Mi nombre es Joe en tanto paradigma del cine social de Ken Loach | 5 de Septiembre.
dom. Nov 17th, 2019

Mi nombre es Joe en tanto paradigma del cine social de Ken Loach

Mi nombre es Joe representa otra confirmación de la consecuencia para consigo y sus espectadores del cineasta británico Ken Loach: un hombre que desde los años 60 hasta hoy, sin parar, ha abrazado en su obra, con fervor cuasi religioso y y vehemencia militante, los enveses del “sueño” nacional. Léase azares proletarios, conflictos marginales, desempleo, prostitución, alcoholismo, drogadicción, usura.

Este señor, que tuvo la valentía y el tino histórico de prestar atención a personajes de la clase obrera, tan reales que casi les tocábamos huesos y carnes, justo cuando, cuatro décadas atrás, el cine europeo centraba su interés en la clase media, prosigue, después de aquella prístina Poor cow, de 1967 –y las subsecuentes, Kes, 1970, y Vida familiar, 1972, que le supusieron ser reconocido en el planeta-, hoy, tantos años después, continuando la tarea y es su The navigators, de 2001, otra radiografía de los trabajadores: en esta ocasión los ferroviarios.

Mas, antes sembró en la memoria cinematográfica universal piezas llamadas a convertirse en el tiempo en clásicos nacionales como Black Jack, 1979, histórica denuncia a la represión social; Looks and Smiles, 1981, Riff-Raff, 1991; Lloviendo piedras, 1993 o Ladybird, Ladybird, 1994.

Tampoco resulta desdeñable su período extranjero, como suelo llamarle a la tríada compuesta por Tierra y Libertad, 1995, sobre la participación de las Brigadas Internacionales durante la Guerra Civil Española; la epopeya romántica escenificada en la Nicaragua de sandinistas y contras, La canción de Carla, de un año despúes, e incluso su drama gremial sobre los limpiadores de Los Ángeles, Pan y rosas, 2000.

En el intermezzo de esta etapa maduró la que considero su película cimera del pasado siglo: Mi Name is Joe, 1997, de nuevo coescrita, del mismo modo que Carla’s Song y Bread and Roses, con su habitual Paul Laverty. El filme, que recibió la Espiga de Oro del Festival de Valladolid y el premio de actuación en Cannes para el protagonista Peter Mullan, concitó a partir de su estreno una proyección crítica tan alucinante que ahora, al cabo de dos décadas justas, no existen ya muchas aristas que explorar por cierto. Subrayar sí, que esta historia pletórica de humanidad, pasión y peligro, filmada en los barrios más pobres y marginales de Glasgow, es la escritura más rotunda de Loach, la más degluible y medianamente optimista de su carrera, si nos olvidamos, en el último aspecto, de la posterior Pan y rosas.

Es un filme repleto de honestidad, que enaltece el espíritu y disuelve las esquirlas del plomo que nos metió la vida. Loach vuelve aquí, en clave de docudrama social –su género dilecto-, a sus ambientes vitales, pero, con pericia mayor, utiliza toda su habilidad de maestro para traspasar los bordes del cine social con el propósito de adentrase en las demarcaciones del corazón, y ello sin bambolear la verticalidad de la línea seguida por este remanente tardío en vertiente radical del free cinema. Un cineasta cuya poética de la miserabilidad, nunca de la pornomiseria, se ha pertrechado de hondura, autenticidad y sensibilidad tales que, aun prestándose sus enfoques a ello, logró eludir hasta hoy el roce de lo planfetario, con contadas excepciones dentro de ciertas zonas de algunos pocos filmes. Ese es un precio que cualquier cronista de lo marginal puede pagar, y que ni siquiera Loach le ha dado el gusto de cobrar a sus impugnadores. Mi nombre es Joe, la muestra palmaria.

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