En una playita de bolsillo (+Fotos)
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Una marea verde los recibió a la entrada del lugar. Más allá, se abría el bosque y un trillo que serpentea al corto arroyo conocido como El Naranjo (totalmente seco en esta época del año).

Por allí siguieron, adentrándose en la maleza que desemboca en una playa pequeña en forma de concha; una “playita de bolsillo” en definitiva, sin mucha arena, pero con suficiente espacio como para armar sobre ella perfectamente seis casas de campaña que se convirtieron en el efímero vecindario del grupo excursionista de La Viña por un día.

Separada la cala por dos altas paredes rocosas, la porción izquierda presenta un color marrón intenso con vetas oscuras, apta para los intrépidos escaladores quienes en otras ocasiones han llegado hasta allí a tocar el cielo de la ribera entre cuerdas, anclajes y mosquetones.

Pero los viñeros no tenían los andamios ni el ímpetu para eso. Querían en cambio acariciar y disfrutar el mar y sus delicias, del paisaje y de ciertas maravillas del relieve, como esas dos hermosas cuevas no muy lejanas (Big Cave y La Virgen) o de la visual desde el atalaya en el lado opuesto al risco pintado de marrón.

También de los atractivos corales, que, si bien sufren allí del nefasto blanqueamiento, todavía albergan a un sinfín de peces y equinodermos. Y qué decir de aquella luz; la del compadre general sol que no cesó de derrochar belleza durante el ocaso, de esos nítidos y despejados que solo se observan al sur de la provincia de Cienfuegos.

Al día siguiente, cada uno se llevó en sus recuerdos un trozo de instante vivido en el pintoresco sitio.

Ya ha pasado el tiempo, pero tienen la esperanza de regresar y suspirar hondo otra vez, mientras cantan y se vuelven a echar en sus bolsillos al sol y a las estrellas de la noche.
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