Catarino E. de la Garza, el rebelde mexicano y su escudero cubano

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Tras la creación del Partido Revolucionario Cubano (PRC), en abril de 1892, José Martí enfrentó disímiles inconvenientes para materializar las ideas de esta agrupación política.

Desde las diferencias con algunos grupos de emigrados cubanos residentes en los Estados Unidos hasta el acortar las distancias ideológicas que existían con los generales Máximo Gómez y Antonio Maceo, principales líderes militares de las gestas pasadas, constituyeron en sí parte de las problemáticas iniciales. Sin embargo, la tarea más primordial del Partido fue el llevar a Cuba las Bases y Estatutos Secretos de dicha institución.

En este sentido, el clima político existente en la Isla se hallaba permeado por el quehacer del Partido Liberal Autonomista, establecido en 1879, que se mostraba contrario a la causa independentista y había conseguido atraer hacia sus filas a antiguos miembros del Ejército Libertador cubano.

Para el cumplimiento de la misión de crear las primeras células del PRC hacia el interior de la geografía nacional, José Martí designó al comandante de la Guerra Grande (1868-1878), Gerardo A. Castellanos Lleonart. Esta elección respondía a varios elementos bien estudiados no solo por José Martí, sino también por varias agrupaciones revolucionarias y personalidades de reconocido prestigio en Cayo Hueso.

Entre estas, es imposible dejar de mencionar la reputación adquirida por esta figura durante la primera beligerancia de los cubanos contra el régimen colonial español, su privilegiada posición económica en Cayo Hueso, ya que era propietario de una manufactura de tabacos; y sus constantes viajes a Cuba para visitar a sus familiares y comprar materias primas para su negocio por lo cual no levantaría ningún tipo de sospechas entre las autoridades. Asimismo, su designación venía avalada por diversos independentistas como los generales Carlos Roloff y Serafín Sánchez Valdivia.

Pero tal designación tuvo dos elementos a tener en cuenta, pese a la aceptación de Castellanos Lleonart. La primera estuvo en dejar su negocio en manos de su socio comercial José A. López, persona contraria a la libertad de la Isla. Resulta válido insistir, que la mayoría de los operarios de esta fábrica poseían ideas revolucionarias y muchos de ellos eran oficiales del Ejército Libertador cubano, entre los que se destacaban el ya citado Serafín Sánchez Valdivia y el coronel Rosendo García. El temor inicial tendría su materialización cuando el 9 de noviembre de 1892, tras su arribo a Key West, después del éxito de su primera visita a Cuba, su manufactura había descendido sus niveles de producción y numerosos operarios abandonaron sus puestos de trabajo.

El segundo inconveniente estuvo centralizado en la llegada a Cayo Hueso de un rebelde mexicano, un perseguido de la administración porfirista: Catarino E. de la Garza, quien halló refugio a su persecución en la vivienda de Gerardo A. Castellanos Lleonart gracias a la afiliación masónica de ambos. Su condición de fugitivo se debía, en gran medida, a su postura contraria a las características dictatoriales del mandatario azteca Porfirio Díaz. A ello se suma, que las transformaciones agrarias experimentadas en el país adquirieron un carácter comercial sobre la base de la delimitación de las propiedades eclesiásticas, realengas y terrenos baldíos que afectaron a las instituciones estatales, a los indígenas y a la Iglesia de México.

Las situaciones que habían obligado a Catarino E. de la Garza a encontrar resguardo en Cayo Hueso estuvieron dadas en la preparación y estallido de un levantamiento armado en septiembre de 1891, cuando cruzó desde Palito Blanco, Texas, hacia México al frente de un grupo de hombres para derrocar a la dictadura de Porfirio Díaz. Los meses iniciales del pronunciamiento se basaron en movimientos y cruces de la frontera estadounidense con México.

No obstante, el involucramiento de las tropas norteamericanas en el conflicto obligó a de la Garza a aislarse de los enfrentamientos, a tal punto que las autoridades de ambas naciones no supieron explicar su paradero, pese a que el conflicto no finalizó hasta entrado el año 1893.

Muchas fueron las noticias, infundadas, por cierto, sobre el paradero de este rebelde. La primera noticia, la más cercana a la realidad, llegaría en las páginas del periódico Evening Lear, a mediados de mayo de 1892, que lo ubicaba en Key West. El trayecto realizado desde su salida de Palito Blanco fue Houston, Nueva Orleans, La Florida, Cayo Hueso y La Habana. De la urbe cubana regresó nuevamente a Cayo Hueso, ante el fuerte accionar del espionaje de la Isla. Durante esta segunda estancia en el Peñón es cuando se produce el encuentro con Castellanos Lleonart y su familia.

