Bloqueo a Cuba, la cara actual del gigante que Martí denunció
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Cuando José Martí bautizó al expansionismo estadounidense como el Gigante de las siete leguas —tal como lo recogen las ediciones críticas de sus Obras completas— no estaba haciendo literatura. Describía una máquina de presión constante. Ese poder capaz de saltar cualquier frontera y aplastar a quien se le interponga. Así de simple.
Estudios recientes sobre el antimperialismo martiano, como el trabajo de Cruells Hernández y Soca Gener en la revista Varona, han subrayado que la denuncia del Apóstol no era una metáfora ocasional. Era el núcleo de su pensamiento político y hoy, los cubanos conocemos muy bien ese paso pesado.
Llevamos más de seis décadas sintiendo sus botas sobre la isla con un bloqueo económico que no cede, que se endurece en cada administración y que nos niega medicinas, alimentos y hasta el derecho a comprar en nuestra propia región.
La realidad es dura y no admite eufemismos. Cada vez, el bloqueo impide que Cuba acceda a tecnología médica, a repuestos para plantas eléctricas y a insumos básicos para la agricultura; pero el Gigante ha perfeccionado sus armas. Nos incluye en una lista arbitraria de países patrocinadores del terrorismo, ahuyenta a los bancos extranjeros que quieran comerciar con nosotros y financia operaciones de desestabilización interna.
Esa es la versión actual del Gigante del Norte desde la visión martiana; no viene con botas de siete leguas, sino con leyes extraterritoriales, sanciones financieras y campañas mediáticas permanentes.
Lo que Martí entendió mejor que nadie es que este monstruo no se detiene solo ante Cuba. Su llamado a poner los árboles en fila —esa imagen tan poderosa de Nuestra América— sigue siendo una necesidad estratégica. La unidad latinoamericana no es un favor que los países grandes le hacen a la isla, es la única muralla colectiva que puede frenar al gigante, cuando la región se coordina y rechaza en bloque las medidas coercitivas unilaterales, el imperio retrocede.
Emilio Valencia Corozo, investigador de la Universidad de Oriente, ha recordado recientemente algo clave. Martí vinculaba la integración regional con la lucha contra la colonización cultural. Una lección que hoy cobra vigencia extrema frente al cerco financiero.
La solidaridad que Martí reclamaba no es abstracta. Es la que en febrero y marzo de 2026 ha enviado cuatro barcos de México con más de tres mil toneladas de alimentos, leche, frijoles y artículos de higiene. Es la que ha traído desde Nicaragua suministros para romper el cerco comercial. Es la que organizó el Convoy Nuestra América, con tripulantes de diez países, que llegó a La Habana con paneles solares, medicamentos y una decena de bicicletas para mostrar el costo humano del bloqueo.
La ayuda no viene solo de nuestros vecinos inmediatos. El gobierno de Colombia ha enviado diez toneladas de alimentos, medicinas y equipos de generación eléctrica. Canadá, bajo su nuevo primer ministro, anunció en febrero un envío de ayuda alimentaria mientras mantiene conversaciones diplomáticas.
Cuba no pide limosna. No se victimiza. Ahora bien, sería ingenuo ignorar que la resistencia tiene un costo humano muy real. Las largas colas para comprar alimentos, los apagones que se alargan sin aviso, la falta crónica de combustible y la emigración cada vez más dolorosa de nuestros jóvenes, todo eso no son fenómenos naturales ni problemas locales sin remedio. Tienen un solo nombre: el bloqueo de Estados Unidos.
Martí ya nos dejó la lección hace más de un siglo. Un poder tan asfixiante no se combate con resignación individual, por muy estoica que sea. Se combate con organización colectiva. La unidad no es un lujo retórico, es la principal respuesta estratégica posible y es la única que el gigante realmente teme.
La integración regional que Cuba necesita hoy no es la de los tratados de libre comercio que firman las derechas con Washington. Es la integración que Martí imaginó con justicia social, respeto a la soberanía, intercambio genuino de medicinas, alimentos, maestros y técnicos. Es la que permite que médicos cubanos salven vidas en el continente mientras el imperio los acusa de tráfico de personas. Esa integración existe. Es silenciosa. Y es precisamente la que el gigante quiere destruir. Cada barco que atraca en La Habana burlando el cerco es un golpe directo a su estrategia de asfixia.
Concluyo mi comentario con una idea práctica. Honrar a Martí hoy en Cuba es seguir construyendo esa unidad latinoamericana desde la trinchera cotidiana. Es denunciar cada amenaza, cada nueva sanción, cada mentira que lanzan contra la isla. Es entender que la liberación de Cuba no es un asunto cubano solamente, sino una condición necesaria para que toda nuestra América respire sin el pie del gigante en el cuello.
Como recordaba recientemente una nota de la agencia Prensa Latina desde El Salvador, la vigencia del pensamiento martiano sigue convocando a pueblos que nunca se rindieron.
Mientras el bloqueo siga en pie, la tarea que nos dejó el Apóstol estará inconclusa. Y nosotros, los que creemos en sus ideas, no tenemos derecho a rendirnos.
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