Fátima o el Parque de la Fraternidad

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Arranca mal Fátima o el Parque de la Fraternidad (Jorge Perugorría, 2014). El paisaje inicial del filme remite a la bastardización de Brokeback Mountain con una visión en clave de pesadilla de un Carlos Enríquez lisérgico en brindis contranatura con Servando Cabrera. El joven homosexual Manolito, Fátima más tarde en su etapa profesional, se cepilla casi entera a la comunidad guajira del sexo masculino en su natal pueblito rural. Los labriegos, no contentos con sus consortes callosas o las prácticas zoofílicas a algunos de ellos imputadas con o sin causa, van por el codiciado trasero del jovencito, menos como si fueran a raptar mulatas que a encontrarse con un dibujo de Pepe el Romano. La frase sobre la oquedad preferida de los miles de hombres de la vida del muchacho (a) no es mía, que conste, pues cabalga en alguna verbalización desafortunada del filme, como lo hace el adolescente con alma de mujer en esa imagen desesperantemente horrenda -y del todo inverosímil en contexto tal- de la zona introductoria en la cual monta a caballo, descamisado, junto a ese nervudo lugareño con pinta de modelo sueco.

Parece que Perugorría se creyó que todavía estaba en Roble de olor (2003), cuando él le hacía el amor a la morena a lomos del alazán, en aquella escena-pastel que en su momento impugné con ardor. Subyacente por todo el segmento de inicio acá, dígase, la tan añeja como rebatible creencia de cierta franja homosexual de que todas las personas lo son, lo cual ya viene molestando un poco cuando se machaca hasta la rutina en el “arte”. Freud y Jung pasados por aguas albañales.

Tercera y peor versión fílmica de una obra del escritor Miguel Barnet (Gallego era buena y La bella del Alhambra podríamos calificarla de obra maestra al comparárseles con Fátima), sin embargo, representa hasta ahora la menos cuestionable de las cintas de ficción dirigidas por el firmante de Afinidades y Se vende, en tanto al margen de lo antes dicho y otros posteriores momentos espeluznantes (el “santo” subido a Fátima: inorgánico y mal filmado), hay aquí un interesante estudio de personaje, cuyo perfil taxonómico resulta definido con corrección; así como una estupenda caracterización de Carlos Enrique Almirante en cuanto supone quehacer provisto de la enjundia necesaria como para catapultarlo dentro del giro. Él contribuye en mucho a sumar enteros a este producto integrado a la estela de películas cubanas exploratorias de las distintas identidades sexuales desligadas del canon heteronormativo (Chamaco, Verde verde, Vestido de novia…), donde aun no ha emergido pieza magna alguna luego de Fresa y chocolate, valga apuntarlo.

Sin asimilar ciertas reacciones del personaje central ni la “romantización” con su pareja-proxeneta ¿por qué esa fijación por el afrocubano que lo expolia, quien de forma incomprensible, cansado de vivir a su aire en la Isla -bolsillos llenos, prostitutas y travestis a su servicio-, decide abandonar la “jaula”?, en tanto espectador sufro las vicisitudes atravesadas por Fátima, sopeso sus penas (la secuencia de la golpiza en las ruinas y la visión posterior de la madre conmueve). Logra entenderse la dicotomía andante de un ser cuyo encéfalo no funciona con arreglo a sus genitales. Hay honestidad, sobre todo, por parte de Perugorría al exponer el sentimiento de este ser humano, sus anhelos, sueños. Logra cubrir un arco evolutivo de forma sensible. Por eso vale un filme sin demasiada garra en otros apartados, romo en sus departamentos técnicos y con una pinta folclorista no muy de mi gusto.

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