Tejocote: panacea mexicana
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Diciembre es el mes del tejocote. En México muchos llaman a este fruto “panacea decembrina”. Tanto como ser la cura de todos los males no sé, pero sí de muchos. Me consta lo rápido que salí de una gripe invernal cuando, casi desabrigado, desafié a la Sierra Madre Occidental. Pocos días después afloró una gripe atroz que casi me arruina la existencia.
Para calmarme la fiebre y el malestar, mi entrañable amiga, la maestra Lilia Santaella me preparó una infusión. Entre otros aditivos aromáticos incluía piloncillo, clavos de olor, guayaba, canela y el toque de distinción dado por el tejocote. Además de aliviar los malestares, encanta el paladar.
Registrado por la Botánica como Crataegus mexicana, el tejocote es pariente lejano de las rosas y los manzanos. Si se me soltara una vena poética, sería capaz de definirlo como “una rosa que, harta de ofrecer pétalos al viento, decidió endurecerse, echar raíces en la tierra alta y fría, y dar frutos en vez de flores.
El tejocote es una fruta que al madurar adquiere un color amarillo naranja, agradable a la vista. Si la arrancamos del árbol y la mordemos, parecería que mordemos una piedra. Aprieta los labios parecido al marañón.
Esta fruta no es para saborear como hacemos con el mango; todo se desata en la olla por ser el único fruto que requiere fuego para revelar su atractivo. Cuando el invierno aprieta y la niebla baja sobre los valles centrales de México, el tejocote es convocado a la cocina.
Sin su presencia, el ponche navideño es apenas un agua de fruta caliente. Él es el ancla y maestro de ceremonias que da cuerpo y carácter a la bebida. Y cuando por fin lo atrapamos, ya blando, tibio y empapado de especias, se descubre fácil que la fruta más ruda del bosque mexicano se transformó en la más reconfortante.
Son varias las formas de consumirla. Preparada en almíbar es el agregado perfecto y ácido-dulce de los romeritos con mole. Muchos lo fermentan para preparar chamuco, un licor que calienta el pecho de los campesinos; otros lo secan para hacer un té.
Entre sus propiedades, tiene mucha vitamina C, minerales, fibra y antioxidantes, por lo que fortalece el sistema inmunológico y combate resfriados y otras enfermedades respiratorias.
La admiro por ser curativa y agradable al paladar. Es la fruta de pueblo que va a parar a los fogones más humildes. A modo de piropo algunos afirman que es “la amanzana ruda de la Sierra Madre”.
Las arrugas de su apariencia externa confunden. Basta con dejarla caer al agua hirviendo y añadirle azúcar crudo o piloncillo (raspadura), y es suficiente para que la casa se impregne de un aroma invernal y cálido.
El tejocote perfuma y encanta, por eso me atrevo a afirmar que huele a México.
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