Eva Canel, Efesio de la Cotera y El Libro de la Trocha

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En junio de 1897 la controvertida periodista asturiana Agar Eva Infanzón y Canel (Coaña, 30 de enero de 1857-La Habana, 2 de mayo de 1932) visita Cienfuegos con el propósito de tomar unos días de vacaciones. En una conversación con los periodistas Nicolás de Gamboa, Alejandro Menéndez y Antonio Porrúa surge el tema de la guerra y la Trocha.

Los cronistas están convencidos que los soldados al servicio de España no se encontraban, como se decía, hambrientos ni maltrechos; piensan que las observaciones son infundadas y deciden probarlo. Entonces se anuncia el proyecto de ir hasta esta construcción militar. Ellos consideraban a la Trocha como un símbolo, “una línea en que España se sitúa, y se dice á los traidores que combaten su bandera”.[1] No sabemos cuándo es que se propone al fotógrafo Efesio de la Cotera para documentar el viaje; pero lo cierto es que el 14 de junio de 1897 parte con el equipo hacia Las Tunas, en el vapor Purísima Concepción.

Canel era una defensora acérrima del colonialismo español en la Isla, una frenética integrista de centros de auxilio para víctimas peninsulares. De hecho, durante la Guerra de Cuba llega a ser secretaria de la Cruz Roja. En 1897, alojada en Cienfuegos, aspira a desacreditar a quienes se expresan negativamente sobre el estado de las fuerzas españolas en la Isla. Ese sentimiento, que comparte con varios periodistas locales, se explicita en el texto a cuatro manos intitulado Libro de la Trocha (conocido también como Álbum de la Trocha), donde el anticubanismo brota desde las primeras voces: “¡Maldita sea la guerra!, y malditos los que traidoramente se levantan en armas contra la Patria”(p.20). Empero, en el camino constatan el infortunio que pesa sobre la soldadesca al servicio de España.

Vista de grupo tomada por Efesio de la Cotera en el vapor Purísima Concepción, fotograbada por Taveira. Eva Canel al centro de la foto. A la derecha, otra imagen de la periodista española.

De la Cotera tomaba fotos incansablemente. Próximo a Trinidad, cuando se tropiezan con los primeros grupos de heridos, se conmueve con la nobleza y sensibilidad de la periodista, a quien fotografía en varios momentos.

Eva Canel es, no madre de hospitales como la ha llamado cierto poeta de la trocha: pero si de sentimientos caritativos por excelencia, y dispuesta siempre á caer del lado del soldado herido o enfermo, y es claro, no podía pasar por ella inadvertido aquel cuadro tristísimo que ante nuestros ojos se presentaban. Vió soldados, los vió enfermos, y sintió como siente siempre deseos de socorrerlos, y echó un guante. Se acordó por unanimidad que el guante no pasaría de nosotros, del grupo de excursionistas, admitiendo en el al capitán que interpuso su autoridad para que se le admitiese. Y dicho y hecho: Eva Canel recogió entre nosotros lo necesario, poniendo ella la primera su óbolo,y apenas reunidos, fueron subiendo al puente uno a uno los soldados á recoger cada cual una peseta. Cotera, nuestro fotógrafo de cámara entusiasmado por el espectáculo sacó, en silencio, una fotografía de este momento conmovedor para todos los pasajeros.[2]

Sobre el puente del buque el fotógrafo no puede resistirse a tomar otras instantáneas del grupo y más tarde mostrar aquella en la que la Canel reparte dinero a los soldados. Todos aplauden la “pequeña transgresión” del cazador de imágenes. Durante la escalada en la vieja ciudad del pasado captura velozmente hermosas vistas, llevando consigo a la pequeña y futura actriz Catalina Bárcena, pero no tiene tiempo para deleitarse. Siquiera puede tomar imágenes de Casilda durante los veinte minutos que le ofrecen para cruzar la calle principal. El viaje debe continuar y regresa a la embarcación, rumbo a la Trocha.

