Titanes de bronce y acero

Compartir en

Tiempo de lectura aprox: 1 minutos, 57 segundos

El calendario los situó a ambos en la sexta hoja, pero la diferencia de 83 años los hizo habitar siglos consecutivos y geografías distantes, hasta que sus anhelos y hazañas coincidieron sobre esta tierra dolorida y ávida de libertades

Compartir fecha de nacimiento resulta una coincidencia fortuita entre muchísimas personas. La más significativa de nuestra historia la protagonizan Antonio Maceo y Ernesto Che Guevara, no porque el 14 de junio entrañe una relevancia particular, sino por tratarse de dos hombres de estirpe universal e imperecedera.

Ese día de 1845, Mariana Grajales y Marcos Maceo recibieron, en Santiago de Cuba, al primer hijo de su unión, y en 1928, Ernesto Guevara y Celia de la Serna también dieron la bienvenida a su primogénito, en la ciudad argentina de Rosario.

El calendario los situó a ambos en la sexta hoja, pero la diferencia de 83 años los hizo habitar siglos consecutivos y geografías distantes, hasta que sus anhelos y hazañas coincidieron sobre esta tierra dolorida y ávida de libertades.

La inteligencia natural, la primera educación recibida y la sed de superación permanente les curtieron el carácter y los dotaron de una ética que los distinguió entre sus semejantes. Los dos fueron testigos de los dolores del pedazo de humanidad en que les tocó vivir, y muy pronto se aventuraron en busca de un alivio definitivo, colocando siempre el bienestar común por encima de sus individualidades.

El sufrimiento de Cuba, castigada primero, por las voluntades de colonizadores ibéricos y esclavistas criollos, y luego, atenazada por el poder imperial, la dictadura batistiana y la burguesía republicana, se les coló en lo más hondo, como les ocurrió a muchos otros cubanos y extranjeros que hicieron de esta su Patria.

Antonio, un mulato pobre, estaba llamado a continuar las labores agrícolas y comerciales que comenzó su padre para dar sustento a la familia; y Ernesto, de cuna más holgada, se graduó como médico. Sin embargo, la lucha por la independencia, la soberanía y la autodeterminación de este pueblo los convirtió en conspiradores, soldados, exiliados, expedicionarios y jefes militares, cuyos grados brillaron más por la admiración y el respeto que se ganaron entre sus subordinados, aliados y adversarios, en una lucha de-
sigual frente a ejércitos regulares.

Hicieron gala de las mejores tácticas y estrategias del arte militar cubano de finales del siglo XIX y mediados del XX, con dos campañas invasoras que extendieron la guerra de Oriente a Occidente; elevaron la moral de los ejércitos Libertador y Rebelde, debilitaron aún más las tropas enemigas, y dieron el empuje necesario para el triunfo de la causa cubana, aunque Maceo no vivió para ver —y sin duda combatir— la intervención norteamericana.

Tan lejos ya de maniguas y guerrillas, cualquiera se preguntará qué tienen aún para enseñarnos Maceo y Che, por qué nos empeñamos en redescubrirlos si nuestro contexto y el suyo se alejan más cada año. Pero se trata de hombres que trascendieron la muerte, porque encarnaron los valores históricos de todo un pueblo.

Lucharon con y por los desposeídos; fueron ejemplares desde la modestia, sin inflar egos; reconocieron con humildad sus propias limitaciones e intentaron superarlas; defendieron la unidad, la disciplina y el sacrificio como garantías del triunfo; descubrieron en el trabajo la base para alcanzar la libertad y la justicia social; esbozaron los rasgos de la sociedad a la que aspiraban una vez alcanzada la independencia; murieron combatiendo por los ideales en los que creían, y dejaron bien claro que el imperialismo no ofrece ninguna solución para los problemas de Cuba. Esas lecciones no caducan.

Visitas: 0

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *