La terminal: Spielberg y Hank en gozada aeroportuaria | 5 de Septiembre.
vie. Jul 19th, 2019

La terminal: Spielberg y Hank en gozada aeroportuaria

Suerte de atracción turística o espectáculo de feria, durante muchísimo más tiempo del creíble vivió a tiempo completo en la terminal 1 del aeropuerto Charles de Gaulle, de París, un sujeto extrañísimo. El iraní Merma Karini Nasseri se quedó estancado allí en 1988 cuando fue rechazado por Inglaterra y Francia le impidió la entrada al territorio nacional, porque el documento de la ONU que lo acreditaba como refugiado político le fue robado. El personaje, que después en realidad se quedó allí por gusto y no más -pues opciones de marcharse tuvo, aunque más tarde- dio pie a una comedia francesa de 1993 y al documental Here to where, realizado por el periodista británico Paul Berczeller en 2001, quien lo definió como “una mezcla de sacerdote zen y vagabundo de Chaplin”.

Steven Spielberg, como muchos realizadores avispados siempre a la caza de estas notas de color que pudieran inspirar guiones (como Pedro Almodóvar en, verbigracia, Hable con ella) se nutrió tangencialmente de la peculiar figura para configurar el personaje central y la historia de La terminal (The teminal).

Victor Navorsky (Tom Hanks) es un señor en plan de turista que arriba al aeropuerto JFK de Nueva York proveniente de la hipotética Krakozhia. Durante el vuelo, en dicho país tuvo lugar un estallido que culminó en la destitución del gabinete, y Estados Unidos no reconoce al nuevo gobierno. Entonces Navorsky no puede entrar a suelo norteamericano, pero tampoco regresar a su país, por lo cual debe permanecer en la terminal aérea por tiempo indefinido. A merced de la severidad del jefe de seguridad Dixon (Stanley Tucci), mas al amparo de un grupo de trabajadores —formado por dos inmigrantes y un afroamericano— que lo ayudan, al despertarle simpatía su caso.

Después de Atrápame si puedes, Spielberg afirmó querer “rodar un filme que nos hiciera llorar y reír y sentirnos bien con el mundo”. Y si ese era el objetivo, La terminal lo cumplió, pues esta comedia agridulce llena de bonhomía, candor y calor genera a dos bandas sonrisas y amagos de pucheros, para -a lo Frank Capra-, reconciliar a todos con la bondad del planeta y sus buenos terrícolas. Con el para Spielberg cumplible sueño americano y su certeza de que, pese a todo, la mayoría de los Navorsky de este mundo quieren ir a parar allí. Lo que la convierte en una de las más abiertas declaratorias ideológicas de Spielberg, como para que nadie se confundiera con los  redobles de las promocionadas campanas de presunto eco antisistema en la posterior Guerra de los mundos. No, señores. Steven critica, pero hasta cierto punto, hasta no traspasar una línea donde se ponga en entredicho al sistema.

Es tal el interés de Spielberg por apaciguar ánimos, infundir apócrifos consuelos, que se olvidó que tenía entre manos en La terminal un argumento insuperable para graficar satíricamente el huxleyano universo estadounidense post- 11 de Septiembre, justo en su arteria de entrada: el aeropuerto.

Eludido por completo el comentario social tras perder los arrestos de Minority Report y  autollamarse a capítulo con el stablishment, a Spielberg no le queda otro camino que afianzar el relato en sus derivaciones eminentemente cómicas dimanadas de las situaciones que atraviesa Navorsky  en la puerta 67, donde vive y espera en sus vuelos a la linda y volátil azafata compuesta por Catherine Zeta-Jones. Introduce, con no poco de fórceps, este romance que toma bastante del aliento clásico de la comedia dorada hollywoodense (la aeromoza de la Zeta-Jones se me parece bastante en el diseño del personaje a la amante del personaje del jefe en El apartamento, de Billy Wilder. Rol aquel asimilado por Shirley Mc Laine) y le da banderín abierto a su dilecto Tom Hanks para que haga con su Navorsky lo que le venga en gana. En respuesta, Tom cincela un personaje curiosísimo que tiene algo de la estupidez de Forrest Gump, la paciencia de Job y la gestualidad de sus comedias iniciales corte Big y semejantes. Tanto se luce el hombre, que suele recordar poses y pases de los maestros del género: el rostro y ademanes de Keaton, Tati, Lemmon, los juegos de Chaplin (lo que hace con las cámaras del aeropuerto, un ejemplo).

Dos elementos básicos le impiden caer en la anemia a La terminal: uno, justamente, el anterior, el pletórico desempeño de Hanks, y el otro, la genial recreación del universo y las pulsiones internas de un aeropuerto conseguida por el director junto a su talentudo diseñador de producción, Alex Mc Dowell, quien concibió artificialmente este inmenso set que remeda de manera formidable a uno de esos sitios de recepción y salida de pasajeros.

Impecable en lo técnico —la música de John Williams, la fotografía de Janusz Kaminski, el montaje de Michael Kahn, expertos habituales del equipo del realizador—, fluida en lo narrativo, cinta discurre de forma vertiginosa en sus dos horas de metraje.

La terminal alegra, levanta el ánimo en medio de cualquier socavón espiritual, y eso cuenta. De ahí a que pase a la historia del cine, como otros Spielbergs, va gran distancia. No lo hará, pero funciona como entretenimiento. Y bien.

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1 thought on “La terminal: Spielberg y Hank en gozada aeroportuaria

  1. Epa, también me gusta muchísimo La terminal!!! No todas las películas están hechas para quedar como clásicos, el cine es y debe ser también entretenimiento, además de arte y calidad… Lástima que no muchas veces veamos las dos cosas cogidas de la mano. De cualquier forma, creo que usted es un crítico objetivo, benevolente e imparcial que es muy difícil de encontrar en nuestros medios. Usted sabe que me gusta mucho The Holiday, Vacaciones, con Kate Winslet y Cameron Díaz. Me parece conmovedora, al menos los fragmentos que la Winslet interactúa con Eli Wallach, y el homenaje al cine y sus hacedores detrás de cámara también. Soy de la opinión que de todo se puede sacar algo bueno, lo que hay es que saber buscar y ver para encontrar. Si nos predisponemos porque un filme es comercial, hecho para entretener no podremos sacar algo que nos nutra espiritual e intelectualmente.

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