El mago de las teclas

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¿Quién no se motiva a bailar con los compases de Tres lindas cubanas? Hasta los que no saben hacerlo, mueven sus pies con el sonido de tan seductor estímulo musical. Su autor fue Antonio María Romeu, como de muchas otras composiciones de las más representativas de la música cubana.

Nació en 1876 en la playa de Jibacoa, hoy provincia de Mayabeque. Miguel Faílde era ya un jovencito que estrenó Las alturas de Simpson cuando Antonio María contaba poco más de dos años.

Desde niño mostró vocación por la música, y se cuenta que a los doce años había compuesto su primera pieza.

En 1899 tocaba en el café habanero La Diana, y allí compuso su primer danzón. Tocó como invitado con la Orquesta Cervantes, primera charanguera cubana en introducir el piano, que entonces aquel joven ejecutaba con la gracia que le granjeó el seudónimo de “mago de las teclas”.

En 1910 fundó su propia orquesta que por más de tres décadas popularizó lo mejor del género danzonero.Oírla era un banquete musical de lujo que provocaba éxtasis mientras que Antonio María sentado al piano, hacía cuanto le viniera en gana.

Parece que desde su niñez la brisa del mar le confió secretos y cadencias que él se ocupó de transformar en música. La hacía brotar mientras sus manos se desplazaban con ímpetu por sobre el blanquinegro teclado. Violines, flautas, trompetas, percusiones y teclado se ponían de acuerdo para formular su alquimia de sonidos. Había que oír aquello para saberlo y sentirlo.

Un buen día se le unió Barbarito Diez en sustitución del cantante Fernando Collazo. Con Barbarito, el danzón consolidó su voz; a la ejecución instrumental por tradición, había llegado el arreglo vocal como valor añadido. En 1955, a la muerte de Antonio María, el bolondronense conocido como “la voz de oro del danzón” siguió cantando con la orquesta que mantuvo el nombre de su fundador.

Pianista y director de orquesta, Antonio María Romeu también fue compositor de altura. A él se deben danzones que merecen la categoría de antológicos como  El barbero de Sevilla, en el que recrea elementos de le ópera del italiano Gioachino Rossini; Tres lindas cubanas, compuesta en 1926; Jibacoa; El canto del jilguero; Siglo veinte; La flauta mágica, compuesta junto con Alfredo Valdés Brito; Marcheta y El mago de las teclas.

Artista exclusivo de la discográfica RCA Victor durante una década, sumó grabaciones con la Columbia. En 1928  fue galardonado con la Medalla de Oro en la Exposición de Sevilla, España.

Al mérito como director, pianista y compositor se suma haber sido difusor de la música popular cubana. Su orquesta interpretó música de autores musicales, entre ellos Miguel Matamoros, Manuel Corona, Julio Brito, Ernesto Lecuona, Rosendo Ruiz, Eusebio Delfín y Eliseo Grenet entre otros.

El sello rítmico del danzón respaldó la modalidad vocal que incluyó sones, boleros, guajiras de salón y canciones líricas; toda una innovación que le concedió al danzón prolongarse en el tiempo con la actualidad que llegó hasta nuestros días.

En ocasiones anteriores me he referido al danzón: danzario por naturaleza y, por añadidura,cantable. Imposible no mencionar al colosal Antonio María Romeu. La música popular cubana le debe parte de su gloria.

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