Historias extraordinarias: El cura volador | 5 de Septiembre.
lun. Ago 19th, 2019

Historias extraordinarias: El cura volador

La del cura Adelir de Carli es una historia que emula, aunque en la modernidad, la de nuestro Matías Pérez.

La del cura Adelir de Carli es una historia que emula, aunque en la modernidad, la de nuestro Matías Pérez.

Adelir de Carli, como muchos en este mundo, blandió tantas armas personales por los sueños que no pudo distinguir el ejército de realidad capaz de parar en seco cualquier acometida exagerada de la imaginación.

El niño Adelirzhino (por el diminutivo ya sabemos que proviene de un país lusófono, en este caso Brasil) emigra tempranamente del paupérrimo pueblo de Realeza hacia el Paraguay, donde sus agricultores padres procuraban mejores posibilidades para el cultivo y la posterior extracción de ganancias derivadas de la cosecha. Si aquellos viejos campesinos hubieran vivido en la Cuba del siglo XXI no hubieran tenido necesidad de mudarse, solo les hubiera bastado con un intermediario; pero estaban en Brasil.

El muchacho siempre se interesó por la lectura, aunque su obligada faena en el campo prácticamente se lo impedía; de modo que un buen jueves cogió sus bártulos y regresó a la gran nación y cuna, en busca de otros horizontes más acordes con su perfil.

Mientras llenaba tanques de combustible a los autos que paraban en la gasolinera de un pariente donde laboró por un tiempo, buscaba espacios para la lectura y en solo cinco años leyó cuanto no había leído en quince. Su carácter reservado y la ausencia de novias u otros intereses recreativos propios de la edad le ayudaron en el empeño.

Refieren los textos en torno a su figura que desde esa época comenzó a preocuparse por los trabajos que en la carretera pasaban los camioneros a quien su coterráneo Roberto Carlos le dedicaran una canción.

Adelir se inclinó por la Teología. Terminó estudios y fue ordenado sacerdote a los 36 años, cuando corría 2003. Nuestro hombre era un cura peculiar aficionado a deportes si no del todo extremos sí bastante complicados como el paracaidismo, el parapente, el rafting y el buceo. Por si fuera poco, escalaba montañas.

El cura Adelir de Carli, poco antes de partir en su “viaje al cielo” desde Paranaguá.
El cura Adelir de Carli, poco antes de partir en su “viaje al cielo” desde Paranaguá.

Sus superiores le censuraban ciertas “rarezas”, sin embargo encomiaban sobremanera su incesante trabajo.

Adelir impugnaba la injusticia social e intentó convertirse en diputado, cuanto le consiguió desencuentros con la cúpula eclesiástica y la expulsión de un seminario al cual a la larga retornaría tras su fracaso en la política.

A hombre le daría ahora por los vuelos en globo, inclinación a partir de la cual comienzan a llamarlo “el cura volador”. Tuvo éxito en la primea de estas incursiones al aire, muy peculiar si se tiene en cuenta que solo se proyectaba al viento gracias a la efímera potencia de quinientos globos de cumpleaños.

Pero Adelir aun no se sentía conforme e iría por más. Su próximo vuelo iba a aunar sus dos grandes pasiones: la aventura extrema y las reivindicaciones sociales. Al recuerdo adolescente de las penurias de los camioneros por él constatadas, quería construir un albergue con todas las comodidades para 200 de estos trabajadores del transporte y un comedor con capacidad para 600, gracias al dinero de la promoción a agenciarse mediante su “viaje al cielo”.

Esta vez el bueno de Adelir se encaramó a una silla de plástico atada a mil globos inflados con helio, rompió amarras y comenzó su ascensión a las nubes del inmenso Brasil. El sacerdote pretendía cubrir (en lo que constituiría un récord de vuelo suspendido) un recorrido de 20 horas entre Paraná y Mato Grosso do Sul, a través del vuelo iniciado el 20 de abril de 2008 en Paranaguá.

Además de que fortísimos vientos lo desviaron del trayecto planificado, el GPS que llevaba nunca funcionó, por lo cual el cura volador se perdería en los cielos, como nuestro Matías Pérez.

El rastro de Adelir jamás pudo seguirse desde abajo. Perdida la esperanza, lo buscaron afanosamente por tierra y mar, hasta que el 4 de julio del propio año su cuerpo fue encontrado por un barco remolcador de Petrobras, a cien kilómetros de la costa de Río de Janeiro.

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