Según el historiador Gerardo Castellanos García, Catarino E. de la Garza a su retorno a este pequeño islote, bastión de la emigración cubana contra la administración colonial, se refugió en el hotel de Martín Herrera. Pero al encontrar albergue en uno de los lugares más visitados por los habitantes del lugar, disparó las alarmas de las autoridades locales, en especial, la del cónsul español Pedro Solís quién ya había sido informado sobre este perseguido y por el cual el gobierno norteamericano y su homólogo azteca habían puesto precio a su cabeza. Esta “popularidad” en el hotel, por así decirlo, fue perjudicial y Martín Herrera solicitó auxilio para este hombre por la vía masónica, siendo Castellanos Lleonart el receptor de dicha solicitud.

Narra el propio historiador, testigo presencial de estos sucesos con no más de 12 años de edad, que en su vivienda de dos plantas situada en la calle División su padre, Gerardo A. Castellanos Lleonart hizo todos los arreglos para hacer habitable una habitación que ya se encontraba en desuso. Tanto recelo le sugirió al adolescente que allí se establecería un visitante muy importante, de estos que provenían de Cuba para tratar diversos asuntos relacionados con la emancipación de la Isla. La primera impresión del joven sobre de la Garza fue la siguiente:

Un anochecer mi padre apareció acompañado de un caballero, sin detenerse un momento ambos subieron precipitadamente las escaleras. Tuve ocasión de advertir que era un tipo extraordinario. Muy alto, de más de seis pies, de medianas carnes, fino bigote, blanca tez, nariz grande y recia, ojos pequeños que brillaban como diamantes negros amparados de anchas cejas. Su caminar era de elegante porte marcial. Su rostro de huesos pronunciados estaba salpicado de huellas de viruelas. Llevaba caído sobre una oreja amplio sombrero de fieltro con cordón dorado y en la cintura se dibujaban claramente dos pistolas. Hablaba muy quedo.[1]

Sin saber quién era aquel hombre debido al silencio de su progenitor, que prohibió toda mención sobre el visitante, el joven Castellanos García confirmó sus sospechas de que era alguien importante tras las constantes visitas de Rosendo García, Serafín Sánchez Valdivia, Carlos Roloff, Martín Herrera y otros reconocidos conspiradores. Pero la visita más llamativa de todas fue la de José Martí. Según relata el joven, esta entrevista fue la más extensa de todas y hacia su interior se debatió sobre un proyecto de invasión para Cuba con la finalidad de iniciar una nueva etapa de lucha. En este encuentro, según refiere el propio Castellanos García, José Martí tuvo sus reservas con respecto a este proyecto.

Las reservas se sustentaban sobre la base de que el Apóstol poseía cifradas esperanzas de una ayuda del gobierno azteca, encabezado por Porfirio Díaz, al PRC y a la beligerancia que ya se avecinaba. Hacerse eco de las ideas de Catarino E. de la Garza de venir a la Isla pondría a la Delegación del Partido en una posición desventajosa. Dichas esperanzas se vieron materializadas años más tarde, cuando José Martí se reunió con Porfirio Díaz, el 1 de agosto de 1894. Diversos historiadores e investigadores sociales, manifiestan que José Martí recibió la suma de 20 000 pesos de manos del dictador mexicano, pero esto no se ha podido afirmar. Con independencia del aporte material o no, lo cierto es que el Maestro ofreció muestras de satisfacción por la recepción del mandatario y los resultados de su periplo por este país latinoamericano.

En la medida que los días pasaron, la curiosidad del joven fue en aumento. Preguntaba a su madre y a los visitantes habituales a su casa sobre la identidad sobre aquel hombre que su padre había albergado en su vivienda. Describe Castellanos García que una noche su progenitor lo sorprendió con la oreja puesta en la puerta de la habitación de Catarino E. de la Garza y para su sorpresa, en vez de recibir una reprimenda, solo atinó a decirle: “arriba vive un hombre que estimo mucho; a nadie le debes hablar de su presencia, porque peligraría su vida y la mía; tú serás en lo sucesivo el que le sirvas en todo; vienes a ser su escudero”. A partir de este momento, el primogénito de Gerardo A. Castellanos Lleonart se convirtió en el mejor amigo del rebelde mexicano. Las charlas entre ambos giraron en torno al linaje del apellido de la Garza, el gobierno dictatorial de Porfirio Díaz, los acontecimientos que estaban por llegar sobre la emancipación de la mayor de Las Antillas y sus peripecias en la frontera del Río Bravo.

