Llega a La Habana "el pretexto" | 5 de Septiembre.
sáb. Dic 7th, 2019

Llega a La Habana “el pretexto”

El Maine

En los últimos días de enero de 1898 llegó al puerto de La Habana el moderno acorazado de guerra norteamericano “U. S. Maine”.   El pretexto era hacer  “una visita de cortesía y amistad a Cuba”.


Ese buque de la Marina de Guerra de Estados Unidos era relativamente nuevo, construido en 1890 e integraba la escuadra naval que custodiaba las aguas del Norte de Las Antillas. Ese destino se lo trazó el Estado Mayor de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos que cumplía órdenes superiores del alto mando del Gobierno de ese país.

Quedó al pairo en la bahía de la capital cubana. Es decir, no atracado a un muelle sino con el ancla echada, sin amarras, al lado de la boya número cuatro en las pestilentes aguas contaminadas de esa bahía.

El capitán de esa nave, Charles Sigsbee comprendió por el recibimiento cortés, pero frío, de las autoridades españolas en la Isla, que no estaban nada complacidos con tal visita.

Conocía de las intimidaciones que Washington hacía a Madrid para que pusiera fin a la guerra contra los mambises cubanos e insistía en que se traspasara a Estados Unidos el control de esa posesión.  Era algo así como decirle a los españoles: “ya que ustedes no pueden con los cubanos, déjenme ese asunto a mí”.

Además, ese buque llegaba inoportunamente, cuando aún resonaban los ecos de los graves disturbios en La Habana contra la implantación en esta colonia del régimen Autonómico que comenzaba en España y trasladaba a sus posesiones de ultramar.

En realidad no eran tiempos para este tipo de “visitas” aunque tuvieran el cartelito de “amistosas”. Además, el capitán del “Maine” sabía que aunque el gobierno de su país se presentaba como “ardiente defensor de la independencia cubana”, jamás ayudó a los independentistas cubanos, ni con armas ni con nada, sino que al contrario, incautó las armas y buques que Martí había preparado para que salieran desde el puerto de la Fernandina en La Florida, y se apresuró a vender al gobierno español, tiempo antes, lanchas patrulleras para atacar las expediciones libertarias que trataran de entrar a Cuba.

También sabía el oficial naval norteamericano que comandaba el “Maine” que los españoles recelaban de las apetencias norteamericanas sobre la Isla, que siempre quisieron adquirirla por compra o cesión, sin que nunca contaran con la voluntad del pueblo cubano que no querían ni uno ni otro amo. Pero así eran las cosas. Recibió la orden y aquí estaba ya, fondeado en la bahía habanera, viendo caras serias y en medio de esas tensiones políticas, sentimientos encontrados, divergencias y hasta peligros. En todo eso pensaba el experimentado marino estadounidense Sigbee cuando recibió la visita del Embajador norteamericano en La Habana.

El recién llegado le advirtió que no dejara bajar a tierra a su marinería para evitar conflictos con la población que por esos días estaba sublevada contra la implantación de nuevas leyes autonómicas de España.

Podemos preguntarnos: ¿era un consejo sano de un compatriota, o parte de la conspiración oficial super-secreta de su Gobierno? Hay un detalle significativo: la tripulación del “Maine” estaba conformada por 24 oficiales y Segbee como capitán, los únicos que bajaban a tierra.  Siempre quedaban dentro del barco los 335 marineros, casi todos extranjeros, alemanes o escandinavos pobres, casi ningún norteamericano y entre éstos de raza negra o mestiza, obligados por las penurias económicas a enrolarse en las Fuerzas Armadas de Estados Unidos.

Sí, todo se presentaba como todo listo para desarrollar el macabro plan que, como se sabe, días después exterminó a la inmensa mayoría de esos tripulantes pero a ningún oficial que estaban, “casualmente”, todos en tierra. Todo se presentaba como listo para el sacrificio de sus propios hijos más desamparados. Días después el “U.S.Maine” volaba en pedazos. Y Estados Unidos tuvo el pretexto para declarar la guerra a España y apoderarse de Cuba.

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