American Splendor

A disimilitud de otras películas del subgénero de historietas adaptadas, para entender American Splendor hay que sentir irremisiblemente el ritmo cardíaco de la novela gráfica homónima de Harvey Pekar, en tanto uno y otra van a encadenarse dentro de la diégesis para soldar el que quizá sea el caso más curioso e inteligente de fundición de ambos mundos en un solo cuerpo narrativo. Es que el relato cinematográfico, así como los personajes que lo habitan, respira el mismo aire del comic, se alimenta de igual espíritu.

Pekar, Paul Giamatti en la cinta y a veces el propio historietista, o su voz en of, según sea el interés de la escena -en determinada secuencia incluso coinciden el auténtico y el incorporado por el actor al imbricarse diferentes niveles de representación-, fue un tipo tan singular en su extraña personalidad como genial en sus percepciones sobre el desangelado entorno de la clase media baja-trabajadora estadounidense. Le escribió al dibujante Robert Crumb, desde el instante de fundación de la yunta, los guiones para ese autobiográfico escaneo a la médula espinal del día a día de un contexto y su gente (pero sobre todo su Yo)  intitulado American Splendor. Más adelante, santificados por su compañera definitiva: Joyce Brabner. E ilustrados, coloreados y entintados por varias talentudas manos en el decurso del texto.

Opus de culto aparecido en 1976 cuyo cenit se ubicó en los ´80 e hito de las viñetas underground por décadas, American… representa la antítesis total de los comic-books de enfoque heroico fabricados en grandes tiradas de los cuales Harvey pasaba -la escena apertural del filme ya avisa bien de la materia pekariana. Cuanto se propuso a través de su material historietil consistió en transfundir no solo el desencanto de ese submundo nerd urbanita marginalizado donde circunvalaba, sino el agobio de muchas personas sensibles ante los derroteros tomados por la nación en diferentes órdenes (cultural, psicosocial, económico) y la forma cómo se entronizaron allí la desidia y los enfoques únicos de un modo de vida asido a un perfil indiferenciado en cada una de las “iguales y deprimentes ciudades” de la Unión, cual reza el texto original y repite uno de los personajes centrales de la cinta.

Metatextual, interdisciplinaria, ubérrima en concebir al universo del cine como un escenario de libertad desconocedor de restricciones e imposiciones, dichosa en el establecimiento de un dispositivo de construcción peculiar que le arranca lascas al mockumentary, el docudrama, el documental reporteril, la animación, los recursos propios del comic y el posmoderno trabajo con las intertextualidades y el juego con el dentro del dentro, la película tiene la osadía entre otras tantas, por ejemplo, de mostrar un hecho real desde tres puntos de vista artísticos diferentes. A su vez planos de representación en confluencia:  los momentos en que Pekar y su media naranja, Joyce Brabner, recién conocidos, conversan en la casa de éste y ella forma la gran vomitera por la comida que le cayó mal en el restaurante al cual él la invitara en su primera salida, el espectador los recibe tridireccionalmente: desde la novela gráfica, la propia película que biografía al hombre al recrear el tebeo y la obra de teatro -también adaptada de la historieta, según el entendido diegético- que las reproducciones fílmicas de Harvey y Joyce acuden a ver a una sala.

Mucha de la ironía congénita de Pekar -alguna vez llamado “el Mark Twain de la clase obrera”- sabroso ser real/personaje es incorporada a los diálogos y el guión completo elaborado por los propios realizadores. Giamatti, gigante como luego nunca lo volvió a ser de igual modo, asimila en actuación perfecta los rasgos psicológicos del excéntrico, raro, tragicómico, solitario, depresivo, afónico psicosomático, obsesivo-compulsivo archivero de Cleveland encargado de redactarle al no menos esquizoide Crumb las líneas de la inolvidable novela gráfica. Hope Davis, bajo la piel de Joyce, no tiene que envidiarle a Giamatti. Se escribe fácil, pero resulta extraordinariamente difícil igualar y por momentos hasta superar composición histriónica semejante. También resultaría memorable, de no sobreactuarlo un tilín, la interpretación de Judah Friedlander en el rol de Toby Radloff, un “ganso” o very weird boy capaz de zumbarse un viaje de 420 kilómetros entre Cleveland y Toledo para ver la película Revenge of the Nerds. Perla humana incluida entre las poquísimas personas o animales a quienes Pekar se dignaba a mirar, además de su pareja y el gato de sus momentos tristes. Es decir, de casi todos sus momentos.

Al emblema contracultural de Ohio que hizo del lema “Ordinary life is a pretty complex stuff: la vida cotidiana es algo bastante complicado” frase célebre, pese a acceder salir de su rutina inquebrantable para participar en el filme y que su rodaje le proporcionara la idea para confeccionar al lado de su pareja la novela gráfica American Splendor: Our Movie Year (siguiéndole la onda a Joyce en Our Cancer Year) su resultado general no le satisfizo a la larga. En principio echó loores por montón, pero luego algo, nadie sabrá qué, le hizo variar de opinión y disentir de lo dicho. Este melómano, crítico, escritor y juntadocumentos de ancestros polacos abandonó el espacio de los vivos el 13 de julio de 2010, aun con ese mal sabor. Algo a la larga injusto e incomprensible -si bien quizá tales razonamientos no tengan caso en un tipo como él-, pues no se repitió aquí lo que en determinado momento llegó a sucederle en el show televisivo de la NBC Late Night with David Letterman, cuando le hirieron sensibilidad y ego en demasía.

Dicha etapa, por cierto, Pulcini y Springer Berman la abordan en el largometraje mediante un formato que apela al material documental de archivo de las entrevistas, justo al integrarse al relato los diálogos Pekar/Letterman, para con posterioridad encadenar la presencia del Harvey asumido por Giamatti al hilo de la acción como parte de una continuidad narrativa que en vez de resentirse por tal presunta “violentación” gana no ya en novedad total en tanto recurso, mas sí en riqueza estilística al discurso fílmico.

Julio Martínez Molina

Julio Martínez Molina

Licenciado en Periodismo por la Universidad de La Habana. Periodista del diario 5 de Septiembre y crítico audiovisual. Miembro de la UPEC, la UNEAC, la FIPRESCI y la Asociación Cubana de la Crítica Cinematográfica

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Compartir