Iron Man 2: la guerra como cosa de juego

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Los cerca de 600 millones agenciados solo en cines por Iron Man (Jon Favreau, 2008) respaldaron la segunda expedición al mundo del rimbombante y mediático dios privado de la guerra, Tony Stark (Robert Downey Jr.) en Iron Man 2 (Jon Favreau, 2010).

La frase más provocadora de Iron Man 2, segunda entrega cinematográfica de las aventuras del superhéroe creado por Stan Lee, podría funcionar incluso como lema publicitario de una empresa como Halliburton, la compañía de seguridad de Dick Cheney, ex vicepresidente de Estados Unidos, clave durante un tiempo en la invasión de Irak: “¡Acabo de privatizar la paz mundial!”, afirma el multimillonario Tony Stark, álter ego de Iron Man, en una conferencia de prensa con ambiente de concierto de pop para adolescentes, después de negarse a ser un miembro más de las fuerzas armadas del país.

“El que requiera mis servicios, que me pague, y yo no tengo jefes”, viene a decir Stark.

El costado más peligroso de ambos filmes radica en la manera extraordinaria frívola, chic, como de cosa de juego infantil, con que encaran la terminología y el proceder castrense, el engranaje siniestro del complejo militar industrial y el hecho bélico de forma general.

Cabría imaginarse qué pensaría un familiar del millón y medio de muertos por la invasión norteamericana en Afganistán e Irak al verlas.

Ahora los militares son mostrados como abnegados, valientes y nobles, mientras que los afganos solo tienen dos opciones claras: ser agresivos terroristas o ser parte del rebaño de sus víctimas. En cualquiera de los dos casos que elijan, la solución a su problema es la ocupación militar, respaldada por el patrullaje de Iron Man.

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