Historias desde el barrio: Ovidio
Tiempo de lectura aprox: 1 minutos, 49 segundos
El reparto de Pastorita, situado justo a la entrada de la ciudad de Cienfuegos, al ingresar desde el occidente, y muy cercano a la Zona Industrial de la urbe, recoge en sus edificios la historia de personas que en apariencias podrían parecer comunes, pero que conforman el entramado social con añadido de cultura e idiosincrasia de la gente que habita este territorio de la Isla grande del archipiélago cubano.
No hace mucho, los que aquí vivimos, nos despertábamos con el olor a café recién colado, y el peculiar sonido de los ómnibus de transportación de obreros, técnicos, ingenieros…, a quienes le fueron otorgados apartamentos en este asentamiento poblacional. Las primeras edificaciones, construidas allá por los años 60, pertenecen a un proyecto liderado por Pastorita Núñez; y las restantes, comenzaron a “llenar” la barriada a comienzos de los 70, del siglo pasado.
Así, las edificaciones se conocen como: de la Termoeléctrica, Motores Diesel, Fertilizantes, Ecoind-6, Refinería, Izaje, entre otras fábricas que un día impulsaron el desarrollo industrial de Cienfuegos.
Hoy les presento a Ovidio Rodríguez Entenza, uno de los personajes que desanda calles y vericuetos de la barriada, y que todos conocen. Un mulato alto, delgado, que ronda el 1.80 de estatura, y unos ojazos que todavía destacan en su cara de desenfado. Entre los múltiples oficios que desempeña ahora para “defenderse”, matizados por una adoración al Dios Baco, se cuenta el de limpiacalderos, cubanísima costumbre de mantener las cazuelas relucientes, y que el uso del carbón vegetal como combustible para cocinar los alimentos, los torna “negritos como el mismo carbón”, expresión criolla de nuestro español, tan de moda en tiempos de precariedad.

Lo encuentro un domingo lluvioso, sentado en el rellano de las escaleras de mi edificio, y allá voy con mi cafetera, mientras otra vecina le “monta guardia”, para que no se nos pierda de vista con los utensilios cómo suele hacer. Pero ahí mismo entablamos una conversación, porque sucede que conozco a Ovidio hace más de 40 años.
“Yo nací en 1949, primero trabajé como operario de la construcción, faena dura de verdad, hasta que un día se rompió un montacargas y le metí cabeza hasta dejarlo arreglado, y ahí comenzó mi historia como mecánico de máquinas industriales que tenían que ver con la fabricación de ladrillos y bloques”, entonces observo un brillo natural en sus ojos, que no tienen que ver con el alcohol, porque todavía no ha ingerido un solo trago hasta el momento de mi curioso interrogatorio.
Llegó a ser un trabajador de vanguardia, al punto de otorgarle un carro y un apartamento, del vehículo no quedó nada; y el apartamento lo mantienen su prole de tres hijas, 5 nietos y 4 bisnietos, comandados por Lucía, una gran mujer que se ha crecido ante cada una de las dificultades que se le cruzan en el camino, y que no han resultado pocas.
Ya casi al mediodía tengo una cafetera reluciente, le pago 100 pesos, de los 80 que pidió por el trabajo, y mi madre lo invita a un caldo criollo hecho al carbón, pero ya Ovidio lleva en una lata de cerveza, usada como recipiente, los tragos con los que terminará su tarde de domingo.
Visitas: 1

