Callas

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La Callas era de esa clase de gente. Es decir, un genio. El genio es intolerante y sublime./Foto: Internet

Cuando sus ojos comenzaron a descubrir el mundo, lo primero que vieron ser√≠an aquellos inmensos edificios que se perd√≠an por el cielo del Nueva York de los a√Īos 20 del pasado siglo. Quiz√°s, esa visi√≥n germinal se convertir√≠a en una premonici√≥n del camino de su vida: siempre hacia lo alto. El mundo en vertical. Descender no hallaba acomodo en el diccionario de aquella ni√Īa-adolescente fea, constante como el invierno del norte y m√°s ansiosa que una descendiente de ardilla con moscard√≥n. Los nervios crispados por una madre eternamente enojada porque la Naturaleza le hizo a su criatura Mar√≠a en vez de Mario, compel√≠an a la ni√Īa a comer sin topes. Las consecuencias no tardaron en expresarse, no tanto en la cintura como en una mente no satisfecha con la figura de su portadora.

Agria, rebelde, meticulosa hasta el delirio, la peque√Īa comenz√≥ a cobijar ‚ÄĒcon el tiempo‚ÄĒ una obsesi√≥n. Por suerte, no ser√≠a funesta. Todo lo contrario. Quer√≠a cantar, porque su garganta no parec√≠a deb√©rsela a Evangelia, la progenitora, sino a fuerzas divinas. La pasi√≥n en ciernes precisaba hallar una desembocadura, pues de lo contrario devorar√≠a a su propia grandeza.

A los 13, ahora en la Grecia paterna, comenz√≥ a estudiar canto con la profesora espa√Īola Elvira de Hidalgo, quien se lo dijo claro: ‚ÄúPodr√°s tocar el cielo, hija m√≠a; de ti solo depende‚ÄĚ. La adolescente le hizo caso. Era el inicio de la subida. Dura ascensi√≥n; a vivo pulm√≥n, sin cuerdas ni ayudas.

Luego, la historia es m√°s conocida: a base de una f√©rrea autoexigencia profesional, de su perfeccionismo casi enfermizo y de sus incomparables cualidades vocales, Mar√≠a Anna Sof√≠a Cecilia Kalogeropoulos (Callas, el apellido art√≠stico), ya due√Īa de una delgadez estilizada al olvido de su gordura infantil, llegar√≠a a convertirse en la prima donna assoluta cimera de su √©poca.

Y, además, la soprano moderna desbrozadora del revival de las óperas del bel canto y el repertorio neoclásico. La bisagra entre la ópera del siglo XIX y la del XX. Privilegiada de la Scala de Milán, los principales centros culturales de Francia e Italia, el londinense Covent Garden y el Metropolitan Opera House, de Nueva York: la creme de la creme.

Genio musical y figura imprescindible en la historia de su arte.
Acusada de todo, con razón o no, tuvo tantos detractores de su vida personal como admiradores de la artística. Las malas lenguas aseguran que su bisexualidad fue obra de su conexión con la tristemente célebre periodista chismógrafa norteamericana Elsa Maxwell, cuya lengua de cobra conocería primero que los millones de Aristóteles Onassis.

Nunca ser√≠a del todo feliz la Callas. La tristeza jam√°s dej√≥ de morderle su cola de armi√Īo y un espacio vital marcado, casi siempre, por la soledad.

Alguien con quien sostuvo un trato m√°s o menos regular, el realizador italiano Franco Zeffirelli, quien trab√≥ contacto con la diva desde los tiempos de Visconti ‚ÄĒe hiciera la pel√≠cula homenaje Callas para siempre‚ÄĒ ayuda a comprender mejor el esp√≠ritu que presidi√≥ modos de obrar y pensar, la extra√Īa grandeza de esta curiosa mujer, tan inmensa en el arte y tan hu√©rfana de alegr√≠a en su mustio mundo interior. El realizador de la m√°s sobresaliente versi√≥n f√≠lmica de Romeo y Julieta reflexionar√≠a: ‚ÄúEn todas las profesiones hay seres que no aceptan compromisos, que se fijan como regla la m√°xima exigencia, personas para las que el mundo, o es perfecto o no es nada, para las que las cosas son blancas y negras. La Callas era de esa clase de gente. Es decir, un genio. El genio es intolerante y sublime. Quer√≠a ser artista, la artista absoluta. Era de una sola pieza, un bloque de granito. Su b√ļsqueda de la perfecci√≥n le imped√≠a tener esposo, hijos, tener otra vida que la de su arte‚ÄĚ.

Muri√≥ m√°s sola que un ni√Īo exp√≥sito helado al amanecer en el p√≥rtico de una iglesia. Por compa√Ī√≠a, √ļnicamente, el frasco de barbit√ļricos que la condujo al instante final en septiembre de 1977. Sucedi√≥ en el piso parisino donde, a lo Garbo, se esconder√≠a del mundo, horrorizada por la p√©rdida de su voz. Tras incinerarla en la capital francesa, las cenizas de la inigualable int√©rprete de Norma, Tosca, La traviata, Medea‚Ķ quedaron esparcidas por el viento en la intimidad de los mares de Grecia, hace 40 a√Īos.

Probablemente el aire y el agua, eternos e imprescindibles como ella, eran los indicados para comprenderla en su silencio. Cualquiera que fuera el caso, no quiso estar al lado de los hombres ni en la póstuma estación del cementerio.

2 Comentarios

  1. Diego, un saludo de viernes. Gracias por tus palabras. En efecto, colaboró con Pasolini, otro gran incomprendido. Buen fin de semana para tí.

  2. Mis respetos, una cr√≥nica traqueteada, por un usar un t√©rmino bien folcl√≥rico….. Tambi√©n es bueno decir que fue amiga de Pier Paolo Passolini, con quien rod√≥ Medea.

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