Escuela Primaria de El Naranjo: Casita mágica entre montañas

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Rosalía de las Mercedes en primer plano. /Foto: Juan Carlos Dorado

En la distancia se puede reconocer la escuelita primaria de la comunidad de El Naranjo, en plena serranía escambradeña. Una bandera cubana bate al aire, orgullosa; y unos paneles solares sobre el techo la identifican; es el local más alegre de todo el batey, y la contagiosa risa de los niños nos invita.

Tiene una matrícula de 30 estudiantes, desde el grado Preescolar y hasta el 6to., y son siete los maestros que les transmiten conocimientos y muestran el mundo más de allá de las montañas que rodean al lugar y detrás de la empinada loma que se baja para entrar y se sube para salir del poblado, pues está en una especie de valle.

La escuela, donde una bandera cubana bate al aire, orgullosa./Foto: Juan Carlos Dorado

Yohandris Morales Lahera es el director de la “José Tey”, y funge, además, como maestro de Computación: “Todos los niños son del asentamiento, de modo que no se les dificulta el asistir a clases con puntualidad, la mayoría vienen solos y todos caminan en la mañana, porque no hay peligro. Los maestros atienden multígrados; por ejemplo, esta aula donde ahora estamos, tiene estudiantes de 1ro. y 2do. grados.

“La escuela siempre tuvo acceso a la televisión educativa, porque aun cuando El Naranjo era zona de silencio por no recibirla, Educación nos instaló una tecnología satelital; tenemos computadora, teléfono, y paneles solares para no nos falte la luz”, afirma Yohandris, y yo le agrego que ya deberían actualizar la compu y hasta instalar otra.

Yohandris es el director y maestro de Computación./Foto: Juan Carlos Dorado

Luis Ángel Rodríguez Bandomo cursa el primer grado y es un niño alto para su edad lleva pantalones por el frío matinal de ese maravilloso microclima de la zona, levanta la mano de manera voluntaria cuando procuro hablar con los alumnos. ¿Qué merendaste hoy?, le espeto, como para evaluar: “Nada más que pan con queso y refresco”, dice y sonríe, dejando ver que ya le falta un diente, por lo que presumo anda cerca de la edad de la peseta, los siete años.

“La Merienda corre a cargo del Consejo Popular —comenta Arianna Duardo, la maestra de 1ro. y 2do.—, es diaria, con buen pan elaborado aquí, y hoy, por ejemplo, tuvieron jugo de naranja agria, rica en vitaminas. Yo soy una maestra suplente, pero le he tomado un cariño a este oficio, que ya continuaré adelante. Trunqué mis estudios cuando quedé embarazada, sin embargo ya estoy en condiciones de trabajar y estudiar”, dice, al tiempo que, cartabón en mano, continúa su clase, con un ejercicio práctico en el pizarrón.

Zuleica Méndez Chaviano recién terminó la Escuela de Formación de Profesores de Educación Física en Cienfuegos, y se concreta así un anhelo del INDER, de tener profesores en la montaña, que enseñen a los niños las ventajas de practicar deportes y hasta organizar, a futuro inmediato, ejercicios para los ancianos y miembros en general de las comunidades montañosas: “Tengo 18 años”, me dice con una sonrisa, sin apenas darse cuenta que el mundo entero está a su pies, para construir un mañana con los niños y su profesión.

Cuando ya el equipo de prensa se despide y dice hasta pronto, entonces Rosalía de las Mercedes Toledo levanta la mano para decirnos su nombre, en una clara señal de desinhibición, porque ya no son guajiritos que se esconden tras la saya de la madre o la abuela, no, se han asomado al mundo a través de la ventana con luz que le ofrece esa casita mágica que es la escuela y son plenos.

No hay palabras para describir la felicidad de aprender. /Foto: Juan Carlos Dorado
Arianna Duardo, la maestra de 1ro. y 2do. grados./Foto: Juan Carlos Dorado
Luis Ángel Rodríguez Bandomo cursa el primer grado./Foto: Juan Carlos Dorado

5 Comentarios

  1. Existen detalles organizativos de la institución, como por ejemplo: que nuestro glorioso Martí tenga como lo pidió al lado de su bandera las flores que lo deban acompañar, asi como la estética de los murales. Creo que no se debe censurar a este colectivo donde existen pedagogos tan prestigiosos. En cuanto al resto, es cierto, esta escuela no se repara hace años y me pregunto, ¿tiene la escuela en sus manos el presupuesto para esta tarea? Claro que no, los alumnos, maestros y padres de esta escuela esperamos pronto la respuesta de las autoridades pertinentes que sí tienen obligación en el tema. ¿Qué estamos esperando para honrar al apóstol de la independencia cubana con una nueva imagen de este centro?, si Magalys, la acción es hacer y hacer cumplir, todo en función de este pilar de la Revolución.

