El diplomático Martí
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Tal vez con la misma levita gastada y el verbo encendido y brillante para disertar sobre arte y literatura en el Asror Library, o pronunciar sus vehementes discursos patrióticos en el Steck Hall de Nueva York, así con igual talante y modesta hidalguía empleó José Martí similares atributos intelectuales para servir de manera ejemplar como Cónsul de la República Oriental del Uruguay en esa ciudad estadounidense durante más de un lustro.
Fue el amigo uruguayo Enrique Mario Estrázulas Carvalho quien introdujo al Apóstol de la Independencia de Cuba en el mundo de la diplomacia. Ambos se habían conocido a principios de la década de los años ochenta del siglo XIX, y muy pronto se estableció entre ellos una empatía extraordinaria por la coincidencia en los pensamientos políticos e ideológicos sobre la causa común de los pueblos de Nuestra América.
De la afinidad y la íntima amistad que se profesaron todo ese tiempo, Martí lo expresó en más de una ocasión, sobre todo en el amplio intercambio de epístolas que le escribió mientras cumplia sus funciones consulares y el sudamericano permanecía por Europa. “De remedio seguro para todas las penas”, calificó el prócer cubano los profundos lazos fraternales entre ambos.
Empero, la mayor prueba de confianza y estimación hacia el amigo charrúa lo fue sin dudas la dedicatoria que le hizo del poemario Versos Sencillos, reconocimiento solo compartido con otro entrañable, el mexicano Manuel Mercado. Desde luego, el gesto en sí mismo más allá del testimonio entraña un simbolismo de esa hermandad.
Ya desde 1884 Martí hacía sus primeros pininos a instancias del propio amigo uruguayo quien a la sazón fungía como Cónsul General de su país en la urbe neoyorkina, y lo propuso a su gobierno para desempeñarse de cónsul interino, cuyo principal aval para tal recomendación fueron las ideas avanzadas, cultura e integridad del cubano, además de la capacidad para ocupar ese puesto. En definitiva tres años después cuando Estrázulas decide marchar a Francia por tiempo indefinido, Martí asume como titular efectivo del Consulado uruguayo por Decreto presidencial.
De la magnífica hoja de servicio diplomático a la nación sudamerica da fe los reconocimientos, tanto públicos como privados, hechos por el Gobierno de ese país en no pocas oportunidades, debido en buena medida, a la digna representación en proteger a cabalidad los intereses nacionales en el exterior, principalmente ante el estado norteamericano, además de actuar como corresponsal de prensa para diarios montevideanos.
Sin lugar a dudas el papel más preponderante de la labor diplomática del Héreo Nacional de Cuba fue cuando asumió la alta responsabilidad de representar a la República Oriental del Uruguay ante el Congreso Monetario Internacional, celebrado en Wanhington, la capital de los Estados Unidos, con la delicada misión encargada de armonizar intereses en ese importante foro, cuya voz se alzó también a nombre los pueblos de América Latina, de sus respectivas soberanías y sobre la alerta del peligro que significaba el expansionismo de los EEUU mediante la hegemonía económica del imperio.

Al esgrimir sus criterios de forma magistral José Martí puso sobre la palestra la necesidad de lograr a toda costa la unidad continental y la diversificación comercial para preservar la autodeterminación de las naciones latinoamericanas, al tiempo que se opuso a medidas unilaterales de carácter aduanero promovido por los propios gobernates estadounidenses de cara a inundar el mercado iberoamericano con productos norteamericanos y arruinar así las economías locales, sometiéndolas a una dependencia del más poderoso. En tal sentido abogó: “El oficio del Continente americano no es levantar un mundo contra otro”.
La participación de Martí tanto en este evento como en todo su quehacer diplomático compartido más tarde también con igual condición consular para la Argentina y el Paraguay, fue una verdadera cátedra de diplomacia y pensamiento visionario, donde usó su pluma y su verbo para alertar a América Latina sobre la amenaza que significaba el dominio extranjero y la necesidad de una fuerte unidad para su dedarrollo soberano.
