Crónicas desde España: La Capilla Real, donde el poder aprende a ser mortal

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Por: Lian Roque Roque*

En la Capilla Real de Granada, ese recinto que los granadinos defienden como un tesoro propio, no hay fotografías que distraigan. No se permite disparar cámaras, y quizá sea mejor así: la ausencia de imágenes nos obliga a mirar de verdad, a fijar cada detalle en la memoria, a construir un archivo íntimo que ninguna pantalla puede sustituir. No hay apuros. Entrar allí es aceptar un pacto silencioso con la historia.

La capilla, de estilo gótico isabelino —o neogótico, según quien la nombre— se abre como un espacio solemne donde el tiempo parece haberse detenido. Bajo el suelo, en una cámara mortuoria austera, descansan cinco cuerpos en ataúdes de plomo, alineados uno junto al otro. Intimidad total. No hay ornamentos, no hay grandeza material: solo cajas sencillas que contienen los restos de quienes gobernaron un mundo. La realeza, reducida a su verdad más simple: mortales. La grandilocuencia está arriba, no abajo. Frente al altar, el conjunto escultórico en mármol de Carrara —obra de Fancelli y Ordóñez— despliega su teatralidad eterna. Allí, los monarcas aparecen como yacentes de mármol: espadas, túnicas, coronas, escenas bíblicas talladas con una precisión que desafía los siglos. El mármol, con su blancura casi viva, impone respeto. Es el lenguaje del poder que se niega a desaparecer. También impone frialdad.

El altar mayor, con su programa iconográfico bíblico y el sagrario en el centro, no deja lugar a dudas: este es el lugar donde descansa Isabel la Católica. Nada está colocado al azar. Cada símbolo, cada relieve, cada distancia habla de jerarquías. La capilla es un recinto para la realeza, y lo recuerda con un pórtico de bronce que separa, sin disimulo, a los soberanos de los plebeyos. Poder y sumisión, cara a cara. En la sala lateral, el objeto más íntimo del conjunto: la corona de la reina. Una corona sorprendentemente sencilla, tan sobria como los ataúdes que guardan sus restos. La tradición cuenta que Isabel vendió sus joyas para financiar el viaje de Colón hacia lo que luego sería América. Allí está, dentro de una vitrina, custodiada por espadas doradas y fundas bordadas en plata. Corona y espada: símbolos que resumen un reinado. Las vitrinas laterales conservan estandartes originales usados en los actos fundacionales de la Granada isabelina. El tiempo ha desgastado los tejidos, pero no ha logrado borrar los escudos ni las letras que proclamaban un poder que se imponía con firmeza. También se exhiben trajes reales, capas pesadas bordadas con hilos de oro y plata, vestigios de una época que solo sobrevive en la memoria y en estos fragmentos de tela. La colección de pintura flamenca sorprende por su fuerza visual: rojos intensos, figuras humanas desproporcionadas, paisajes imposibles, escenas religiosas llenas de contradicciones. Son ventanas a un mundo que ya no existe, pero que sigue interpelando al visitante. Es el arte regalando una visión de un mundo. Los granadinos están orgullosos de su Capilla Real, y tienen razones para estarlo. En cada altar dorado, en cada pieza expuesta, en cada vitrina, se refleja un legado que no es solo artístico o político, sino profundamente humano. Es la voluntad de hombres y mujeres que moldearon una época. Al terminar el recorrido, antes de salir, vuelvo a la cámara mortuoria. Allí, los ataúdes de plomo guardan los restos de quienes decidieron el destino de reinos enteros. Me inclino ante Isabel la Católica y ante Juana I, dos mujeres que, con su empuje y su tragedia, trazaron caminos que aún hoy se estudian. Salgo con una certeza: no importa ser rey o reina.

La muerte iguala.


*Jefe del Departamento Filosofía e Historia de la Universidad de Ciencias Médicas de Cienfuegos. Se encuentra en España en una estancia formativa, a partir de los convenios entre la Universidad de Ciencias Médicas Raúl Dorticós Torrado y la Universidad de Granada.

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5 de Septiembre

El periódico de Cienfuegos. Fundado en 1980 y en la red desde Junio de 1998.

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