El 9 de agosto de 1892, Gerardo A. Castellanos Lleonart partió hacia la Isla por orden de José Martí y del PRC para conocer a fondo el estado de ánimo de los conspiradores ubicados hacia el interior del territorio nacional y crear las primeras células del Partido. El periplo del comisionado por Cuba duró tres meses exactos, durante todo este tiempo de la Garza quedó al amparo de los familiares. Antes de salir de Cayo Hueso, Castellanos Lleonart le manifestó al visitante que ante cualquier inconveniente no dudara en pedir la ayuda del Cónsul de España Pedro Solís, quien era su amigo y masón; y si por casualidad viniesen a detenerlo se defendiera, a pesar de que esto le pudiera acarrear grandes dificultades para él y para su familia.

Durante los meses que duró la primera comisión a Cuba, el joven Castellanos García se convirtió en el amigo inseparable de Catarino E. de la Garza. Detalla el adolescente que el rebelde mexicano se pasaba el día entero caminando por la habitación como un “león enjaulado”. Poseía un Winchester como salvoconducto a su libertad y varias pistolas, de las cuales dos llevaba siempre a la cintura. Dormía apoyando la cabeza sobre un brazo para dejar libres los oídos ante un algún imprevisto. En una ocasión, estando Castellanos Lleonart en su cometido, merodearon varios sicarios la vivienda en su búsqueda y de la Garza los reconoció y se aprestó a enfrentarlos, pero por suerte estos pasaron de largo. En esta situación, su estancia en el cayo se hacía cada vez más compleja.

Tras el retorno del primer comisionado del PRC del territorio nacional, en noviembre de 1892, este tomó la decisión de sacar del Peñón a Catarino E. de la Garza. Esta decisión respondía no solo a las circunstancias en las que se hallaba en Key West, sino también a la traición de Juan A. Flores, Sixto Longoria y el periodista cubano Francisco Mendoza. Este último, quién había fungido como director del periódico de la Garza en la localidad de Palito Blanco, había delatado a su hermano en el cayo y las autoridades incautaron información comprometida que delataba la presencia de la Garza en el lugar. El rumbo fijado para este hombre fue nuevamente Nassau.

Relata el propio Castellanos García que una madrugada su padre y el rebelde mexicano bajaron las escaleras de la casa sigilosamente. Al vaticinar un adiós, el joven salió de su habitación y se abalanzó sobre hombre, que ya era su amigo. Catarino E. de la Garza le recomendó que guardara los versos y artículos que había escrito durante su estancia en la casa y le dejó como promesa que, al sonar el clarín de la libertad en Cuba, su machete sería el primero en desenvainarse. Prosigue el historiador en su relato que, al no contener sus lágrimas y su tristeza, salió de la vivienda y fue corriendo hasta el puerto donde de la Garza ya se había instalado en una goleta que lo sacaría de Cayo Hueso.

Al llegar a este lugar, y sin darse cuenta del sigilo de la operación que su padre y varios amigos realizaban, el joven vio una gaviota en el mástil de la goleta y grito: “una garza”. El perseguido azteca enseguida le tapó la boca diciéndole que eso era una gaviota, que la garza era él que se veía obligado a huir ante la persecución en su contra. Esta sería la última vez que la familia de Castellanos Lleonart, y en especial, su primogénito tuvieron contacto con Catarino E. de la Garza. Supieron días más tarde, que en Nassau trabajó en la herrería de un español que, al enterarse de la recompensa puesta a su cabeza, intentó envenenarlo. Ante esta situación y al enterarse las autoridades locales de su paradero, huyó hacia Costa Rica donde años más tarde las circunstancias de la vida o el azar mismo, lo hizo ponerse en contacto con las ideas de independizar a la Isla al entablar amistad con el general Antonio Maceo y otros destacados conspiradores cubanos que allí residían.


[1]Castellanos García, Gerardo. Destellos históricos. Editorial Hermes Compostela.La Habana, Cuba 1923. p. 206

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Dariel Alba Bermúdez

Profesor e investigador de la Universidad de Cienfuegos ¨Carlos Rafael Rodríguez¨. Miembro de la Unión de Historiadores de Cuba (UNHIC)

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