolor ni su pasión ni sus supuestas encrucijadas emocionales resultan creíbles, a falta de manifestarse o inferirse los elementos dramáticos que los autentifiquen.

Extraña forma de vida es a la larga, más bien, un pretexto para constatar que, además del melodrama, a Almodóvar, como a tantos, le van las formas clásicas del western, algunos de cuyos ideologemas y marcas de agua intenta filtrar o desacralizar, en un relato que pretende sin mucha fortuna transgredir sus arquetipos de género, algo ya hecho antes y mejor.

Representa además un buen motivo para disfrutar, tanto de la extraordinaria música de Alberto Iglesias, como de la ducha cámara de José Luis Alcaine, colaboradores habituales del cineasta manchego. Y, sí en este caso por último lo menos importante: para aquellos, aquellas o aquelles que les agrade el señor Pedro Pascal (galán maduro quien, de creerle a cierta prensa, causa furor, dizque por su macho sex-appeal), apreciar esa acaramelada imagen que le hurtan a sus nalgas. Esas que, poco antes, mirase con no disimulado fervor, su amigo-amante de 25 años atrás, Ethan Hawke. O sea, la escasa sutilidad y subrayados fútiles de este mediometraje ninguna relación guardan, tampoco, con la inteligencia, lucidez y el pulso lírico –real, no impostado–de Dolor y gloria.

Volviendo a Pascal, él protagonizó The Last of Us, western en clave post apocalíptica, cuyo episodio 3, llamado despectivamente por homófobos y puristas “el capítulo gay de la serie”, narra una relación homoerótica. Supongo que, omnívoro como es en materia visual, Almodóvar debe haberlo visto. Allí, en solo un capítulo de una serie, está expresado, de forma ejemplar, todo lo que él no fue capaz de transmitir en Extraña forma de vida sobre el amor verdadero entre dos hombres.

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Julio Martínez Molina

Licenciado en Periodismo por la Universidad de La Habana. Periodista del diario 5 de Septiembre y crítico audiovisual. Miembro de la UPEC, la UNEAC, la FIPRESCI y la Asociación Cubana de la Crítica Cinematográfica

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