Alejandro Munilla Madruga: la espinosa travesía hacia la transmutación (I)

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Apuntes sobre el Premio Único del Salón 5 de Septiembre de 2022

¿Qué hace tan singular y conmocionante la obra de este benjamín sureño? Concíbase el término como símbolo de ímpetu, pues se trata de un artista que pese a sus 23 años (nace en Cienfuegos, el 27 de septiembre de 1999) ha sostenido una cifra de exposiciones envidiable: cerca de 25 colectivas y tres muestras personales; lo que supone un récord de 3.5 promedio-anual durante el periodo activo como pintor, escultor, performer e instalacionista (2014-2022).

Empero, no se trata únicamente de dígitos, sino también de esencias y aptitudes, de eficacias comunicativas e imaginación, que en muchas ocasiones fueron laureadas o encomiadas por la crítica y los públicos. Munilla nos recuerda aquellos ardores irrefrenables de Gustavo del Valle y su colega Daniel Hernán Antón Morera, ambos formados en la Academia de Artes de Cienfuegos y la Universidad de las Artes.

Si nos dejáramos arrastrar por la tradición, debió aspirar a las prácticas “ingenuas” de sus padres, Tania Madruga Pichs (1972) y el santaclareño Alejandro Munilla Jiménez (1970), cultores del naif que evolucionaron con fortuna en un tipo de relato honesto y espontáneo sobre los ambientes de las comunidades urbanas y rurales; particularmente su madre, quien ha sistematizado una suerte de necrología de la cotidianidad.

De alguna manera el adolescente asume un poco de ese espíritu cuestionador de la artífice de Llegó el enalapril, aunque en vez de acudir a la humorada y un tipo de locución diáfana, prefiere el relato sutil, polisémico, de urdimbre intelectual, que irá reinventando en el camino, particularmente durante su paso por la academia cienfueguera (Escuela de Arte Benny Moré). Antes de presentarse a los exámenes de esta institución, Alejandro asiste a los talleres personalizados de Edgar González Era, otrora instructor de la Casa de la Cultura Benjamín Duarte, con el que fortifica algunas técnicas y el sentido de la apreciación del arte. Aunque en un principio se siente atraído por las fabulaciones abstractivistas y semicubistas de su mentor, advierte que el arte puede ser más ensayístico y complejo en su dimensión paradigmática.

El jovencito tímido, noble, delgaducho, que usa lentes y mira de una manera incisiva su realidad, empieza a descubrir en la academia nuevos enfoques sobre la telúrica de la creación, las posibilidades de otras expresiones, como la escultura y la instalación, de materiales casi inéditos, y hasta se atreve a protagonizar sus propios textos performáticos, en un alarde de arrojo, al estilo de El patriota inmaculado (2017), un performance que delibera sobre el dogma a través del acto mecánico con que a veces se interpreta el Himno Nacional, al punto de que se escamotea la identidad. Durante los diez minutos de extensión temporal el artista, vestido de blanco (“para crear una dualidad donde se contraponen la pureza por la que se aboga y el desasosiego de la sociedad contemporánea hacia este símbolo patrio” —ha dicho), interpreta de forma caótica las letras de nuestro texto lírico-patriótico mayor. Pronto distingue en la academia que su reservorio visual urge de voluntades y se enfrenta a sus propios muros.

El patriota inmaculado, un performance que le exige violentarse.

En 2016 vive una fase de búsquedas, de precisión de estilo y hasta de negación. A la manera del dadaísmo y su batalla contra la intemporalidad, en la cuerda del ready made, concibe obras como Linterna (2016), una máquina soviética de triturar carne, objeto encontrado al que trata de imbuir nuevos sentidos (no solo muele carne, sino también luz. He ahí la direccionalidad del título) en un entorno de ausencias. “La obra es la acción centrada en tomar un objeto cotidiano y transformar su significado y empleo. Toma de la estética surrealista al juntar dos elementos de realidades diferentes en un espacio completamente foráneo a estos. Rinde homenaje a nuestro quehacer diario, donde la escasez marca la propia vida. Propone soportes que sirven para “innovar” y formula ideas de creación para resolver los problemas desde la dimensión cotidiana”, asevera.

Linterna, entremezcla de dadaísmo y surrealismo.

Pudieran advertirse desde entonces algunos signos de su estilo o discurso. Aunque (de modo excepcional) utiliza los intitulados de las obras con funciones deícticas, al modo de Los niños saludan al viento (2016, Academia en la Montaña), relieve concebido en el campamento de pioneros exploradores de Cuatro Vientos, lo cierto es que sus títulos, en ocasiones poematizados, suelen ser fugaces y crípticos, diríase que herméticos, acaso erigidos desde la naturaleza filosófica y ambigua de los textos, por cierto abstractivismo conceptualista, seguramente heredado de Raúl Cué Echemendía, el profesor de escultura. Igualmente, sus fábulas visuales conservan ese nivel de minimalismo, si bien desbordante de contenidos filoestéticos, no solo latentes en sus esculturas, sino también en las instalaciones y performances.

En lo inmediato concibe la serie Nubes (2017), otro paso importante en su quehacer visual, en la que procura la transmutación del ordenamiento social atribuido a los objetos y donde utiliza el algodón como entidad simbólica, toda vez que es maleable, voluble y endeble como figura, empática con el concepto que el intitulado representa: “La nube dialoga acerca de lo ligero, lo superfluo y los diferentes procesos relacionados con el ser humano”, insiste en su statement. “El algodón es un material que por su color y textura remite a las nubes, en contraposición a los elementos representados, caracterizados por su dureza, peso y perdurabilidad. Por tanto, se genera una lectura entre significados opuestos”. De modo claro, para Munilla hay cualidades ineludibles en tanto códigos, en particular el blanco, una identidad asociada a la pureza, valor que pugna todo desaforo, toda pérdida de humanismo y pertenencia. En esta serie regresa a la gestión universal de los significados, centrándose en objetos de uso o exterminio belicista.

De la serie Nubes, una de las más conmocionantes.

En el cuerpo de la muestra, auspiciada por el Centro de Arte, presenta esculturas blandas como Patriot, un prototipo norteamericano de submarino utilizado en la contienda del Golfo que cubre de algodón, reforzando la antinomia de una figura bélica vestida con materiales inofensivos. Su propósito es transmutar dicho objeto, “cambiar su sentido y función. Su nariz se encuentra baja, amenazante, indicando que en cualquier momento impactará. No explotará en metralla, sino todo lo contrario: algodón”.

Otros textos resultan seductores y remedan aquella resemantización: F1, un tipo de granada de marca soviética igual recubierta con algodón, y Cuando solo tienes un martillo, todos los problemas comienza a parecer un clavo. Durante este decurso vuelve a crear otra performance (sin título), en el que utiliza el algodón como aislador, a modo de capa preservadora del artista de los entornos enajenantes. Precisa esta vez que: “Se utiliza el algodón como aislante, capa protectora frente a otras influencias para alcanzar un grado de liberación espiritual”.

Alejandro concientiza que la “perfección” solo se alcanza produciendo, experimentando con los errores; de modo que participa en cuanta muestra se tropieza. Llega a presentar dos proyectos en 2017: Logros (CPAP Cienfuegos) y Hasta cuándo (Escuela Militar Camilo Cienfuegos); asimismo, se inserta en el Salón 5 de Septiembre, la primera justa que le permite confrontar a los creadores del gremio local.

El tránsito del hábito a los denuedos vanguardistas, a cierta madurez conceptual, sobrevendrá hacia 2018. (Continuará)

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Jorge Luis Urra Maqueira

Crítico de arte. Miembro de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC).

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