  2. Es maravilloso: al verlos andar con sus jabitas y mochilas hacia la escuela, es inevitable recordar cuando también nosotros hicimos los mismo, con tanta o más alegría.
    El caso es que, (habría que hacer un estudio) los niños que van a las escuelas rurales tienen un brío distinto en sus rostros cuando asisten a las clases. Conozco muchos casos; la alegría y el entusiasmo no se refleja de igual manera que en los infantes de las ciudades. Por supuesto, hablo de la generalidad.
    Tal vez esté equivocado, sin embargo, la ausencia quizás de medios de entretenimiento en las áreas alejadas o intrincadas de Cuba, u otras razones, otorgue a estos niños un sentido de pertenencia hacia el estudio y las relaciones afectivas mucho mayor que los infantes en las urbes (cuyos intereses recaen más bien en el individualismo, o la inadecuada educación dentro del ámbito familiar).
    Felicito a Magalys. Los trabajos sobre la niñez también son motivo de júbilo e interés para mí.

  3. Al leer este artículo recuerdo mis ya distantes años de infancia en mi escuela allá en Caunao, se llama José Martí. Es muy alentador que la Revolución se acuerde de aquellos lugares en los que la geografía les impide hacer y transitar por lo más cotidiano de una ciudad o un barrio. Allí en el Naranjo se hace Revolución también. Cuando escribo estas líneas me pregunto cómo pueden muchas veces ensombrecerse proyectos tan lindos como el de educar a los más jóvenes y lo escribo con profunda melancolía. Si, con melancolía porque de lo linda que era aquella escuela José Martí en Caunao queda muy poco. Los jardines han desaparecido, no hay flores junto a martí, los frondosos árboles han destruido los pisos y las losas entorpecen el normal tránsito por pasillos y aulas, los murales preciosos del pasillo central ya no existen, los baños para qué decir, nunca se han reparado, están oscuros, faltos de agua para el lavado de manos, los espejos de los baños son un efímero recuerdo, la carpintería jamás se ha reparado y guarda los colores originales. ¡¡Qué fea está esa escuelita!! No obstante a esas limitaciones que pudieran resolverse con voluntad de las autoridades, hay un colectivo pedagógico comprometido con la educación de los niños, a esos maestros hay que escucharlos y atenderlos no con palabras finas y promesas incumplibles. Reparen la escuela José Martí en Caunao, pónganla a la altura de lo que fue y de lo que pude ser a partir de las potencialidades de maestros, padres y niños que en ella están.
    Ojalá que Magalys (periodista) visite esa escuela para que vea cómo está. La verdad que hay contrastes. La verdad que se pueden hacer grandes tareas.

    • Leo este comentario con mucho pesar, demasiado, porque es que yo misma nací, crecí y di mis primeros pasos en una escuelita rural, de montaña, allá a finales de los años 60, cuando mis padres eran maestros del contingente de montaña Frank País y andaban, jolongo al hombro, enseñando por todas esas lomas, cada año en una escuela distinta. De modo que conozco muy bien el tema, no estoy encandilada por una historia que me contaran en El Naranjo, estuve allí, hablé con los niños, entrevisté, indagué, la escuelita de El Naranjo es una institución, aún allí a tantos kilómetros de la ciudad, con un transporte que los conecta con la civilización en días alternos y con todo el fatalismo geográfico que implica la lejanía. Los niños están felices y eso lo supe y comprobé. La merienda, la reparación de la escuela y muchas cosas más, corren por los esfuerzos del EJT, el Consejo Popular y la Empresa Cafetalera y hasta por los padres y vecinos, en coordinación con Educación. No fuimos a la montaña a por la escuela, pero no se puede visitar periodísticamente un lugar y soslayar la “casita de los niños”, que tanta sensibilidad genera. Nada me gustaría más que cada escuela primaria tuviera las condiciones necesarias, la de mi barrio, por ejemplo, Pastorita, la cerraron el primer día de curso, sin previo aviso, y los niños casi tienen que recorrer un kilómetro, más que los de El Naranjo, para asistir a clases, y por una doble vía y rotonda de intenso tráfico vehicular, con peligro para la circulación. Es una pena, leo con dolor comentarios que empañan la satisfacción que se siente al visitar una escuelita como la de El Naranjo, humilde, sencilla, pero rodeada de gente dispuesta a dar, aun allí, en aquel intricado e inaccesible lugar, pero tendremos que ir a Caunao, porque ya son cada vez más frecuentes los comentarios que desde el grito de ayuda, leo en este sitio, gracias por acercarse y comentar, y por tenernos confianza

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