Ya en su ensayo Nuestra América el intelectual cubano había advertido sobre el “vecino formidable”! que no conoce a América Latina. De ahí que una de las maneras de enfrentar tal ignorancia y desprecio es lograr la identidad y origen propio, al tiempo de defender una cultura genuinamente autóctona, nacida de mestizaje, la naturaleza y la historia americana, alejada de la imitación europea y norteameicana.“Es la hora del recuento y de la marcha unida y hemos de andar en cuadro apretado como la plata en las ráices de Los Andes”, escribió entonces y para todos los tiempos.
Martí se convirtió entonces, con pleno apoyo del gobierno uruguayo, en la proa de la representación en la que, gracias a su actuación consensuada, los pueblos de nuestra América lograron frenar momentáneamente el despliegue dominador del poderoso vecino del Norte. Ello le hizo ganar la simpatía y el respeto para su persona y, desde luego, también al pueblo y gobierno que le habían confiado tan gran responsabilidad, tal y como lo cita el libro José Martí, Cónsul de la República Oriental del Uruguay.
De la intensa y valiosa labor diplomática del intelectual antillano de aquellos años la principal fuente testitomonial lo constituye el profuso intercambio epistolar con su amigo Enrique Estrázulas, a quien mantiene al tanto y al detalle de sus funciones consulares, incluyendo el estado de cada uno de los gastos y erogaciones básicas de ese servicio.
Sobre lo que significó para nuestro compatriota haber sido designado Cónsul de aquella nación sudamericana da fe la misiva suya a propósito de su encargo como delegado a la Conferencia Monteria Panamericana, como también es conocida ese cónclave, en la que subraya, “ el honor que se me ha dispensado me liga de una manera aun más íntima, y de mayor obligación, con un país cuya larga y continua defensa en suelo extranjero me permite, sin presunción, ni lisonja, llamar mío (…) Ni tengo honra mayor que la de representarlo. Agradezco, y pido, al superior Gobierno, todas las ocasiones de serle útil”.
El último documento firmado por Martí en su condición de Cónsul del Uruguay estuvo fechado el primero de marzo de 1892 y fue la nota de su renuncia en ese cargo. Tal decisión respondía a los acontecimientos de su país natal, pide estar con libertad absoluta, porque de esa manera sentía que era tammbién el mejor modo de servir a la patria de Artigas.
En el último párrafo del texto Martí escibía: “Se, Señor Cónsul General, que he amado al país, que lo he puesto ante esta nación, en cada caso de ignorancia y desconocimiento, donde el país merece estar por su laboriosidad y por su historia gloriosa, y solo me cumple anhelar que el supremo gobierno, y el Señor Cónsul General, no hayan tenido por inútiles estos años de labor americana, y asegurarle de que el que cesa de ser Cónsul, por imperio del deber, jamás cesará de ser, con gratitud y ternura, el servidor más afectuoso de su país”-
A todas luces, amén de sus funciones formales en el desempeño consular para el Uruguay, y en los últimos tiempos también en igual cargo para servir brillantemente a la Reública de Argentina y al Paraguay, fue una “diplomacia revolucionaria”, tejida desde el exilio, uniendo pueblos y denunciando al naciente imperialismo norteamericano y a todas las manifetaciones de injerencismo y subyugación política y económica por parte de potencias extranjeras sobre los pueblos y paises iberoamericanos.
José Martí empleó su pluma, su talento y ejemplo para forjar la unidad latinoamericana y asegurar la causa cubana. Al misnmo tiempo construyó una red de apoyo con tabaqueros de la Isla, intelectuales, líderes negros y comunidades indígenas para financiar y legitimar la guerra de independencia contra la metrópolis española.
En fin, la diplomacia de nuestro Apóstol se basó en la ética y altruismo, méritos que lo hacen grande por su total entrega y desprendimiento material, incluso de poner a disposición de la causa independetista sus retribucines de cónsul, para ser consecuente con aquello de que “la libertad es el derecho que se tiene a ser honesto”, de modo que su vida toda fue un acto diplomático por todas las ideas de avanzada que defendió en la tribuna, pero también en los campos insurrectos de su querida Patria.

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