Médicos cubanos bajo el polvo junto al latido de los venezolanos
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La tierra se abrió como una herida y esta capital dejó de respirar; La Guaira, hoy rota frente al mar, aún cuenta muertos mientras el silencio pesa más que los escombros.
Apenas unos meses atrás caminamos los cerros caraqueños, subimos las escaleras infinitas de Fe y Alegría, cruzamos callejones donde la vida se aferra a la pendiente, y allí los vi: médicos cubanos con los ojos llenos de cansancio y una fe obstinada en salvar vidas.
Cuando la tierra decidió temblar, pensé en ellos antes que en cualquier cifra, porque las cifras no tiemblan, la gente sí.
Caracas es ahora un embrollo de sirenas, polvo y nombres que no responden; en La Guaira, el mar parece haber retrocedido por respeto, como si también guardara luto.
Hay cuerpos aún bajo losas partidas, hay manos que asoman entre grietas, hay madres que llaman sin respuesta, y en medio de esa geografía rota, ellos, los galenos de la mayor de las Antillas.
Los mismos que conocimos tocando puertas en La Quebradita, preguntando por el hipertenso, por el asmático, por el niño con fiebre. Los mismos que subían cerros con una mochila ligera y una carga infinita de humanidad.
Pero ahora no suben: corren, salen sin hora, sin descanso, sin garantías. Se envuelven en sus batas como si fueran capas invisibles y se lanzan contra el desastre.
No hay protocolo que alcance cuando la vida se escapa entre los dedos, y aun así, improvisan, resisten, salvan.
Los vimos hacerlo antes: a Lidia hablándole a la muerte como si fuera una vieja conocida, negándose a dejarla entrar; o Yanara abriendo la puerta de madrugada porque alguien tocaba con urgencia; y a Jorge, contando cómo una niña nació contra toda lógica en medio de la nada.
Ahora esas historias se repiten, pero con el temblor aun latiendo bajo los pies.
Un anciano rescatado entre ruinas en Catia, una mujer atendida en plena calle, con el polvo todavía cayendo sobre su rostro, un niño que vuelve a respirar gracias a unas manos que no preguntaron de dónde venía, sino hacia dónde podía volver.
No tienen todos los recursos necesarios, no tienen descanso. Cuba no puede enviar riquezas a esta tragedia, pero hace años envió algo más difícil de sostener: hombres y mujeres capaces de quedarse cuando todo se derrumba.
En los cerros, la gente no los llama por su nombre, los señala con una mezcla de fe y urgencia, como si fueran la última frontera entre la vida y el olvido.
“Ahí vienen los cubanos”, dicen. Y en esa frase hay alivio, hay esperanza, hay algo parecido a un milagro.
No son dioses, pero en días como estos, cuando la tierra traiciona y el cielo no responde, se parecen demasiado.
Caracas sigue herida, La Guaira sigue contando ausencias y, bajo los escombros, todavía hay vidas esperando.
Ellos también, porque mientras alguien respire, aunque sea débilmente, siempre habrá una bata blanca cubana inclinándose sobre el polvo, desafiando al final, y eso —en medio de tanta muerte— es la forma más pura de la vida.
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