Sobre el yugo, 32 estrellas
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Cuando crezcan, cuando puedan comprender la hondura de ofrendar la vida por un sueño colectivo, los pequeños a los que en este enero fatal la garra asesina del imperio les cercenó el abrazo de su padre, no creerán ya en superhéroes de capas y poderes sobrenaturales, sino en la fiereza que dispone estar en la primera línea, porque es honor y deber no traicionar a la América nuestra.
Cuando crezcan, cuando puedan comprender la hondura de ofrendar la vida por un sueño colectivo, los pequeños a los que en este enero fatal la garra asesina del imperio les cercenó el abrazo de su padre, no creerán ya en superhéroes de capas y poderes sobrenaturales, sino en la fiereza que dispone estar en la primera línea, porque es honor y deber no traicionar a la América nuestra.
La promesa de un «volver a vernos», herida de muerte por el plomo; el café que no le llevarán en las mañanas; la silla vacía en la comida familiar; la foto de los hijos en que no aparecerán; el mensaje de «estoy bien» que no llegó… son anhelos que quedaron truncos, para siempre, en el seno de 32 familias de esta isla.
Hijos, padres, hermanos, esposos, amigos: hombres corajudos cuyas existencias fueron arrancadas de cuajo, duelen hoy en todo un país. La enseña nacional a media asta habló no solo de un luto que comparten los seres queridos, sino de millones de cubanos que los saben presentes, en la sobrevida.
Treinta y dos leones de estirpe martiana. Treinta y dos razones para que no nos sea indiferente la bota imperialista sobre el suelo nuestroamericano. Treinta y dos motivos como recuerdo permanente de la ferocidad con la que, a quemarropa, aquellos hombres defendieron una causa, sin reparar en superioridades numéricas. Treinta y dos verdades para que no permitamos que la historia se replique en esta tierra.
Vendrán otros eneros menos atroces, la vida continuará su curso, porque así debe ser. Entonces, si las pérdidas y el dolor se transmutan en conciencia colectiva, en la certeza de que América –esa a la que hay que proteger de la avaricia extranjera– es más que un conjunto geográfico de países, habrá valido la pena la elección de los 32: la de estar de pie sobre el yugo, sosteniendo «la estrella que ilumina y mata».
La promesa de un «volver a vernos», herida de muerte por el plomo; el café que no le llevarán en las mañanas; la silla vacía en la comida familiar; la foto de los hijos en que no aparecerán; el mensaje de «estoy bien» que no llegó… son anhelos que quedaron truncos, para siempre, en el seno de 32 familias de esta isla.
Hijos, padres, hermanos, esposos, amigos: hombres corajudos cuyas existencias fueron arrancadas de cuajo, duelen hoy en todo un país. La enseña nacional a media asta habló no solo de un luto que comparten los seres queridos, sino de millones de cubanos que los saben presentes, en la sobrevida.
Treinta y dos leones de estirpe martiana. Treinta y dos razones para que no nos sea indiferente la bota imperialista sobre el suelo nuestroamericano. Treinta y dos motivos como recuerdo permanente de la ferocidad con la que, a quemarropa, aquellos hombres defendieron una causa, sin reparar en superioridades numéricas. Treinta y dos verdades para que no permitamos que la historia se replique en esta tierra.
Vendrán otros eneros menos atroces, la vida continuará su curso, porque así debe ser. Entonces, si las pérdidas y el dolor se transmutan en conciencia colectiva, en la certeza de que América –esa a la que hay que proteger de la avaricia extranjera– es más que un conjunto geográfico de países, habrá valido la pena la elección de los 32: la de estar de pie sobre el yugo, sosteniendo «la estrella que ilumina y mata».
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