“Antes de desembarcar, Cotera nos hizo varios grupos fotográficos en uno de los cuales tuvimos el gusto de incluir al valiente oficial de ingenieros Sr. Lafuente”[3] –cuentan los cronistas. En Tunas de Zaza perpetúa las calles, casas y el mar, siendo acompañado por el Capitán La Fuente, enviado por el general Gasco para recibir a la comitiva. El emisario les conduce hasta La Trocha: la fábrica de oxígeno, donde asume la instantánea del farmacéutico militar Joaquín Estévanez (En esta manufactura se produce el gas para iluminar los focos o farolas de los 68 torres); también les muestra y son captadas: la máquina de comprimir el oxígeno, el fuerte Núm. 1, la alambrada, hecha de hierro galvanizado y provisto de púas a la distancia de 25 centímetros unos de otros, y dos torres, una con la escalera levantada y otro con la escalera baja. Con la llegada del tren y en pleno recorrido, se imprime la foto del General Federico Alonso Gasco y Lavedan, quien se enfrenta a las tropas insurrectas, del General Gasco con su Estado Mayor y escolta en la Plaza de Ciego de Ávila, los trabajos del muelle, etc.; imágenes que serán fotograbadas por Alfredo Pereira Taveira para el libro.

En el controvertido texto los reporteros describen la participación del fotógrafo local:

Cotera anda de un lado para otro, cargado con su máquina, con su caja de clichés, sus bolsas de adjetivos y su trípode, en busca de vistas que sacar; en varios puntos se detiene, arma el tamparantin de fotógrafo, ambulante, se mete bajo el paño negro, está allí un rato haciendo girar hácia todas partes la cámara y por fin se desenfunda, sale sudoroso, desarma el timbiriche y vuelve á cargar los chismes para repetir un poco más allá la operación, siempre sin fruto. Es imposible tomar ninguna vista: en unos puntos la luz es quebrada, en otros el sol está muy alto, en otros muy bajo, en fin, que en ninguno puede hacerse nada de provecho.[4]

Laboratorio de Oxígeno de Júcaro, a cargo del farmacéutico Joaquín Estévanez (a la izquierda) y uno de los fortines que defienden a Ciego de Ávila (a la derecha).

No siempre la naturaleza le permite tomar la foto pulcra, pero insiste hasta donde es posible. Va hasta el pueblo queriendo retratarlo todo (aunque no hay mucho que mostrar) y consigue las figuras de la torre, el parque de artillería, de los fortines, la plaza, entre tantas otras que aparecerán en el álbum.

“La fotografía de Cayo Anguila y otra en que se ve el Parque de Artillería de Ciego de Ávila, son buena prueba de los infinitos plácemes que merece la brillante oficialidad de artillería destacada en la trocha”.[5] El corolario de estas y muchas otras experiencias concluirá con el valioso El Libro…, que constituye, por sus copiosos detalles y fotos sobre la línea militar y las condiciones de los poblados visitados durante el viaje, una fuente sólida para la consulta, si bien la alusión a los mambises es reaccionaria.

El fotógrafo “cienfueguero”, que había sido escogido por la limpieza y el aprecio de sus trabajos, cubre las expectativas. No es fortuito que las últimas notas del álbum estuvieran dedicadas a su obra: “Si en gracia á las intenciones se nos debe perdonar la tardanza, perdónennos nuestros amigos queridísimos, y escríbannos emitiendo opinión sobre los grabados obtenidos con las fotografías del ínclito Cotera”·[6] El Libro… lanza a Efesio como todo un profesional, a la altura de los mejores en América Latina. Su especial sentido de la composición y sensibilidad para captar el espíritu de la vida y las circunstancias, desprovistos de poses melifluas, le merecieron el respeto de sus contemporáneos.

Torre Heliográfica de Ciego de Ávila, fotografiada por de la Cotera para El Libro de la Trocha.

Tras la derrota de España, Eva y su hijo, Eloy Perillán Infanzón (futuro ingeniero de la Universidad de Illinois), regresan a Madrid; pero por poco tiempo. A finales del año 1899 se instala en Buenos Aires, aunque pasa largas temporadas en Montevideo y Santiago. En este contexto es contratada para dar conferencias bien remuneradas. Entonces había perdido un poco de su espiritualismo hispánico y mostrado mucho de la presunción norteamericana.


[1]Canel, Eva,Nicolás de Gamboa, Alejandro Menéndez y Antonio Porrúa (1897, p. 8), Álbum de la Trocha, Imprenta y papelería La Universal de Ruíz y Hermano, Proveedores de la Real Casa, San Ignacio 15.

[2]Ídem. 2 p. 20.

[3]Ídem. 2 p. 24.

[4]Ídem. 2 p. 39.

[5]Ídem 2 p. 79.

[6]Ídem 2 p. 90.

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Jorge Luis Urra Maqueira

Crítico de arte. Miembro de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC).

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